¿Una historia más sobre el conflicto?


Por
“Hirbet Hiza, un poblado árabe” (1949) Yzhar Smilansky

“Hirbet Hiza, un poblado árabe” (1949) Yzhar Smilansky

Normalmente, me gusta escribir un párrafo a modo de prologo para así captar, con alguna suerte de sandez, la atención de los pocos curiosos que de rebote caen en estas páginas. Por ejemplo, poner a caldo el anuncio de Estrella-Damm. Esta vez me lo ahorraré. Este año se han ido al carajo, no merecen ni una línea de un aficionado como yo. El tema que nos concierne es demasiado pesado como detenerse en las vanidades y en la “joie de vivre” de esta gente. En vez de eso, nos adentraremos directamente en una pieza muy representativa de la literatura israelí, que sacudió el panorama narrativo hebreo y la consciencia de un pueblo por su contenido, desde su publicación hasta nuestros días. Muchísimas críticas, pero también muchísimos elogios han caído sobre esta brevísima novela (no más de 100 páginas) escritas hace más de sesenta años.

Hirbet Hiza narra la historia de la expulsión de los habitantes de un poblado árabe a manos de una unidad del ejército de Israel en las postrimerías de la Guerra de Independencia del año 1948. El libro describe una escena determinada: Un pueblo árabe casi abandonado, donde solo quedan niños, mujeres y ancianos. Los jóvenes soldados del ejército, descritos como personas sumamente insensibles, groseras, aburridas y completamente indiferentes ante las órdenes que les ha impuesto un mando superior. Estas se podrían resumir en cargar contra el poblado, arrestar a todos los sospechosos, incendiar las casas y expulsar a sus habitantes. Los pobladores obedecen sumisos las órdenes de los soldados, mientras contemplan estupefactos la tragedia que están viviendo. Su vida cotidiana y todo lo que conocían hasta el momento ha sido borrado de un plumazo. El drama de la escena, la insensibilidad de los soldados llevando a cabo la operación de forma brutal y la amargura de los pobladores árabes que quedan, contrastan con la belleza del paisaje que es descrito por el autor al más mínimo detalle. El narrador, en boca de uno de los personajes, será la única voz disidente.

Cabe mencionar que Hirbet Hiza no es un pueblo real. Aquí nos podemos preguntar el alcance de este hecho. ¿La dinámica del ejército israelí fue tal durante todo el conflicto, convirtiendo Hirbet Hiza en todos los poblados árabes? ¿O bien Hirbet Hiza evoca un incidente aislado? Sea como sea, lo que se pone en juego y lo que los analistas han entendido es que el escritor, en boca de su narrador, se encuentra en un dilema moral. Su humanismo, que le hace cuestionar las órdenes que recibe (aunque las cuestiona de una forma no determinante), alejándose así de la actitud indiferente de sus compañeros de unidad, y los ideales nacionales, los cuales provocaban ver en ese conflicto como una partida donde solo puede ganar uno.

Este dilema es presentado de forma consciente por el autor, el cual vio un punto de inflexión para la convivencia entre árabes y judíos en la forma en que se estaba desarrollando la contienda. No habría marcha atrás. Hay que mencionar aquí, que Yzhar hace una clara distinción entre aquellos pioneros que llevaban años en el Yshuv, y aquellos recién llegados, para los cuales el territorio era extraño para ellos. Los árabes eran vistos simplemente como enemigos. En cambio él, que había nacido en 1916 en la Palestina británica en el seno de una familia de jalutzim en Rehovot, un poblado agrícola donde convivían árabes y judíos, había crecido con una imagen completamente diferente, quizás bucólica, de lo que representaba la convivencia. Yzhar poseía una conexión muy potente con la tierra por un lado, de ahí las magníficas descripciones que hace del paisaje a lo largo de toda la novela. Por otro, en el ideario del sionismo socialista en el cual había sido educado, los árabes no eran vistos como enemigos, sino como habitantes del territorio, igualmente vinculados históricamente a esa misma tierra, con los que estaban obligados por el poder del destino a compartir.

