La erotización de Eros


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Marcuse propone que salgamos de los márgenes de la represión presentando una sociedad nueva. Para cuando las paredes de las grandes facultades en Francia rezaban “La imaginación al poder” y los ciudadanos tomaban las calles de París con proclamas que inducían a pensar en la posibilidad de cambio hacia una sociedad más sincera y consciente, el libro de Marcuse El hombre unidimensional, recién publicado en francés, entraba en el circuito del pensamiento underground y creaba el precedente intelectual para toda una generación necesitada de su biblia. Una década antes, con Eros y civilización, el pensador alemán avanzaba el primero de sus múltiples análisis sobre las deficiencias en la estructura de nuestra sociedad.

Portada de "Eros y Civilización", Ariel Editorial.

Portada de «Eros y Civilización», Ariel Editorial, 2010.

El Eros de Marcuse libera al individuo de las cadenas de la civilización. Una sociedad consciente, preparada para el ocio y la cooperación, se desentiende de las imposiciones y las obligaciones relacionadas con el beneficio empresarial y la lógica del discurso de Estado que se manifiesta a través de un sinfín de normas y leyes opresoras. Nuestro inconsciente acumula los vestigios de un aprendizaje generacional que se retrotrae a las primeras sociedades tribales, antes que cualquier forma de lenguaje. Siguiendo el rastro de nuestra propia memoria llegamos al origen de la primera comunidad humana. La manera impuesta de proceder en sociedad es modificada atendiendo a las necesidades creadas para el conjunto reprimido y parte de una medida básica que es la del Primer Padre que educa a sus hijos para la obediencia, la territorialidad, la renuncia a su propia realización. Siguiendo esta premisa de Freud a un estadio patriarcal le sucede la traición de los hijos, los hermanos que se rebelan ante las imposiciones del padre que empleaba la restricción de los placeres como única forma para la domesticación; es el temor lo que lleva al padre a castigar a aquéllos que ve como enemigos en potencia en la disputa por satisfacer sus necesidades. La madre es objeto sexual desde el nacimiento de los hijos y el primer acto de lactancia el primer contacto sexual. La relación edípica comienza y el padre sitúa a los hijos en un eslabón inferior para facilitar el control sobre ellos, negar sus instintos, que la líbido aplacada se reconvierta mediante la productividad en el trabajo. Los hijos matan al padre en el mismo momento en que surge la conciencia de libertad. El id como representante del primer estadio de nuestros instintos y el super-yo como su opuesto (el regulador de nuestra conducta y que nos imposibilita a ser, que procede de nosotros mismos a través de una ética culturalmente sobre-impuesta y que germina en nuestro inconsciente) tienen en su intersección el ego que actúa como mediador y compensa la balanza a través de su propio desequilibrio. Es tras el acto de matar al padre en el que los hermanos sucumben al super-yo, deviene la culpa y surge el lazo de solidaridad con aquél que ya no está pero que interpretan ahora, en un error de conciencia, empleaba la autoridad y el castigo por el bien de ellos mismos. A través de las huellas de nuestra memoria colectiva llegamos al vestigio de un margen intermedio de liberación y de placer con la caída del padre mientras éste es reemplazado por la madre en el mismo lugar. Después de este periodo en donde la sensualización, la cooperación y el goce conviven libre y democráticamente, la comunidad matriarcal da paso a otra sociedad patriarcal en la que los hermanos imponen su fuerza al ver, atemorizados, como se mermaba su poder y presencia y la nueva sociedad tomaba forma bajo la práctica de la igualdad, la interacción y el amor libre. Por este motivo, ellos recuperan el antiguo régimen del padre y pervierten la sexualidad, fomentan la competitividad y el sufrimiento en el trabajo enajenado creando colectividades propias que creen menos en la felicidad del conjunto que en la plena satisfacción para los que dominan. Este esquema que se establece desde la denominada Primera Horda llega hasta nuestros días en los que hombres y mujeres se convierten en objetos de valor y de dominación, impersonalizados, víctimas de su lugar en la sociedad y de la imposibilidad de realización plena en las mismas.

