No hay nada tan estable como el cambio


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La clave está en superar la palabra y llegar al color de la emoción que Dylan propone. Desnudar el alfabeto de situaciones y nombres. Aproximarse a la verdad de su mensaje a través de la sensualidad, de la sugestión. De la sugerencia. Y, a partir de ahí, desligar las hebras que conforman la espiral de valores en desuso que se asientan en el origen de nuestra civilización, de la manera en que la vemos envejecer, tal y como la hemos concebido; y volver, nuestros ojos, hacia un nuevo mecanismo perceptivo con el que poder acariciar, con nuestras mentes, una realidad infinita y abstracta.

Ilustración: Jauma Mc

Ilustración: Jauma Mc

Cuando Robert Allen Zimmerman llega a Nueva York en enero de 1961 plantea, como único objetivo, conocer al hombre que enseñaba los secretos de la vida a través de sus canciones, Woody Guthrie. La lírica, no era una imposición. Era un modo de sobrevivir, de la misma manera en la que Kafka se pronunciaba ante el suicidio. El concierto de los temores ante un colectivo en pleno proceso de cambio; compartir los más profundos deseos, como único camino para la aceptación. La voz, como salvoconducto para terrenos inexplorados, a partir de una tradición musical que niega la evolución de su estilo. El eco de los sonidos de Irlanda, en la tierra de las oportunidades, del oro, del mestizaje. Conectar con el universo trazando líneas de rugosa escucha. Mandalas de mensajes trabados, crípticos. La expresión más nasal del pop, nace condicionada por la raíz, por su pueblo, sumergido en las dudas de la joven existencia, convertidas en letra minúscula cuando gana en seguridad su credo. Madurez temprana, potenciada por la intensidad de la fe en la palabra. Guthrie, el hombre del mensaje iniciático, nos deja como legado unas pocas odas a la América obrera, de mendigos e inmigrantes imposibilitados para superar el formar parte de esa tribu errante, sin tierra y sin techo, sin lugar fijo para una existencia tranquila. Las emociones de Zimmerman traducen ese discurso a un tiempo en el que se multiplican los predicadores que profetizan el cambio. Siente el pulso de la nueva era, y entiende que es la música popular la única forma de arte que describe el ánimo de los tiempos. En un principio basada en hexagramas, inspirada en leyendas, en la Biblia, en las plagas, hablaba sobre vegetales y muertes. Ahora, es expresión que sirve para narrar ese continuo de hombres que trabajan la tierra de otros con el fin de obtener su pequeña parcela, la muerte en vida. La búsqueda de la dignidad de quien acostumbra a posicionarse con las rodillas en el suelo, la espalda doblegada; los despojados, sin identidad física y emocional. Es el poeta de los campos de labor, en los que siembra sobre una conducta de sumisión incitando a la rebeldía.

Consciente de su condición virginal, del nacimiento de un nuevo yo más profundo y más sincero, siente la necesidad de un bautizo simbólico en el que decide apoderarse del nombre de uno de los escritores que figura entre sus lecturas más preciadas. Dylan Thomas da la pista sobre que lenguaje adoptar para transmitir las imágenes, la herencia del último poeta maldito, desde Rimbaud hasta nuestros días. Zimmerman es el ejemplo de una nueva estirpe judía que se asocia al vertiginoso proceso de integración cultural, más allá de los hábitos, más allá de la fe; la tradición tiende la mano al poderoso ritmo beatnik, y florece con el consumo de aquellas sustancias que el poeta denomina “medicinas” en un tiempo en que nadie creía en sus facultades curativas, sino en el veneno de sus garras. La figura bohemia del escritor le envuelve tanto como sus palabras.

Detallada la infancia en una pequeña comunidad en la que se filtraban los agentes externos a la cultura de sus padres y abuelos, emigrados a causa de un pogromo antisemita a principios de siglo, exalta la deuda con la radio, como base fundamentada para su educación. Sin duda, la verdadera universidad para el ejercicio de la música y de las letras que cultivaría a lo largo de su vida. Desde los ocho años la composición ronda por su firmamento. Pronto tendrá la oportunidad de hacerse oír sobre un escenario, acompañando a otros músicos, siempre empleando nombres irreales que definirían la identidad de su trance. La personalidad en mil formas a través de mil máscaras, hasta encontrar el verdadero lugar del espíritu, dentro de una sola presencia. Reconocer que quien escucha pretende llegar a ese espacio íntimo, le supone demasiada presión; por ello niega la existencia de su alma. Es en los rincones de su música en donde Dylan es más él mismo que en ninguna otra posibilidad de expresión. Y, por momentos, eso le desconcierta, a la par que anima a su público a buscar en esos espacios el color real de las sensaciones que pretende transmitir. Se siente abrumado por tener a su alrededor a gente que afirma entender su mensaje cuando ni él puede entenderse a sí mismo. Todo lo que compone su universo, su mundo interior, es abstracto. Y está preparado para expandirse. Los oídos de los miles de jóvenes que siguen a pie de letra su discurso, contemplan como el poeta que anuncia que los tiempos están cambiando, abre sus mentes a nuevos horizontes en donde la pérdida de identidad  y el camino hacia la salvación se entremezclan hasta dar con un absoluto. La alquimia de los corazones que parten desde el desencanto hasta el optimismo más esperanzador. Dylan no tiene la respuesta, pero todos quieren ver en él un guía. Escuchar sus oraciones, seguir sus pautas. No seguir nunca nada es su lema, traicionado por aquéllos que no se dejan contagiar, aprender de su ejemplo. Sino que añoran seguir un modelo, y obligan a que él se de asiento en esa localidad. Amado por muchos, vituperado por otros; convertido en titular de prensa, en una mancha de tinta dentro de listas negras.

