Los comienzos de la Comunidad Israelita de Barcelona, parte IV.


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En octubre de 1914 la familia Esquenazi desembarca en una Barcelona en plena expansión. Sus ojos lo comprueban de inmediato, centenares de estibadores portan cajas al hombro a un ritmo frenético, marchan juntos, en fila, uno tras otro, en una procesión eterna, en lo alto destaca la imagen de un caballo blanco que se balancea mientras una grúa la transporta con sigilo hacia un buque de carga, pareciera como si los Esquenazi estuvieran de vuelta en Balat, pero no, están por enésima vez en una ciudad desconocida que como de costumbre los recibe con indiferencia. Al pie del puerto les espera un pariente lejano, Sadi Esquenazi, lo reconocen de inmediato, su pose sobrio contrasta con el atuendo llamativo del vendedor ambulante que lo agasaja insistentemente. Tras un breve intercambio de palabras, se encaminan arrastrando sus bártulos hacia las Ramblas, su primer destino será una humilde pensión de la calle Sant Pau.

Embarco al vapor J.J. Sister. puerto de Barcelona, 1914.

Los Esquenazi ya saben lo que significa comenzar de nuevo, es algo que llevan haciendo desde hace siglos, forma parte de su cuerpo, de su alma, es algo orgánico e inevitable, sin embargo esa familiaridad no les libra de la incertidumbre que, si cabe, se acentúa con los años. José sabe que debe desprenderse de su vida parisina para avanzar, tiene que olvidarse de lo mucho que le fascinan algunas de las cosas que ha vivido en Francia, se trata de hacer tabla rasa y convertirse en un catalán más, no hay lugar para remilgos ni nostalgias.

Le reconforta ver a su pariente, parece que le van bien las cosas, pero es tan sólo una primera impresión, pronto se dará cuenta de lo dura que puede llegar a ser la vida de un refugiado en Barcelona. A los problemas habituales de adaptación se añade que la ciudad vive en estado de excepción tras declararse un brote de tifus. Entre octubre de 1914 y enero de 1915, esta bacteria se cobra la vida de 2.267 barceloneses, sobre todo niños (mapa de la fiebre tifoidea, 1914). Lluís Claramunt, por entonces director del Instituto Municipal de Higiene, dictaminó que el origen estaba en el consumo del agua proveniente de la mina de Montcada, contaminado por aguas fecales del Eixample. A pesar de ello la población inició en 1914 un ascenso insólito en la ciudad. El despegue industrial vinculado al alza de la demanda de las potencias en guerra convirtieron Barcelona en un imán para la Cataluña interior, pero también para gentes venidas de otras partes de España. La capital provinciana del siglo XIX daba paso a una metrópolis del s.XX.

Tira cómica sobre la epidemia de tifus en Barcelona, 1914.

Jose Esquenazi ofrecerá sus servicios de sastre en diversos comercios del Raval, compaginando un trabajo esporádico y mal pagado con la venta ambulante. Cree que con el esfuerzo y la determinación saldrá adelante, pero esto no es París, las dificultades se acumulan, una tras otra. Sus habilidades como sastre le abren algunas puertas, pero no es suficiente, la competencia es feroz. Piensa seriamente en mudarse más allá de la ciudad, donde la competencia es escasa, hasta que un día comprende que sin el apoyo de sus paisanos la vida se haría aún más cuesta arriba. La colonia judía es cada vez más numerosa y comienza a ser habitual toparse con un paisano anónimo en cualquier esquina. Hay de todo, algunos de ellos recorren las calles mendigando, José los observa atónito, no es de los que viendo incierto el futuro se abandone. Por momentos su perseverancia lo mantiene a flote aunque en ocasiones se desespera. Aún así deberá acudir a varios prestamistas para saldar sus deudas.

A finales de 1916 residen en Barcelona centenares de judíos otomanos, la mayoría de ellos viven en situación de exclusión. El 10 de enero de 1917, acosado por las deudas José Esquenazi recibe un préstamo salvador de la Joint, un mes y medio después, el 26 de febrero, se le concederá otro más. En el listado aparecen varios judíos que como José tienen origen otomano: Simsolo, Moscona, Vidal, Adjiman, Vaena, etc. La situación era insostenible y requería urgencia.

La España en la que había desembarcado José Esquenazi y su familia era una España aletargada, incapaz de enfrentar las sucesivas crisis políticas y económicas que la acosaban sin descanso desde hacía siglos, una España, por otra parte, que se había visto obligada a despertar de golpe tras la huelga revolucionaria del 1917, y que, como de costumbre, menospreciando las capacidades transformadoras de la clase trabajadora, pretendía, sin éxito, frenar como fuera sus aspiraciones. José, que esperaba encontrarse en un entorno favorable, se topa con una ciudad en efervescencia revolucionaria, un hervidero de continuas huelgas que había devenido en un campo de batalla de la lucha de clases.