Ilustración de Gorila&Troska.

Ilustración de Gorila&Troska.

Es así como nuestra civilización actual, sinónimo de capitalismo y de otras políticas tiránicas, encuentra su antagonista en el desarrollo singular de cada individuo, esencial para la sanación de nuestra sociedad enferma desde el momento en que la autoridad y la imposición sobrevienen. Si los instintos por defecto se dirigen y proyectan hacia nuestra felicidad y evalúan nuestra realización a través de las necesidades que surgen bajo el velo, a través del espejo de nuestras apetencias, la represión negativa sobre nuestros instintos nos dejará sin voluntad y seremos una página en blanco preparada para ser marcada, rasgada, herida por los que necesitan de nuestra esclavitud para alimentar sus deseos perversos, la erótica del poder. Y nosotros facilitamos su labor cuando adoptamos el lugar de vigilantes de nuestros propios deseos “no productivos” para la sociedad que ellos han creado. Cada lugar inapropiado de un deseo es mutilado por nuestro super-yo. Nuestra propia conciencia nos esclaviza, nos releva el juicio crítico por la aceptación y la mansedumbre. Somos esclavos sujetos a las cadenas que nosotros mismos nos imponemos. Sólo liberando los instintos se alcanza el estado de conocimiento y dominio sobre todas las cosas como único medio para alcanzar la felicidad. Pero, en terminología psicoanalítica, el Principio de realidad confrontaría con el Principio de placer y el goce se entremezclaría con el miedo y el desconocimiento dada la incertidumbre de un universo de plena realización de los sentidos, en posible contradicción entre los individuos. Por ello Freud, decepcionado con el devenir socio-político de su tiempo, termina por aceptar que tales principios han de vivir aislados y que la única forma de que se perpetúe y evolucione la sociedad es a través de la sublimación y la aceptación de esas normas y leyes que regulan nuestras relaciones. El auge del nacional-socialismo y el exterminio del pueblo judío, del pueblo gitano y de los homosexuales con las actitudes perversas de los torturadores justifican la teoría de la Pulsión de muerte del individuo cuyo lado destructivo puede a la voluntad de construcción en conjunto. De esta manera se intensifica el concepto del arte como medio de evasión poniendo en el lugar de nuestros deseos nuestras frustraciones; cambiando la libertad del goce y del sentir por los espacios de ocio regulado dentro del marco de unas relaciones institucionalmente programadas. Desgraciadamente no se puede imaginar una sociedad liberada sin el fantasma del Caos.

Es precisamente aquí en donde Marcuse retoma el camino iniciado por Freud y alcanza la pureza de las ideas de éste llevando al clímax la lógica de su pensamiento. Siguiendo las mismas premisas a partir de la misma base, las conclusiones dan lugar a un resultado único, matemático, irremediable para una nueva versión de la sociedad más sincera y feliz. Marcuse conduce más allá las ideas de Freud y se niega subrayar la represión como único modo de evolución, la cultura como resultado del malestar global. Sumado todo a la teoría de la sociedad de clases de Marx y al advenimiento de la era post-capitalista que supera la carencia de medios y la falta de recursos con la era del desarrollo de la alta tecnología, en el camino a seguir según el filósofo alemán no queda más que relegar al pasado toda restricción y medida de control de nosotros, por y para nosotros mismos, y optar por una erotización de la vida en las relaciones individuales y con los objetos. Contagiar la libertad, allanar el terreno para una convivencia sincera en la que todo pueda ser o no realizado en la medida de nuestras necesidades.

