Judith y las tres razones para conocer a Klara


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Un triple esfuerzo confluye en la enorme labor realizada por la autora del libro Camarada Klara. Una enfermera de las Brigadas Internacionales, publicado por Ediciones El Boletín en El Puerto de Santa María, Cádiz, en 2020. Judith Berlowitz, profesora universitaria jubilada en California, demuestra en él la tenacidad de su labor en tres facetas de su personalidad vital y profesional:  la de una mujer que quiere saber más de su propia familia, que quiere conocer mejor a sus antepasados; la de una investigadora en genealogía, historia o política; y la de una artista, una creadora que con el resultado de los dos esfuerzos anteriores ha escrito un libro que no solo echa luz sobre el pasado de su propia familia, sino que añade una nueva perspectiva sobre la historia de España y Europa en la primera mitad del siglo XX.   

Judith Berlowitz ha dado clases de español y de culturas mundiales en varias universidades californianas y ha ejercido de traductora, etnomusicóloga y guía turística. Su último trabajo como enseñante lo realizó en el Mills College (Oakland, California) y, una vez jubilada, se dedicó plenamente a una de sus pasiones, la genealogía. Investigando sobre su propia familia, los Philipsborn, de origen judío, se topó con un documento de la Gestapo que mencionaba a una tal Klara Philipsborn, tía lejana suya. Judith descubrió que Klara fue la única mujer del estado alemán de Schleswig-Holstein que luchó como voluntaria en las Brigadas Internacionales para defender a la República española frente al avance del fascismo, que ya había hecho presa en su propio país. 

Judith sintió en ese momento la necesidad de conocer más y mejor a Klara y emprendió una búsqueda por archivos, hemerotecas, libros y en los testimonios de sus propios familiares que la hizo pasar de lo privado a lo social, de lo personal a lo histórico. De genealogista, a historiadora. De preocuparse por la vinculación de su familia con Klara, a interesarse por la peripecia vital por España y Alemania de una mujer joven y comprometida con su tiempo en los años 20 y 30 del siglo pasado. De intentar comprender la manera de pensar de aquella mujer, de cómo conciliaba la tradición judía con su convencimiento marxista, a tratar de explicarse cómo influyen los acontecimientos históricos en su vida y en su manera de pensar y de enfrentarse a la realidad. De contemplar los horrores de la guerra a entregarse a las delicias del amor, de intentar describir la fuente del optimismo vital y político de Klara, a tratar de describir la desazón que provoca en ella el derrumbe del mundo en el que cree y vive.

Y es en esta transición, en estos viajes de un lado a otro de su labor, donde aparece como una consecuencia lógica, necesaria, la tercera faceta de Judith Berlowitz, su dimensión de creadora. Sobre bases históricas y biográficas sólidas y documentadas, esta profesora jubilada escribe un relato en forma de diario que resulta atractivo y que suma un nuevo punto de vista a una de las etapas históricas más decisivas de la Europa contemporánea: el ascenso de los fascismos y la lucha que contra él tantas personas valientes y bien intencionadas libraron. Cierto que es éste un tema muy visto, pero cierto es también que es inagotable, lo aborde con rigor el historiador, o lo traten con sinceridad el escritor o el cineasta. Siempre hay algo nuevo que decir.

Es lo que hace Berlowitz con su protagonista. Klara Philipsborn pertenece a una familia alemana de origen judío. Su padre tiene en Berlín una fábrica y una tienda de ropas que en su día abasteció a los ejércitos del Kaiser, y su tío Julius vive en Sevilla, donde tiene una fábrica de corcho.  En 1926, Klara viaja por placer a Sevilla para visitar a la familia de su tío y descubre que él se ha convertido al catolicismo. Sobre todo para no desentonar en la sociedad que le ha acogido y no reavivar en ella los sentimientos antisemitas tan arraigados en toda Europa. Klara es ya militante comunista y su visión del mundo incluye y concilia la aceptación distanciada de las costumbres y ritos del judaísmo con el evangelio de la lucha de clases marxista. Sevilla es una fuente de placer para una chica culta que se maravilla con sus iglesias góticas y sus naranjos, pero que también se emociona al contemplar la pintada de los portuarios sevillanos en huelga: Estibadores, ni un paso atrás.

