Grossman Revisited


Por

Y Dios le dijo a Abraham: “Mátame un hijo” Y Aby dice: “Tío, ¿me tomas el pelo? Y Dios: “No”. Aby: “¿Qué?” Dios: “Haz lo que quieras, Aby, pero Cuando volvamos a vernos más te vale huir” Y Aby dice: “¿Dónde quieres el sacrificio?” Dios dice: “Allá, en la carretera 61”

(Bob Dylan, extracto de la canción Highway 61 Revisited, grabada el 2 de agosto de 1965)

Cuando a mis colegas les comento sobre la centralidad del texto bíblico en el mundo occidental y como clave para entender la trascendencia del ser humano como ser mortal, siempre suelo levantar sospechas. Estas van desde la politoxicomania hasta el fundamentalismo. Pero he aprendido a vivir con ello. Este es un nuevo intento para poner de relieve la relevancia de la Torah, no solamente en el ámbito teológico, sino también en su profunda influencia y relevancia en la cultura occidental. He decidido empezar por Dylan, siempre hay que tenerlo en cuenta. En su Highway 61 Revisited nos muestra un ejemplo de recreación bíblica con un fuerte espíritu profano. En la literatura son muchos los autores que han bebido de las fuentes bíblicas para buscar una determinada interpretación, una nueva lectura quizás, o simplemente, inspiración. Ejemplos de ello hay cientos, solo por nombrar algunos: Hemingway, Milton, Steinbeck, Lord Byron, Dante, Mary Shelley, Calderón o Kafka. Todos ellos han utilizado las sagradas escrituras desde una perspectiva no dogmática y le han sacado buen provecho. En la literatura israelí este fenómeno está a la orden del día. Sus grandes plumas, la mayoría de ellas no religiosas, han evocado sin parar el texto bíblico. Como decía una profesora que tuve en la Universidad, la literatura israelí contemporánea es un incesante ir y venir al texto de la Torah. Nos vamos a detener en uno de los grandes escritores israelíes actuales, David Grossman, y vamos a adentrarnos en una obra maestra, “La vida entera”, que no es nada más y nada menos que una recreación moderna del sacrificio de Isaac. Si al día de hoy la televisión no ha acabado con vosotros, echadle un ojo a lo que sigue. Os puedo asegurar que os vais a quedar de piedra. En el centro de la obra encontramos dos grandes temas. Por un lado, toda una esfera dedicada al conflicto árabe-israelí, con una fuerte carga alrededor del miedo existencial de la sociedad ante el conflicto. Por otro, la vida de una familia israelí. La “épica familiar”, por así decirlo. Los matices y los detalles del ámbito doméstico son tratados de forma muy precisa, en su desarrollo, evolución y perspectiva. Toda la historia gira en torno a un personaje. Según los críticos, el mayor personaje de ficción creado por Grossman, Ora. Una mujer tierna, apasionada, con mucho carácter, divertida, dudosa e intuitiva. La novela traza los bucles y los giros de ella y su consciencia, con idas y venidas en el tiempo. Ora es una mujer de mediana edad, madre de dos hijos, Adam y Ofer, cuyo marido, Ilan la acaba de abandonar. Con Ilan fuera del hogar, Ofer que ha finalizado justo el servicio militar, es llamado de emergencia a reincorporarse al ejército para una última operación militar. Ora se encontrará así sola en su casa, perdiendo la cabeza pensando ansiosamente en la suerte de su hijo recién movilizado. Ella es consciente de que en cualquier momento pueden llamar a su puerta los servicios estatales para comunicarla la noticia del fallecimiento de su hijo en combate. Esa imagen crea una obsesión y un miedo en ella sin parangón. Quiere evitar por cualquier medio que eso ocurra, no quiere formar parte de ese teatro, tantas veces vivido por las familias israelíes. De esta forma, Ora decidirá contactar un viejo amante, Avram (de hecho, padre biológico de Ofer), el cual fue hecho prisionero en la guerra de Yom Kippur por las fuerzas egipcias. Esa experiencia, su cautiverio en Egipto, marcó para siempre su vida. A su vuelta a Israel se siente destrozado anímicamente, todo ha dejado de tener sentido para él. Ora y Avram deciden iniciar un viaje, una especie de excursión senderista por las tierras de Galilea, sin rumbo fijo y sin tiempo determinado. De hecho, este es el corazón de la novela. Grossman gusta de definirla como una novela “walkie-talkie”, de hecho. Durante 400 páginas sus dos protagonistas caminan y hablan (básicamente Ora habla y Avram escucha). En esas conversaciones, Ora lleva a Avram a escenas detalladas perfectamente de su vida pasada, abarcando toda una vida (de ahí el título) y también la historia de Israel ante las guerras. An Israeli soldier places a national flag on grave of a fallen comrade in Jerusalem Cabe destacar el lenguaje, que posee una lírica profunda, y la formidable creación y complejidad de los personajes, hecho que permitirá conectar al lector con las andanzas de sus protagonistas de forma sin igual.