Con la evidencia de que ello presupone confrontar los intereses de algunos hombres y mujeres con las de otras y otros, se crea el concepto de la Sublimación no represiva como salida al nudo de la sociedad de control. Si la Pulsión de muerte nos lleva a la destrucción, Freud pasaba por alto que la construcción de una comunidad en donde la plena realización y la solidaridad puedan contribuir al nacimiento de un hombre y una mujer libres, educados en la aceptación de la realidad y no en fantasías victorianas, dicha atracción por la destrucción, el odio y la perversidad se convierte en construcción a través del amor y creación para el conjunto. No hay desviaciones, sólo expansión y fusión en el quehacer de la comunidad emocionalmente activa e integradora. Marcuse afirma que, ya como decía Marx de sus teorías, la idea de la plena realización individual encuentra dentro a su propio enemigo. Y el ansia de plenitud puede llevar a actitudes filo-fascistas. La libertad supone un cambio de concepción de la libertad misma que no está al alcance de nuestra imaginación por vivir sumidos en la desconfianza y la competitividad. La incapacidad para creer en el cambio es la imposibilidad de ver en la praxis el cambio mismo dentro de una sociedad perversa. Hemos de dar el salto para comprender, aprehender esta nueva sociedad en todos sus detalles, en todos sus milímetros. La auto-regulación sin imposición nace como un trabajo necesario para la construcción del conjunto idílico. Una sublimación no represiva como un juego orgánico en donde entran todos nuestros actos y deseos sin contradicción con la plenitud de la comunidad. Es decir, una sensualidad desvelada, una vida saludable y plena en los hábitos; la aceptación de nuestros instintos, la empatía en nuestras emociones. Una jornada de trabajo que ocupe la menor parte de nuestro tiempo, que nuestras funciones sean intercambiables con el objeto de evitar la rutina, y siempre la predisposición a labores creativas. Es el momento en que la automatización toma las riendas del trabajo pesado, la tecnología como apoyo para que nuestra mente y nuestro físico se encuentren en plena facultad para el disfrute, cuando el trabajo pasa de ser una realización enajenada a un juego. La interacción armónica entre lo que necesitamos y lo que realmente forma parte de una vida independiente dejando de lado las necesidades creadas por la sociedad de consumo, la opulencia, la vida al límite de los recursos del planeta. La capacidad para ser feliz está intrínsecamente relacionada con la capacidad para facilitar la felicidad del otro. Es de la frustración y de la negación de nuestra individualidad, de nuestra infelicidad, de donde proviene el estigma del placer en el dolor ajeno. Se es libre cuando se respeta la libertad de nuestros iguales.

Cubierta de la primera edición de "El hombre unidimensional", 1964.

Cubierta de la primera edición de «El hombre unidimensional», 1964.

Es así como Marcuse plantea el advenimiento de una nueva era, el fin de lo reprimido. Antiguo militante de la izquierda más comprometida y simpatizante de las grandes revoluciones del siglo, veterano marxista crítico con el devenir del pensamiento socialista dentro del bloque soviético y más crítico aún con la “democracia” de los estados capitalistas, Marcuse es una de las figuras centrales de la denominada Escuela de Frankfurt. Como miembro destacado es uno de los grandes responsables en la recuperación de las ideas de Marx traducidas al nuevo contexto de la era post-industrial, también deudor del pensamiento de otra figura clave en su obra, Sigmund Freud, a través de quien se acerca a la idea del subsconciente, la líbido y la sublimación represiva. Casando los conocimientos de historia económica y sociología del primero y el complejo universo antropológico y psicológico del segundo, Marcuse crea nuevos conceptos filosóficos que se acercan a una teoría del futuro más humana y real en relación con nuestros instintos.