Su tío Julius ha ocultado a sus propios hijos que es judío y los lleva a las procesiones de la Semana Santa para que se sientan completamente integrados en la cultura religiosa de Sevilla y nadie pueda sospechar de ellos. Klara encuentra entonces una vía de escape para conciliar tantas contradicciones: la estética. La joven alemana describe y disfruta de las Sevillas romana, mora, judía y cristiana. Se zambulle en las multitudes que caminan tras vírgenes y Cristos y teoriza sobre el sentido religioso de la existencia, la noción de culpa, de sacrificio o de resurrección. Y ante el paso que lleva a Herodes oye a un niño gritar al describir a los malos de la película, a los que vestidos a rayas acompañan a Herodes, el rey odiado: ¡Los judíos! Comprende entonces a su tío y adquiere ahora más valor la idea que ella misma expresó el día que se hicieron patentes sus diferencias:

—Bueno, tío —dije—, no diremos a nadie que somos judíos, mientras usted no le diga a nadie que soy comunista.

Klara se reafirma en sus convicciones políticas en Sevilla, pero también incorpora un rasgo indeleble a su conciencia y su actitud ante la vida: la tolerancia y su capacidad de convivir con todo tipo de gentes y culturas. De vuelta a Alemania, Klara es una mujer joven, comunista y judía, que se abre al mundo al mismo tiempo que en su país está creciendo la inhumanidad, el mal, en forma de bestia nazi. Cuando comienzan las detenciones de judíos y empiezan a caer miembros de su familia, nuestra protagonista decide volver a España, donde trabaja como asistente en un laboratorio en la Universidad de Madrid, en la Residencia de Estudiantes. Aquí vive el ocaso de la monarquía y el día luminoso de la proclamación de la Segunda República española. Describe las escenas de entusiasmo popular y los avances sociales que el nuevo gobierno trae a los españoles y cuenta cómo ella misma se va interesando e involucrando con las organizaciones que luchan por el bienestar del pueblo. Camarada Klara. Una enfermera de las Brigadas Internacionales es, en este punto del diario personal de la mujer, una equilibrada combinación entre los avatares vitales, amorosos y políticos de la protagonista y los episodios más significativos de la historia de la Segunda República que puede servir como un minucioso recordatorio para el lector que conoce la historia de este periodo del país, o como una amena lección para el que todavía no conoce lo suficiente de la misma.

De la mano de Klara llegamos al fatídico 18 de julio y con ella luchamos en las trincheras del cuartel de la Montaña donde el pueblo de Madrid logra sofocar la rebelión de los militares traidores. Formada como enfermera, la empleada universitaria no duda y aquí comienza su labor a favor de los trabajadores y soldados que defienden al pueblo de la agresión orquestada por el fascismo internacional. La conspiración de los mandos sublevados y las oligarquías españolas, con el apoyo de los recursos materiales y de las tropas de Hitler y Mussolini, tardará tres años en doblegar la resistencia del pueblo español que, abandonado por las llamadas democracias occidentales, solo recibe el apoyo lejano de la Unión Soviética y la entrega fervorosa e incondicional de miles de personas de todas partes del mundo que vienen a luchar, y en muchos casos a entregar su vida, en defensa del bien, de la libertad y de la fraternidad. Todas ellas formaron las Brigadas Internacionales. Son hombres en su mayoría, pero también mujeres que a partir de octubre de 1936 llegan a España para participar en la guerra como médicas, enfermeras, auxiliares sanitarias, conductoras de ambulancias, o encargadas de las comunicaciones y el transporte. Su apoyo fue esencial en los hospitales de campaña para salvar las vidas de los brigadistas heridos y ayudarlos en su recuperación para volver al frente.