Sobre el autor.

David Grossman nació en Jerusalem en 1954. Hijo de Itzhak Grossman, un conductor de autobuses nacido en Austria, y de Michaela, jerosolomitana de ascendencia polaca. El joven David creció en una Jerusalem y en un Israel con un marcado carácter de trabajo colectivo, héroes militares, donde la autoridad era reverenciada. El Holocausto era una cuestión marcada a fuego en su familia. En la Segunda Guerra Mundial, padre y madre vieron borrado gran parte de su legado familiar. Después de terminar su servicio militar, Grossman se licenció en Teatro y Filosofía por la Universidad Hebrea. Su carrera como escritor se inició en los años 80’s convirtiéndose a finales de esa misma década en uno de los máximos representantes de la literatura israelí contemporánea. En su haber guarda gran cantidad de premios literarios y una gran proyección internacional. Sus novelas han sido traducidas a más de 30 idiomas. Igualmente destaca su rol como activista en defensa de la paz. Junto a su colega Amos Oz, se ha erigido como partidario de la solución de los dos estados en el conflicto árabe-israelí y ha sido muy crítico con la política llevada a cabo en los territorios ocupados. En el año 2006, cuando estaba finalizando su novela “La vida entera” perdió uno de sus hijos, Uri. Cabe destacar para nuestros análisis un dato más. A pesar de ser una persona que se considera a sí mismo de izquierdas y ateo, Grossman todas las semanas (durante los últimos 20 años) ha estudiado Biblia junto a dos amistades bastante particulares. Una poetisa diametralmente opuesta a su punto de vista político frente al conflicto, y un filósofo del talmud, religioso y profundamente observante.

“La vida entera” y el sacrificio de Isaac.