En poco tiempo el gobierno español tendrá que hacer frente a dos huelgas generales, la primera, la citada de 1917, de índole revolucionaria, cuyo objetivo no se había limitado a presionar al gobierno para que tomara medidas para paliar la crisis de subsistencia, sino que perseguía una transformación completa de la estructura política y económica del país, y la segunda, que tenía su origen en la huelga de La Canadiense, acabará constituyendo uno de los mayores éxitos del movimiento obrero español, pues tras el fin de la movilización se decretó la ley de la jornada de ocho horas de trabajo, convirtiendo a España en el primer país que promulgaba esta reivindicación obrera.

Los efectos de la huelga de 1917 habían dejado un poso de preocupación en las clases acomodadas, una preocupación que se había transformado en pánico después de que en octubre del mismo año los bolcheviques se hiciesen con el poder en Rusia.

La sombra de la Revolución era demasiada alargada para permanecer impasible ante tal amenaza. El gobierno debe mover ficha, necesita un golpe de efecto para paliar ese miedo que atenaza a sus votantes. Busca un chivo expiatorio, un enemigo externo que amenace la paz interior, alguien sobre el que recaiga toda la culpa y que no tenga aliados poderosos. Así, envalentonado por la prensa conservadora, ordena deportar a un puñado de extranjeros sospechosos de ser bolcheviques. El Conde de Romamones, presidente efímero del gobierno, lo argumenta:

“No se debe perder de vista que por la índole de la mayoría de esos extranjeros, pueden encontrar en ellos, sobre todo si carecen de recursos elementos muy utilizables por los agentes bolcheviques que ejercen su actividad en nuestro país y que lejos de limitarse a utilizar compatriotas suyos, aun siendo el número de estos bastante crecido, no dejarán de echar mano, ya que según parece disponen de fondos considerables, de cuantas personas que por sus ideas o por su situación moral y económica constituyan medio apto de propaganda y agitación”

Barcelona se convierte entonces en destino de la mayoría de esos refugiados que huían de la persecución bolchevique. En palabras del historiador Mikel Aizpuru:

“A finales de 1918, Barcelona estaba literalmente copada de refugiados. Entre ellos se contaban muchos rusos, unos 800, según su cónsul, el príncipe Alexei Gagarin. Esta notable comunidad estaba formada por judíos, desertores del ejército, fugitivos de la revolución y agitadores pacifistas. Junto a ellos había unos 400 ciudadanos de diversas naciones balcánicas —como búlgaros o turcos—, que también eran vistos con recelo por las autoridades. En consecuencia, una semana después de finalizada la Gran Guerra, el ejecutivo de Madrid comunicó a los aliados su intención de fletar un barco para deshacerse de aquellos indeseables”

Ante esta situación desesperada y, ante el peligro inminente de una expulsión, José toma una decisión atípica, decide bautizar a su hijo Jaime. La mañana del 5 de marzo de 1918 José entregará en mano una petición de bautismo para su hijo, dice así:

“Muy Ilustre Señor,

José Esquenazi, del comercio, y su esposa Elisa Alfandari, ambos naturales de Constantinopla (Turquia), de nacionalidad otomana y de religión israelita, de 41 y 38 años respectivamente, vecinos de esta ciudad, San Pablo 60, 3o 2a.

Declaran que de su matrimonio contraído en el mismo Constantinopla, según rito israelita, hace unos dieciocho años, tienen un hijo llamado Vidal Jaime Esquenazi Alfandari, el cual cuenta actualmente con diez años, y que conocedor de la religión cristiana, desea ser bautizado en la Iglesia Católica Apostólica Romana. Los infrascritos, sus padres, no sólo permitimos a nuestro hijo Vidal Jaime el cumplimiento de sus deseos de ser bautizado, si no que también nos comprometemos a darle instrucción cristiana y libertad para cumplir después del bautismo, sus deberes religiosos, por lo tanto

Suplicamos a V. S. que previos los requisitos que cree convenientes, admite a la recepción del Santo Bautismo a nuestro hijo Vidal Jaime.”

La petición será ratificada cuatro días después. El 21 de marzo tendrá lugar el bautismo en la parroquia de Sant Pau del Camp.

¿Qué es lo que lleva a José a tomar esa decisión? ¿Qué ganaba? ¿Había visto en la conversión un camino para eludir el destierro? ¿Acaso podría soportar otra expulsión? ¿Pretendía salvar a su hijo o a sí mismo?

(…)

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