En Newport, en el año 1965, tiene lugar el primer desencuentro con su público. Un número apreciable de seguidores no cree en su evolución musical, ni entiende que su poesía adquiera tonalidades más oscuras y complejas. El lenguaje está Revisitado, porque Dylan, como incansable creador de versos, había agotado las fórmulas. La nueva conciencia da la razón al joven escribidor de canciones, y parte de su mejor obra surge de ese periodo de transición, que le encumbra entre los grandes de la historia de la música popular. Dylan ve, tristemente, como entre el séquito de admiradores que no deja de crecer, se encuentran músicos de renombre dentro del universo pop, que versionan sus canciones mejor cantadas, mejor musicadas, mejor acabadas. Un estigma con el que convive ironizando su desdicha de creador de bocetos para mejores pintores.

Don’t look back documenta en formato largometraje, y en blanco y negro, las peripecias del equilibrista en la cresta de la fama. Capta la esencia de un creador mecenas rodeado de poetas y músicos en busca de una frase, una palabra esquiva en un comentario suspirado, como única creencia, leit motiv de una vida. Si el desamor le empuja a la composición, lugar común para el inicio de cualquier carrera de artista, la reiteración en el desengaño, Joan Baez, encomienda sus días a la máquina de escribir. A no impregnarse del colorismo de las horas, para dar aliento a los faltos de aire. Ayudar a los que permanecen en sí mismos. Cualquier infortunio individual, es el mal de un sistema. Todos viven el amor y desamor propio a través de su lírica. El artificio mueve el concepto del mundo, porque el mundo es concepto. La política no interesa porque es imagen. El truco, dice, está en alejarse de nuestra imagen en el espejo. Y comienza a pensar en términos de cuántica, de unión. La existencia de un alma imperecedera. Un Dios. Uno sólo con el que convive, duramente, asociando al judío ultra ortodoxo que muchos convocan en él con el católico renacido. Desaparece, definitivamente, el hombre que se niega a pertenecer a ninguna sinagoga y dice construir para sus fieles la que denomina Iglesia de la Mente Envenenada. Una iluminada vivencia con la presencia del profeta, determina el renovado pensamiento en el que se asienta la idea de una patria única. La Tierra Prometida no es un territorio limítrofe, sino que se encuentra en la mente de cada uno.

Ya en la década de 1970, Dylan visitó el Kibutz Ein Dor, situada a los pies del Monte Tabor, en el camino entre Afula y Tiberíades. Si entre sus primeras grabaciones consta una inusitada parodia hacia la música hebrea, profetizando la muerte del folklore tradicional puritano e inflexible, titulada Talkin´ Hava Nagilah Blues, años más tarde, tras abrazar el catolicismo, se produce el reencuentro con sus antepasados en un viaje que determinaría una nueva apertura a los textos sagrados. A las Tablas de la Verdad Eterna. Dylan, con aquella composición, participaba, desde la cara ocultad de la ironía, en una de las más profundas crisis espirituales de su generación de judíos de América: el drama de la lucha por los derechos civiles, las comodidades y el exotismo de la patria judía, y las emociones espirituales de Lubavitch. Pero, al igual que muchos Hasid, Dylan se encontró con Dios a través de la música. Y, por medio de sus nuevas letras, dejará en evidencia el paganismo en la prédica de su canción temprana. Despojado del velo, teniendo en cuenta que la raíz de la música en Estado Unidos es cristiana, será cuando se produzca el proceso interior de asimilar el mismo grito, la misma llamada a la fe, desde la perspectiva más seria del rito. Volteado al apremio de un ambiguo discurso específico, lo que llamamos Dios, pertenece a demasiadas culturas. Y Dylan se aferra temporalmente a cada una.