La novela de David Grossman “La vida entera” fue un best-seller en Israel. A pesar de haber cosechado algunas duras críticas, en general, ha sido considerada una obra maestra por la complejidad en su narrativa a la hora de tratar gran cantidad de temas clave para el imaginario colectivo israelí. Sociedad, humanidad, política o familia son algunos de los grandes temas que se dan cita en esta novela. Si bien el estilo de Grossman se podría enmarcar perfectamente en el canon nacional israelí actual (junto a Amos Oz, A.B. Yehoshua, Aharon Appelfeld, Yoram Kaniuk…) en este caso particular se dan circunstancias un tanto alejadas de estas directrices generales de la narrativa actual israelí. El tipo de lenguaje utilizado, junto a las circunstancias personales y políticas, han dado pie a aproximarse a la novela desde un prisma fuertemente emocional, desgarrador. En “la vida entera”, Grossman personifica la conexión entre la identidad nacional israelí y la muerte, desde el punto de vista más duro, el del autor, el del padre que pierde a su hijo, a través de su protagonista principal, la madre de familia, Ora. En un principio, todo aquel que se sumerja en la lectura de la novela  sabe, aparentemente, a lo que se enfrenta. A pesar de que las expectativas están bien definidas, más allá de la realidad exterior, destaca la sensación de dolor y terror a partir de la asumida muerte de uno de los personajes que irá in crescendo. Como otros intelectuales israelíes, Grossman dirige su crítica interior en forma de reprimenda profética a la sociedad israelí. Su descripción del pueblo judío en Israel se ajusta al personaje de Avram, protagonista masculino de la novela. La novela invita a una clara lectura alegórica. El patriarca Abraham y el mito del sacrificio de Isaac. Avram, personificación de la sociedad israelí judía, sufre un estado de shock. En un pasado, era una persona creativa, imaginativa, pero sacrifica su vida al haber estado encarcelado en Egipto por causas ajenas a él. En el presente, ya liberado en Israel, Avram no puede seguir viviendo una vida normal. Ve la muerte en todos lados. Si bien ha sobrevivido al pasado, físicamente, emocionalmente está destrozado. Aquí podríamos ver una parábola, no demasiado forzada, entre esta cautividad en Egipto y el sufrimiento del pueblo judío en la diáspora o la agresión árabe contemporánea. La novela inicia su viaje en medio de un paisaje apocalíptico durante la guerra del los Seis Días en 1967. Tres adolescentes, Ora, Avram e Ilan, se encuentran abandonados como enfermos contagiosos en un hospital, a cargo de una enfermera árabe mientras fuera se desata la guerra. Los jóvenes temerosos y enfermos forjan mediante sus conversaciones una amistad perenne, compartiendo sus recuerdos más personales sobre los tiempos pasados. La descripción del miedo a la guerra, eje en esta primera parte de la novela, puede que no refleje solamente el estado mental israelí durante y, sobre todo, previamente, a la guerra del 67. Tal como se describe en la novela, también constituye el miedo a la muerte y la existencial ansiedad nacional, característica también de la identidad judía israelí. La elección de Ora como protagonista ha sido vista como un intento de despertar a una nación de su letargo. Es la mujer israelí quién representa la posibilidad de seguir viviendo y experimentando. Grossman busca liberar a Israel de su cautiverio social y político a través del mundo familiar que crea para su protagonista, Ora. Todo alrededor de ella se mueve, se centra así en los aspectos más íntimos y personales para llenar de vida el personaje. Se tratará el parto, el contacto físico, la amistad, la contemplación o el sexo. Su marca será la de salvar la prevista muerte de su hijo Ofer y volver a dar vida a un destrozado Avram. La grandiosidad del personaje de Ora es sin igual. Por un lado, vemos como se erige en salvadora. Pero atención, también guarda en ella un sentimiento de pecado, por partida doble, además, en forma de sacrificio. En primer lugar, ha sacrificado a Avram eligiendo a Ilan como marido. En segundo lugar, ha sacrificado a su hijo Ofer entregándolo al ejército y a la guerra. Por ello, gran parte de la novela estará centrada en un episodio concreto, el deambular de Ora y Avram por la tierra de Israel en una especie de macro-excursión senderista. De esta forma, ella intentará rehacerse de sus pecados. Por un lado, a través de la conversación y la intimidad dando vida a Avram. Por otro, atemorizada por la llegada de los funcionarios del ejército a su casa para comunicar la supuesta muerte de su hijo Ofer, evadiéndose de su hogar escapándose de esa insoportable visión. En el transcurso de sus andanzas en pareja por la Galilea, sin rumbo fijo y sin estar conectados a las noticias referentes a la guerra, matan el tiempo, charlan, recuerdan el pasado, pero también ahondan también en cómo la guerra y el conflicto con los árabes ha trillado la consciencia de un país entero. En este sentido, la forma de despertar a Avram (la sociedad israelí) de su letargo no será solamente a través del dialogo y la conversación, sino también a través de este viaje por la tierra prometida al Abraham bíblico. Se establece así una conexión entre la Tierra de Israel, la identidad nacional judía y la muerte. El lazo entre la tierra, el país y la sociedad está hecho de sangre y muerte. Este lazo es expresado narrativamente a través del viaje de Ora y Avram al toparse constantemente con monumentos dedicados a los soldados caídos, que naturalmente recuerdan una de las razones del viaje, la ansiedad en relación a la muerte de Ofer. MIDEAST-ISRAEL-SOLDIERS MEMORIAL DAY Esta línea narrativa, la conexión entre la tierra y la muerte, pone de manifiesto una máxima muy presente en el nacionalismo israelí de todos los tiempos. El precio por la tierra será elevado, y es un precio que hay que pagar con tal de salvaguardar la existencia física de la nación. Pero esta conexión va más allá al enfrentarla un gran mito recurrente del imaginario socio-político israelí: El sacrificio de Isaac. Tanto en la literatura como en otras manifestaciones culturales, el sacrificio de Isaac siempre ha sido un referente en Israel. El uso del sacrificio por Grossman en este sentido se enmarca en un contexto político bien definido. La conexión entre la experiencia del Abraham bíblico y la muerte de los soldados caídos en defensa del estado de Israel. Este recurso es ciertamente obvio al llamar al padre “Avram” y al hijo “Ofer”. Para algunos, demasiado obvio, incluso. Pero el escritor va más allá, ya que de alguna forma da a entender que el hecho del sacrificio es inevitable en el contexto nacional israelí. El uso de este mito en relación a las cuestiones derivadas de la identidad y la conexión entre territorio y nación constituye la explicación y la justificación de una idea sobradamente aceptada en el imaginario colectivo de Israel: El poder soberano protege la vida de sus ciudadanos. Por su parte, los ciudadanos deben estar preparados para entregar su vida en defensa del estado. Sin embargo, las implicaciones que emanan de la novela en el uso del sacrificio de Isaac van más allá de la típica relación entre estado y ciudadanía. En este caso, se trata la particularidad de la soberanía judía en el territorio. En la narración bíblica, la conexión entre Dios y Abraham está basada puramente en la fe. De hecho, la vida de Abraham en ese momento no se encuentra bajo peligro, ni él, ni su casa, ni su futuro. Si Abraham hubiese tenido una razón, al menos, para sacrificar a su hijo, quizás nos cuestionaríamos menos su actitud determinante a la hora de ir a sacrificar a su hijo. Esa es la esencia de su prueba, pura fe. Cumplir algo porque Dios lo ordena, no por un castigo, no como condición para nada, no para prevenir algo, ni siquiera. La adopción de esta narración como mito nacional tampoco parecería ser tan evidente. La analogía entre el sacrificio de Isaac y el servicio obligatorio militar en Israel y servir en unidades de combate, o el sacrificio y el hecho de que Israel esté rodeada de enemigos y deba defenderse podría ajustarse mucho mejor a otras narraciones bíblicas, como la de David y Goliat. David desea sacrificar su vida por el bien general, frente a un enemigo nacional y una amenaza al territorio. Él se voluntariza no solo por una cuestión de fe, también por lealtad a su colectivo, al poder nacional. De hecho, la historia bíblica básicamente lo que prima es colocar el bien común frente a su familia. David va a la ayuda de Saúl más allá del deseo contrario de su hermano, y también el de su padre, Jesé. Pero aquí es donde estriba la diferencia. Este sacrificio, el personal, es menos dramático, menos sublime que la imagen de un padre o una madre ofreciendo la vida de aquello que más quiere, especialmente cuando no hay un claro peligro que justifique la ofrenda. Por supuesto, los mitos relacionados con el sacrificio y la lealtad no escasean. Pero no tiene la fuerza moral y emocional comparable al sacrificio de “otro” con tus propias manos, cortando así tu propia línea de descendencia. Aquí están muy presentes los sentimientos de culpa y angustia, incluso cuando Dios provee una víctima alternativa al sacrificio. No solo he entregado a mi hijo con tal fin, sino que he deseado hacerlo. En el mito de Abraham e Isaac, a diferencia del mito de David y Goliat, no hay resistencia ante la acción, ni de Abraham, ni del propio Isaac. Por ello, esta escena bíblica difiere de tantas otras en este aspecto clave. Tanto Abraham, en otras situaciones, como otras figuras centrales protestan ante Dios o sus mensajeros. Ya sea por injusticia moral o por no entendimiento en general. Aquí no, el premio por el sacrificio será la descendencia y el territorio. La historia del sacrificio de Isaac guarda una cuestión fundamental acerca del carácter político del nacionalismo israelí. El sacrificio ciego por el bien de la supervivencia y la continuidad de la nación en el territorio dará al “padre” una recompensa substancial por su devoción:

