Mi abuela rusa y su aspiradora americana


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Hay en el mundo un sinfín de abuelas de toda clase, abuelas simpáticas y abuelas antipáticas, juguetonas y regañonas, aquéllas que siempre aparecen sonrientes y aquéllas otras que parecen estar eternamente malhumoradas. Pero lo que no hay es, seguramente, una abuela tan especial como Tonia, la abuela rusa del escritor israelí Meir Shalev.

2014-07-17portada

El motivo por el cual era tan especial no es que fuese una de aquellas abuelas chistosas que repiten los mismos chistes hasta la saciedad, o una de aquellas que conocen una infinidad de canciones de la época de la Maricastaña. Tampoco es que fuese tan mala, porque mala, lo que se dice mala, tampoco era. Nada de eso. La peculiaridad de la abuela de Meir Shalev radicaba en su manía extrema por la limpieza. Hasta tal punto llegaba su obsesión, que ni sus propios hijos y nietos tenían permiso para entrar en casa, no fuese que la llenaran de polvo en verano, o de barro en invierno. Porque, por si no lo saben, la Tierra de Israel, o como mínimo el valle de Jezreel donde se sitúa Nahalal, el moshav al que la abuela llegó desde Rusia en los años veinte, es una tierra polvorienta en verano y fangosa en invierno. El polvo y el fango, los dos enemigos acérrimos contra los que se afanaba sin tregua la abuela de Shalev.

Tan grande era su manía que nadie jamás la vio sin un trapo colgado del hombro por si había necesidad de eliminar la más mínima e insospechada mota de polvo que se hubiese colado a través de la rendija de una ventana. ¡Hasta los pomos de las puertas estaban cubiertos con un paño a fin de prevenir las inevitables huellas dactilares! ¿Y qué decir de las paredes? ¡Hasta las paredes fregaba la abuela Tonia!, y ¡ay de quien provocara el menor rasguño en una pared! La abuela no tardaría en averiguar quién había sido el culpable para “arrancarle la piel a tiras”, como ella solía decir. Porque la abuela no sólo era famosa por su manía por la limpieza, sino que también fue célebre por ser poseedora de un vocabulario muy suyo que incluía un sinfín de expresiones, todas ellas dichas con marcado acento ruso,  que dejó en heredad a su familia. Una familia que, todo hay que decirlo, era muy dada a contar historias, unas historias que, si bien es cierto que tenían una base real, no es menos cierto que con el tiempo iban irremediablemente mitificándose hasta el punto de no poder discernir dónde acababa la realidad y dónde empezaba la ficción.

Un buen día, para sorpresa de todo el moshav, la abuela recibió un enorme paquete de América que contenía el que a todas luces parecería el regalo ideal para una maniática como ella: una fantástica aspiradora que le enviaba su cuñado, el tío Yeshayahu. Es en torno a esa reluciente y enorme aspiradora que gira la historia de Meir Shalev.

Ha llegado ahora el momento de contarles que Yeshayahu, el espléndido tío que envió tan magnífico regalo, era considerado por su familia como un doble traidor. En primer lugar, había decidido emigrar a los Estados Unidos en lugar de acudir a labrar la tierra de Israel y, en segundo lugar allí, en América, se había convertido en un empresario explotador. Nada pues más lejos de los ideales de movimiento moshavnik y, concretamente, de la mentalidad de los habitantes de Nahalal, un moshav en el que todos eran convencidos sionistas y socialistas.

“Mi abuela rusa y su aspiradora americana” es una divertidísima crónica familiar que nos relata la historia de la familia de Shalev contada desde la figura de su excéntrica abuela y su aspiradora americana. Sin embargo, más allá de la particularidad, trata también de la historia y de la vida cotidiana de los habitantes de Nahalal, el moshav donde nació Shalev y, por extensión, de la historia de todos aquellos pioneros, muchos de ellos procedentes de Rusia que, como los abuelos de Shalev, llegaron a la tierra de Israel durante los años 20 donde, trabajando duramente, muchos de ellos ejerciendo como granjeros y campesinos, fundaron los primeros kibbutzim, los primeros moshavim y, en definitiva, el Estado de Israel. Es pues, también, el retrato de toda una época y de una generación, de un mundo que se ha transformado y que ya no existe y por tanto, una historia que, aun  siendo tremendamente divertida, resulta también profundamente conmovedora y nostálgica.

El libro fue publicado en marzo de 2014 por la editorial Ático de los libros.

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