Ilustración: Jauma Mc

Ilustración: Jauma Mc

El accidente en motocicleta abre los ojos hacia su interior. Durante el proceso de recuperación, se ofrece un punto de inflexión en sus hábitos. Dedica tiempo a sus hijos, decidiendo apartarse de las giras. Al acercamiento a la fe, se suma la duda del camino recto. La tradición es un poso de barro que obstaculiza el crecimiento. La palabra en papel, la ética de los textos de la escuela, había sido abandonada en favor del aprendizaje a través de las nuevas formas de hacer música, alejadas del clasicismo de sus padres, con el uso de nuevos medios de comunicación como vehículo de adquisición de cultura. La familia es una institución sobrevalorada. El apego a su tierra, el pueblo que le vio crecer, una añoranza que destierra en pos de una energía revitalizada que llegaba de detrás de los muros de su educación, en la experiencia de la carretera. Sin embargo, hay una alarma. La posibilidad de la muerte. Y el pensamiento individual se transforma en preocupación por la comunidad. Por el cuidado de sus crías. Por la vuelta a la sabiduría de los Padres de la Israel, que le arropó en su niñez. Mitzvá. Por el precepto de honrar al progenitor como una de las bases del judaísmo; por la sagrada responsabilidad de ser, como progenitor, el líder espiritual de la familia. Sin pretenderlo, a pesar de interiorizar las costumbres de la modernidad en su evolución más líquida, vierte la sangre de las generaciones que le preceden en los actos más significativos. Del yo-independiente, surge la necesidad de culminar su gesta como protector de la estirpe. Y una nueva idea de hacer música nace irremediablemente de la orquesta de su conciencia que desdibuja al predicador del Evangelio que veremos posteriormente, sabedor del Testamento en el que vive fielmente, desterrando sus viejas canciones, inapropiadas para su nueva palabra.

En su particular cruzada creativa y espiritual, en los años siguientes, con grabaciones de dobles álbumes, inabarcables giras en desplegables con mapas mundiales, apariciones en películas de culto, en el verano  de 1983, Dylan visitó Jerusalén con el propósito de celebrar el acto ritual en el que el judaísmo conmemora el paso de la infancia a la madurez, denominado Bar Mitzva, de su hijo Jakob. Allí es fotografiado en el Muro de los Lamentos usando tefilín, las correas de cuero y cajas empleadas durante la oración judía, conocida en hebreo como el Hamaravi Kotel. Su presencia, paraliza los medios, a pesar del discreto encanto de su silencio oficial. Y es que, ante sus hermanos, tanto ha supuesto la huella del cantautor norteamericano, que muchos le siguen y afirman ver en su rastro el contrapunto a la tradición musical de Israel, a la vez que la extiende con su influencia, más allá de su estilo, de inconcebible importancia; pues, numerosos son los artistas, músicos y poetas, que dentro de la comunidad judía, dicen haber sentido la llamada de su vocación con el impulso de las palabras de Dylan.

El 5 de septiembre de 1987 se organiza la primera visita oficial con el motivo de un concierto. Fueron los años del Live Aid, en los que nos queda la imagen de un confuso Bob Dylan mermado por los excesos, incapacitado para articular el sonido de sus palabras. Músicos de todo el mundo compartían espacios y encuentros en hoteles, locales y trastiendas. Desde los más lujosos camerinos, hasta los antros en donde suciedad es sinónimo de cultura underground. Recita de memoria experiencias, y regala frases para seducir. Algún que otro verso deja con la boca abierta a quien escucha, haciendo dudar de si esa creación era espontánea, o estaba tristemente vertebrada en un trabajo previo. El guitarrista The Edge lo definía, a partir de una vivencia en común, como el poeta del decir natural, sagrado. Algo contra lo que Dylan se vuelve, ya que, para él, lo sagrado carece de significado. Como primera cita, el mundo en Israel es entusiasta de su obra. Pero el recuerdo de una noche que venía dinamitada por una gira cansada de sí misma, desata la melancolía en los críticos que titulan Dylan, qué pena que viniste. Sin embargo, el incombustible creador de palabras, constructor de sueños con mensajes apócrifos, epitafios llenos de belleza en los que sumergirse desde el fervor religioso de la misma manera que a partir del profundo agnosticismo, regresa años después para resarcirse de su traspié, y ofrecer alguno de los mejores recitales inventados, incluso habiendo actuado ante el Máximo Pontífice, recientemente. Buscando su lugar, incansable, Zimmerman resuelve el enigma al apuntar la victoria en la que veía como su máxima derrota: su corazón está vivo en sus canciones. Y, su patria, es el escenario.

Desde la soledad y la melancolía hasta la existencia del amor eterno. La voz que no se apaga, el tono en la herencia de los ancestros. Una tradición no abortada, sino superada con la idea de integrarse en las nuevas corrientes. Intemporalidad. Explorar el mismo terreno hasta labrar uno nuevo, bajo la tierra. Bajo el peso de años y años de conductas erradas, mimetizadas. Arrastrar días, siglos, ciclos de influencia genética presente en cada nuevo paso. En cada nuevo desvío. El eterno candidato al Premio Nobel de las Letras, que dice comenzar a escribir por un descuido al perder un amor. Que detesta la palabra protesta. Que reconoce como suyas las inseguridades del hombre. Poeta maldito que devoró los tiempos modernos, para dibujar con su canto mil y una palabras de amor, de cambio, en el que tradición y contemporáneo son un mismo concepto. En el que al abrigo del último milenio, continúa recitando el derecho individual en pro de la unión, en pro de la mezcla. En pro de formar parte de una sola canción. Y es que, en palabras de Moses Mendelssohn, hay que dejar que todo individuo tenga derecho a decir lo que piensa, de rogar a Dios a su manera, y de buscar la salvación eterna en donde cree poder encontrarla. No nos quedan respuestas; pero, las preguntas, siguen formuladas en el viento.

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