Con este contenido Eros y civilización es publicada recién entrada la segunda mitad del siglo XX. Los tiempos cambiaban y las ideas, según el legado de Marcuse, con ellos. Era el momento para la relectura y adaptar las proclamas para las nuevas conciencias. Rousseau ya nos apremiaba poco antes de la Revolución francesa con un hombre que “nace libre pero que por todas partes se halla encadenado” y Marcusse no lo desdice. Sólo que nos ayuda a ver en el lugar y en el momento cuáles son las cadenas que nos atan y cuáles son los límites de nuestras rejas. Nada ha cambiado, sólo para aquellos que quieren quitarse la venda. Ya lo afirma Foucault cuando hablaba de “dejar a un lado Disneylandia y pensar más en Marcuse” en referencia a nuestra sociedad ignorante y reprimida que acepta el campo de libertad que se nos concede de manera controlada como un acuerdo tácito por nuestra seguridad pero sacrificando nuestras ilusiones.

Probablemente en el camino de Marcuse se vean ecos del pensamiento de Wilhelm Reich, malogrado discípulo de Freud que lúcidamente relacionaba la libertad del individuo con la libertad sexual y la gratificación orgásmica. También aparecen algunos de los conceptos de Jung en relación al inconsciente colectivo, pero desecha categóricamente el lado esotérico y oscurantista en donde el pensamiento se vuelve reaccionario y de presumible justificación con la tendencia antisemita. Eric Fromm también halla su lugar por encontrarse en el mismo apartado en lo que Marcuse acepta como el “miedo a la libertad”, y que es para ambos lo que retiene al individuo sumido en el control y la obediencia. Sin embargo la solución maniqueísta de Fromm acerca de las grandes virtudes, lo bueno y lo malo, resulta excesivamente espiritualista. Cae en el círculo del mismo objeto de crítica al establecer nuevamente clasificaciones e impedir la realización total de los instintos en base a aquello que, bajo el juicio burgués influido por la impronta del catolicismo en occidente, es culturalmente aceptable.

Olvidar la importancia del desarrollo libre de la líbido en todo este proceso supone dejar de lado el descubrimiento más importante de la teoría de Freud, quien entendía el método represivo como una flecha directa hacia la sexualidad para impedir la plena libertad del hombre. Es una marca que ha sido grabada generación tras generación y que debe ser liberada a través de su reconocimiento y el tratamiento de mejora para el bien global. El psicoanálisis resurge como revolucionario y liberador, amplificado con las nuevas teorías del conocimiento y múltiples variantes de la psicología. Es el lugar en el que los hombres y las mujeres de nuestro tiempo se deshacen de mitos y fantasmas, la búsqueda de los lugares sin nombre; quitarse las etiquetas y dar forma a nuevas conciencias y maneras de ser libres de restricciones. Las tecnologías del yo que han crecido con la servidumbre, la confesión, la autoconciencia. La superstición como el camino errado y la libertad, como ya decía Kant, la única manera para aprender a ser libre.

Marcuse hubo de refugiarse lejos de su lugar de origen a causa de la persecución hacia el pueblo judío en la Europa de entre-guerras. Habiendo trabajado en una librería durante años es mediante pequeñas participaciones en encuentros intelectuales como se incorpora a los círculos académicos convirtiéndose en uno de los grandes amigos y discípulos de Theodor Adorno, a quien dice deberle alguna de sus obras. El compromiso social, su idea de la cooperación y de la nueva izquierda que habría de reinventarse y la incorporación de las teorías de Freud hacen de su obra una de las más interesantes de mediados de siglo, testimonio único de quien combatió en el frente y negó finalmente la guerra en favor del amor y las libertades individuales. Eros y civilización, una de sus obras más populares y controvertidas, continúa dándonos las claves de una sociedad mejor y ofreciéndonos las pautas para lograr el estadio en el que mujer y hombre y universo se encuentran en un todo. Aquí se abre el círculo que se cierne sobre el eterno retorno de todas las galaxias para convivir en un presente en armonía con la suerte de la creación, y la felicidad plena dentro de todos sus enigmas, que no es más que la intensidad del amor y el peso de las buenas ideas. Pues ya lo decía San Agustín: “El amor es mi peso”.


MARCUSE, Herbert. Eros y civilización, 2010, Ariel, Barcelona

MARCUSE, Herbert. El hombre unidimensional, 2010, Ariel, Barcelona

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