De hecho, es el paisaje el que iniciará la revolución interior del soldado-narrador. El joven, que ha repetido y ejecutado incansablemente las mismas órdenes, convirtiéndolas en una rutina, y que ha perdido para él todo carácter bélico, pasa a distanciarse lo suficiente como para detenerse a juzgar la iniquidad de las órdenes que cumple. El paisaje es en “Hirbet Hiza”, más que otro personaje de la narración, todo un acontecimiento. Las fértiles colinas que rodean al pueblo, en las que se extienden los campos de labor, son el símbolo de los hombres que han vivido en ellas. Cada huerto, cada sembrado, cada casa evoca generaciones de hombres y mujeres que han trabajado, sufrido, sembrado y cosechado en esa tierra; de modo que el paisaje es fruto de la acción de esos hombres y mujeres, a la vez que los habitantes de Hirbet Hiza son fruto de ese paisaje. Al cumplir las órdenes de expulsión, el narrador-soldado (Yizhar ha confesado en varias entrevistas que el soldado no es otro que él) se ve sumido en una total incomprensión.

Pero la cuestión tiene además un trasfondo que la hace todavía más acuciante, y es el hecho de que quienes rompen ese vínculo que debiera ser sagrado, expulsando a los habitantes de Hirbet Hiza y mandándolos en camiones a la suerte incierta del destierro o el campo de refugiados, son sus colegas del ejército de Israel. El hecho de que la novela haya sido escrita en el año 1949, solamente un año después de la guerra, y solamente cuatro años después del Holocausto, carga fuertemente contra la consciencia no solo del estado de Israel, sino de todo el pueblo judío. El soldado-narrador parece el único que no entiende la situación. Todo en él ha sido conmovido, llegando a emprender tímidos intentos de hacer comprender a sus compañeros que hay mucho de perverso en las ordenes que siguen, y que, puesto que las ejecutan, también cada uno de ellos tiene una parte de responsabilidad.

La indiferencia con la que contemplamos lo rutinario, despide a los camiones que parten llevándose consigo las vidas mutiladas de los habitantes de Hirbet Hiza. Sólo un hombre contempla esa marcha consciente de su injusticia. De hecho, condena el colectivo pero se siente parte de el. Así, el soldado-narrador se ve a sí mismo como un testigo y un actor moral, pero a la vez inmoral de un acontecimiento, creando así una identidad compleja y precaria que habla tanto del valor ético del escritor, como del dominio de las técnicas narrativas.

Esta novela corta consigue trascender su condición de documento “histórico”, para convertirse en un análisis del tratamiento de la responsabilidad individual frente a la injusticia. La ficción de Yzhar, de acuerdo con la literatura e incluso a la cultura de su generación, se aleja de esa «primera persona plural», tan característica de su época, poniendo en entredicho el sionismo socialista de los años 30 y 40, como una ideología que todo lo abarcó todo, desdibujó la frontera que separa la identidad del grupo como un todo de la de uno de sus miembros en particular. A pesar de ello, Yzhar recurre a un recurso que es sumamente característico de la literatura hebrea. La referencia bíblica.

Si bien en Hirbet Hiza no encontramos una recreación clara de un determinado pasaje o escena bíblica a lo largo de la novela, en sus últimas líneas encontramos una alusión directa que provoca un giro inesperado en este sentido. La novela acaba de esta forma:

Y cuando el silencio reinara sobre todas las cosas y nadie se atreviera a profanar el reposo, que se agitaría callado por lo que escondía ese silencio, llegaría Dios para bajar al valle, vagar por él y ser testigo de su clamor”.

