Los comienzos de la Comunidad Israelita de Barcelona, parte III.


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Tres acontecimientos marcaron el punto de partida del ocaso de la floreciente comunidad sefardita del Imperio otomano: por un lado, en 1908, la irrupción de los “Jóvenes Turcos” y la “turquización” que trajo consigo, por otro lado, meses más tarde, fruto del proceso nacionalista que llevaron a cabo, el gobierno decreta el servicio militar obligatorio para los ciudadanos judíos y, por último, tres años después, en 1912, estalla la guerra que enfrentaría al Imperio contra la coalición formada por Bulgaria, Montenegro, Grecia y Serbia, lo que acabaría por empujar a miles de judíos turcos hacia al exilio. Entre ellos la familia Esquenazi Alfandari, residentes en Estambul desde hacía siglos.

La mayor parte de aquellos judíos habían cursado su formación escolar en lengua francesa en las prestigiosas escuelas de la Alliance Israelite Universelle, por lo que escogieron Francia como destino natural.

La Alliance Israelite Universelle era una organización filantrópica judía establecida en Francia en 1860. Había sido creada con la firme intención de formar al nuevo “ciudadano judío”. El impacto de la Alliance en la sociedad sefardí del Levante Mediterráneo entre finales del siglo XIX y principios del XX fue profundo e intenso. La primera escuela se abrió en Marruecos en 1862, cincuenta años más tarde, al inicio de la Primera Guerra Mundial, ya habían más de 180 con cerca de 43.000 alumnos en lugares tan distantes como Estambul, Salónica, Teherán, Trípoli, Alepo o Damasco. Será a través de esta rica red de centros educativos como el judío sefardí se abrirá a Occidente, fundamentalmente a través de la cultura francesa, cuyos valores aceptarán con agrado y naturalidad.

La Familia Esquenazi Alfandari formada por José, Elisa y Jaime, padre, madre e hijo, parte de Estambul rumbo a Marsella en 1912 huyendo del reclutamiento forzoso. Las terribles condiciones de ese presunto servicio militar, hicieron que muchos jóvenes judíos emigraran para huir de semejante infierno. En su mayoría buscaron mejorar su difícil situación emigrando hacia Latinoamércia, otros, como los Esquenazi, optaron por establecerse en Europa. Cada uno de ellos perdió la ciudadanía turca al haber salido ilegalmente del país, convirtiéndose en apátridas. Los hechos demostrarían años más tarde las penosas consecuencias de ese acto.

Puente sobre el Bósforo, Estambul, 1912.

¿Qué sintieron los Esquenazi al navegar desde su Estambul natal a Marsella, dejando tras de sí su hogar, su barrio, varios hermanos, padres, abuelos, primos, un incipiente negocio de telas? ¿Qué les esperaba en Francia, tendrían la oportunidad de conocer otras familias judías en las que apoyarse o se encontrarían solos? ¿Sería aquella la última vez que contemplasen admirados la luz brillante sobre el Bósforo o aquel sería un viaje de ida y vuelta? Muchas incógnitas se cernían sobre ellos.

Recorte de prensa de Le Petit Parisien, a 19 de octubre de 1912.

Como judíos sefardíes, su primer idioma era el ladino, aunque dominaban el turco y el francés. La vida de los Esquenazi reflejaba una mezcla de Oriente y Occidente, algo muy común entre los judíos del Imperio. Narciso Pérez Reoyo, un médico burgalés que viajó a Oriente a finales siglo XIX, coincidió en una de las excursiones por el Cuerno de Oro con muchos sefardíes que se dirigían a Balat, el barrio de la familia Esquenazi:

“La mayor parte de los pasajeros del vaporcito que nos condujo aquí son judíos. En la corta travesía nos sorprendió agradablemente oírles hablar con bastante pureza la majestuosa lengua de Cervantes. Mostrándose con nosotros atentísimos, y al saltar a la orilla de Balat, que es el barrio en que habitan, nos saludaron afectuosos diciendo: ‘adiós señores; lleven sus mercedes buen viaje.”

Los Esquenazi, como tantos otros judíos del barrio, abandonaron su mundo sin saber que les esperaba al otro lado. Tan sólo tenían el contacto de un primo que meses antes había recorrido el mismo camino y que desde entonces probaba suerte en un arrabal de París.

Dentro de sus memorias, Riza Nur, un cirujano turco exiliado en Paris, recordaría años más tarde aquella numerosa colonia de judíos recién llegados:

“Je suis allé à la rue Cadec qui abrite le banque des bijoutier. Là, il n’y a que des juifs. Nos juifs d’Istanbul aussi sont très nombreux (…)”.

Otro exiliado, el reconocido poeta Yahya Kemal, recordaría lo propio:

“Mon ami Şekip [judío otomano] s’est intégré aux juifs d’Istanbul et de Salonique, implantés rue Sedaine. Un jour, je l’ai croisé en train de vendre des merchandises comme les autres juifs. Il hurlait pour attirer d’evéntuels clients (…) Şekip que je connaissais d’Istanbul comme un jeune homme bien habillé, en semblait éprouver aucune gène à travalleir dans ces conditions”.

Kemal nos habla de la notable integración de los judíos otomanos: “J’ai croisé Şekip sur le boulevard Saint-Germain. Avec sa casquette, son large pantalon et toute sa tenue, il avait l’air d’un véritable français

En muy poco tiempo José logra encontrar trabajo en una sastrería de un paisano de Balat. Meses después, acorde a su espíritu emprendedor, se lanzará en solitario al popular negocio del remiendo de ropa. Durante dos años, hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, José siente que todo aquello con lo que sueña puede hacerse realidad. Se levanta cada día a las seis de la mañana, se ducha estoicamente, desayuna y se marcha a trabajar con la certeza de que todo encaja. En el tranvía observa los rostros cansados y afligidos de los parisinos convencido de que el suyo nunca quedará vacío de esperanzas. Jaime, su hijo de 4 años, habla francés con soltura, las palabras turcas han ido poco a poco desapareciendo de su boca, atrás queda ya el bullicioso enjambre de su Balat natal.

Finalmente, de un día para otro y tras estar plenamente adaptados a la sociedad francesa, sus esperanzas se vendrán abajo tras el estallido de la Primera Guerra Mundial. Los residentes turcos en suelo francés serán declarados enemigos del país, por lo que su situación cambiará por completo. José, tras la recomendación de un pariente que vivía en Barcelona, decidió emprender un nuevo exilio, en esta ocasión hacia el sur, hacia la tierra que siglos atrás se habían visto obligados a abandonar.

Tras un viaje terrible en tren que les llevó de París a Marsella, el 19 de octubre de 1914, hastiados de esa identidad movediza que les perseguía, parapetados tras aquellas maletas que contenían su mundo portátil, soñaron por segunda vez estar pisando su último muelle, la antesala de su último destino, Barcelona, la ciudad de la que todos hablaban entre susurros, como un misterio. La aventura recién comenzaba.

(…)

Un pensamiento en “Los comienzos de la Comunidad Israelita de Barcelona, parte III.

  1. Regina Kalach Atri
    13 enero, 2018 a las 12:51

    De exilio en exilio Es muy impresionante ver cómo estás judios tuvieron que pasar de un sitio a otro. Algo tendría que enseñarnos esta historia. Y es que los seres humanos a veces no podemos permanecer en un solo lugar. Su tan solo lo entendiéramos

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