Klara recorre como enfermera buena parte del territorio libre español y su diario es una mirada lúcida para conocer a las personas y los hechos sucedidos en la retaguardia de aquella titánica lucha. Lo acontecido en la sierra de Madrid, en Ocaña, en Albacete, donde estaba la base de las brigadas, en el país valenciano, o en Cataluña es el trasfondo de la peripecia singular de la protagonista y ayuda a comprender aquellos episodios de la guerra de resistencia. La mirada de Klara, sin embargo, no es ingenua ni está transida de idealismo cegador. Irrenunciablemente del lado del bien, de la civilización, de la humanidad, de todo lo que las brigadas representan, Klara también sufre y descubre que hay zonas oscuras o no tan limpias en determinadas personas o grupos de personas de las fuerzas republicanas. En su diario anota lo sucedido con Andreu Nin, ex dirigente de la CNT y luego del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), que fue detenido por agentes estalinistas que lo hicieron desaparecer y nunca más se supo de él. O las sospechas que entre algunos dirigentes del Partido Comunista de España levantaban algunos brigadistas internacionales por el mero hecho de ser judíos.

La evocación de estos sucesos no es casual en el diario de Klara, pues tienen ligazón con la trama narrada en él, pero no viene a justificar una reactualización estéril de la polémica entre las organizaciones, sindicatos y partidos del Frente Popular. Lo dice un personaje del libro, José Baidal, miembro del consejo municipal de Benissa y fundador de la CNT en el mismo pueblo alicantino:

“No hay nada que alegre tanto el duro corazonzuelo de Franco como ver que la izquierda lucha contra la izquierda.”

La lectura de este libro es, por tanto, triplemente enriquecedora y necesaria. Primero porque nos va a dar placer recordar o conocer la historia grande de la España republicana, pero también la pequeña, la cotidiana, la intrahistoria de las mujeres brigadistas internacionales y la labor tan abnegada y fructífera que hicieron a favor del pueblo español. Segundo, porque nos reconcilia con la parte buena de los seres humanos, porque vuelve a mostrar todo el bien, toda la entrega desinteresada y sincera que tantas personas hicieron sobre la tierra de Lorca o Miguel Hernández, de Azaña o Durruti. Y tercero porque uno vuelve a aprender en ella algo que jamás se nos debe olvidar: los enemigos del fascismo no podemos perder tiempo en discutir entre nosotros para combatirlo. En España hay hoy 52 diputados que defienden a Franco en el Congreso. Y en el país de la autora del libro 43 senadores han impedido que sea juzgado e inhabilitado el energúmeno que provocó un golpe de estado en la supuesta cuna de la democracia y que basó toda su acción de gobierno en la mentira y el odio a los desfavorecidos. Estos son tiempos urgentes de unidad y lucha. Los fascistas no distinguían entre republicanos de izquierda, socialistas, comunistas o anarquistas a la hora de fusilar en 1936. Todos éramos rojos a exterminar. La muerte de los nuestros nos une y para evitar que algo así pueda volver a suceder necesitamos la unidad. Siento que Klara Philipsborn pensaría hoy igual que yo. Por eso recomiendo la lectura de su diario. Disfrútenla y luchemos. Ni un paso atrás.


Juan Miguel León Moriche es periodista y miembro del Foro por la Memoria del Campo de Gibraltar. Ha trabajado para periódicos, agencias y revistas en varias ciudades españolas y actualmente es empleado de la Fundación Márgenes y Vínculos, institución no gubernamental especializada en la protección de la infancia y en la asistencia a las personas más vulnerables de la sociedad. Ejerce esporádicamente de guionista para el programa Hijos de Andalucía que emite Canal Sur Televisión y ha
dirigido dos documentales producidos por el Foro por la Memoria.

Un pensamiento en “Judith y las tres razones para conocer a Klara

  1. Rosa Peraita
    19 julio, 2021 a las 12:25

    Excelente crítica del Libro.

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