La primera crónica de la barbarie


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Estos últimos días he leído el libro “El infierno de Treblinka” del autor judío-ruso Vasili Grossman. Se trata de un reportaje que Grossman escribió tras su visita al campo de exterminio de Treblinka. Publicado en noviembre de 1944 por el diario soviético Estrella Roja, “El infierno de Treblinka” fue el primer documento que dio a conocer públicamente la existencia de los campos de la muerte. Posteriormente sirvió como prueba de cargo contra los crímenes de guerra nazis en los juicios de Nuremberg.

2014-06-26.portada

Mientras lo leía, había un pensamiento que acudía de forma recurrente a mi cabeza, y es que la palabra “Holocausto” se ha dicho tanto, nos hemos acostumbrado tanto a oírla, que ha llegado a perder su magnitud. Y no me refiero sólo a la magnitud de los números, a la cantidad, millones de personas inocentes que fueron exterminadas, sino también a la magnitud de la crueldad, a la maquinación, a la perversidad de unas personas que con su sadismo demencial traicionaron, como dice el propio Grossman, a la humanidad entera.

Intento imaginármelo, describir lo que fue. Sin embargo, es tan grande el horror que no consigo expresarlo, no encuentro las palabras que puedan plasmar la inmensidad de esa locura, la perfidia, la maldad llevada más allá de los límites imaginables de tantos asesinos, de tanta gente que en sus vidas civiles eran personas cualesquiera, normales y respetables ciudadanos, un pensamiento, este último, que me resulta insoportable. Pero mi incapacidad es aún mayor cuando intento describir el sufrimiento sin límites, la desesperanza, la impotencia y la consternación de todas aquellas víctimas que no tenían dónde ni en quién ampararse.

Yo no puedo expresarlo, no alcanzo, tengo la impresión de que todo cuanto pueda decir es mera palabrería, palabras vanidosas, insustanciales. Todo lo que diga es demasiado poco y, por tanto, injusto, vergonzoso. Las víctimas sufrieron mucho más de lo que yo soy capaz de decir, merecen mucho más.

Pero lo que sí puedo y quiero hacer es recomendarles la lectura de libros como “El infierno de Treblinka” y otros testimonios de personas que vivieron el horror en su propia persona. Las novelas ayudan, sin duda, pero aun cuando tengan una base real y la mejor de las voluntades, no dejan de ser ficción, están adulteradas, y lo que pasó no fue ninguna novela, no hubo nada de romanticismo, nada de belleza en la historia del Holocausto. Es una historia desgarradora que a mi, más que la lágrima fácil lo que me arranca son lágrimas de rabia. Si pueden, digo, lean las memorias y el testimonio de personas que estuvieron confinadas en un campo de concentración, de trabajo o de exterminio, que vieron cómo sus familias eran asesinadas de forma sistemática por el simple hecho de ser judíos, o que fueron testigos de cómo el compañero de al lado recibía un tiro en la nuca al azar, sin ningún otro motivo que la diversión de un comandante. Lean las memorias de personas que, como Vasili Grossman, fueron testigos muy próximos de la barbarie. Es duro, pero creo que es necesario, que tenemos la obligación de hacerlo. De otra forma, la historia, así lo creo yo, irremisiblemente se convertirá en una leyenda.

Ahora sí, voy a contarles algo sobre el libro y sobre su autor. Vasili Grosman fue un escritor judío nacido en Berdichev en 1905. Su gran obra fue “Vida y Destino”, un monumento de la Literatura Universal que él nunca pudo ver publicada a causa de la censura soviética. Durante la II Guerra Mundial ejerció como reportero de guerra para el Ejército Rojo, y así es como llegó a Treblinka poco después de que el campo hubiese sido desmantelado. El 2 de agosto de 1943 había tenido lugar la insurrección de los prisioneros, tras la cual el campo quedó parcialmente destruido. Lo que quedaba en pie fue demolido por los propios alemanes en su afán por borrar cualquier huella de la barbarie. Aun así, Grossman pudo hacerse una idea muy real de lo que fue Treblinka gracias en buena medida a las entrevistas que realizó a algunos supervivientes, trabajadores del campo y vecinos de los pueblos cercanos.

El reportaje presenta un minucioso estudio de su estructura, de su organización interna, de las distintas fases de degradación a las que eran sometidas las víctimas antes de ser ejecutadas, de los métodos usados para el asesinato, de la brutalidad de los comandantes. Grossman hace hincapié en el hecho de que Treblinka fue un campo de exterminio. No se trataba ni de un campo de trabajo ni de un campo de concentración, como Auschwitz, en el que se podía albergar una esperanza, aunque ínfima, de sobrevivir. Treblinka era, sin más, un matadero, un campo pensado y diseñado exclusivamente para el asesinato concebido en términos industriales. Allí no había barracones, pues no hacía falta alojar a los prisioneros. Nos cuenta el informe que, desde que la víctima bajaba del vagón hasta que su cadáver era transportado a la fosa común, transcurría una hora escasa.

Pero además de todos esos detalles y hechos incuestionables, había algo que preocupaba especialmente a Vasili Grossman y a lo que dio un énfasis especial: es el intento de transmitir la perplejidad de los recién llegados a medida que iban descubriendo el engaño. Muchos judíos habían oído hablar de los campos de la muerte, pero no creían o no querían creer que existiesen realmente. Incluso cuando llegaban allí, cuando todo estaba claro, cuando no había ninguna duda de que las vías del tren no continuaban más allá del campo de Treblinka, intentaban convencerse de que todo eso no eran más que detalles irrelevantes. Las esperanzas e ilusiones, sin embargo, se iban desvaneciendo poco a poco hasta que la evidencia absoluta, la muerte, se imponía.

El libro ha sido publicado en mayo de 2014 por la editorial Sefarad Editores en homenaje a Vasili Grossman en el 50º aniversario de su muerte, y cuenta con un magnífico postfacio del editor Horacio Kohan.

2 pensamientos en “La primera crónica de la barbarie

  1. Annie
    25 septiembre, 2016 a las 18:56

    Me parece que el Holocausto, la Shoa, es un territorio insondable.

    Todo comienza con un odio radical, y luego la razon, cuyo sueño en ocasiones produce monstruos, idea el modo industrial de matar.

    Me impactó lo contado por Orimo Levi, años despues, cuenta a un periodista que luego de la liberación cuando deambulaba por Polonia, se encuentra con un polaco que se identifica como abogado y pregunta a Levi quien es, Primo le dice que era un prisionero judio en
    Auschwitz. Alrededor de ellos hay un grupito de campesinos el abogado traduce a los lugareños que se trata un prisionero italiano, Primo protesta, dije judio el abogado le dice : mejor déjelo estar.

    1. Annie
      25 septiembre, 2016 a las 18:58

      Moderación ?

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