Por supuesto, nos viene a mente la destrucción de Sodoma, de Génesis 18,20-21. Esta referencia impacta sobremanera en el relato, ya que por primera y única vez se hace mención del nombre de Dios. Este efecto es logrado de forma contundente, sobre todo al tratarse de las líneas que cierran la novela. El marco en donde se presenta la destrucción es claro, pero la parábola no lo es tanto. Al menos, no tan obvia como podría parecer. Aquí no se está haciendo referencia a la destrucción de Hirbet Hiza como una suerte de Sodoma o Gomorra, por las faltas cometidas por sus habitantes. En el relato no aparecen, ni los pobladores son vistos de esa forma, casi al contrario. La cuestión fundamental podría venir dada por el pasaje inmediatamente anterior:

Porque yo lo he escogido (a Abraham) para que mande a sus hijos, y a su casa después de él, que guarden el camino de Dios, haciendo lo que es justo y siguiendo el camino recto, para que Dios realice en Abraham cuanto le ha prometido

Este es el versículo de Génesis 18,19. El foco está puesto en unas líneas que son clave para el pensamiento judío general. La tarea de Abraham era proporcionar instrucción en la justicia y en la rectitud, temas, presumiblemente, aprendidos directamente de Dios. Abraham demuestra que ha aprendido la lección cuando hace responsable a Dios para que este aplique sus propias enseñanzas. Dios promete tener una especial relación con Abraham y sus descendientes, si aquellos se inspiran en seguir los caminos de él. De hecho, parecería que Abraham ha aprendido la lección al cuestionar la actuación divina, apiadándose de los pobladores de Sodoma y Gomorra. Se presenta así un concepto ético religioso, muy profundo y único.

Yizhar Smilansky. Ilustración de Ruth Gwily.

Yizhar Smilansky. Ilustración de Ruth Gwily.

Yzhar, de esta forma, cierra su crítica a la actuación del ejército apoyándose en la misma ética judía. Abraham, personificado en el soldado, no ha actuado de forma justa, ni ha levantado la voz ante una acción de moralidad más que dudosa. No encontramos al referente patriarcal con voluntad de seguir un comportamiento ético o moral, sino que se aprovecharía del beneplácito de Dios para que la ciudades (en nuestro caso, el poblado de Hirbet Hiza) sean completamente destruidas. No habrá cuestionamiento, como en el relato bíblico. Este sería el colofón a la mirada crítica del autor, que a pesar de su manifiesta laicidad, se apoyará en la Biblia para dar más gravedad y tragedia a los acontecimientos, marcando que el estado actúo contra sus propios principios morales y éticos más profundos.

Para acabar, me gustaría detenerme un momento en el escritor, Yzhar. Pionero y pilar de la literatura hebrea, su prosa posee una singularidad inclasificable dentro de los cánones habituales. Si bien fue incluido dentro de los escritores de la “generación del ´48”, la forma y contenido de su escritura no responde estrictamente a esta denominación, sino más bien, parece que se escapa de ella.

Por una parte, los escritores pertenecientes a la generación del ‘48 realzaban -tal como era necesario históricamente en aquel singular momento de labranza y lucha por la Tierra de Israel, el sentido colectivo. Las obras de este período centraban su foco en una entidad superior al individuo: el nosotros, el Pueblo de Israel, la nación y el forjar mancomunadamente un país, siendo estos sus ejes primordiales.

Yizhar, en cambio, acentúa lo individual, la particularidad de lo subjetivo, y muy especialmente a partir una temática clave para le época, la guerra. Su literatura ha suscitado muchas polémicas en Israel (sobre todo después de que se llevará Hirbet Hiza a la gran pantalla), ya que pone de relieve los dilemas, las disyuntivas morales y el sufrimiento de las guerras de Israel.

Aún si, a pesar de lo que se pueda pensar, él mismo formó parte del establishment del estado, no meramente como un intelectual sino de forma efectiva en la arena política. Fue miembro de la Knesset durante dos períodos: del 49 al 55 y del 56 al 67.

Escritor y obra indispensable para acercarse a una zona de complejidad descomunal.

Un pensamiento en “¿Una historia más sobre el conflicto?

  1. Carme Cat
    12 marzo, 2016 a las 0:01

    Travessar les línies vermelles contingudes en la memòria genètica té conseqüències. El crucial mecanisme adaptatiu que és l’instint, a través del sistema límbic, ens vincula a la vida, al món, als altres èssers vius i a la própia espècie. Saltar-se-les insensibiliza, deshumanitza. Les conseqüències poden ser gravíssimes.

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