Gen 15:7 “Y le dijo: Yo soy el Eterno, que te saqué de Ur de los caldeos para darte esta tierra para heredarla”. Gen 15:18 “En aquel día hizo el Eterno con Avram un pacto, diciendo: A tu descendencia daré esta tierra desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Perat”. Gen 17:8 “Y daré a ti y a tu descendencia después de ti, la tierra de tus peregrinaciones, toda la tierra de Canaán para posesión perpetua; y seré el Dios de ellos”.

Todas ellas son promesas hechas a Abraham antes del sacrificio. Y él no duda del poder divino, ha visto como ha acabado con sus enemigos, ha destruido Sodoma, y sobre todo, ha dado vida a su hijo, Isaac. Grossman irá un poco más allá esta vez. Toda la fuerza emotiva y el drama que supone el hecho del sacrificio se agrava al intercambiar los roles del padre y la madre. De Abraham a Sarah, de Avram a Ora. En la novela, el resultado de esta transposición carga de tragedia aún más la narración. De esta forma, además, consigue una total conexión con un aspecto. El papel de la madre judía es casi tan exagerado como el de la madre italiana: Sobreprotectora, todopoderosa, se desvive por sus hijos y por la familia al precio que sea. ¿Cómo el lector no se va a identificar por el dolor de esta madre ante su hijo? De esta forma, Grossman se asegura una total identificación con la madre (Ora) y su público lector. Las penas y alegrías de Ora serán perfectamente construidas en un juego que balanceará pecado y castigo. Su vida, descrita minuciosamente y al detalle, atravesará las más diferentes experiencias las cuales son relatadas de tal forma que es fácil imaginarlo. Ora y el sexo, Ora y la maternidad, Ora y el cuidado de los niños, Ora y la soledad, Ora y el amor, Ora y el desamor. Todo son piezas que conforman este personaje colosal. Su pecado, haber sido ella quien llevará a su propio hijo al altar. Su castigo, el sentimiento de culpa, agravado por ser ella la madre. De esta forma, Grossman no solo consigue una lectura alegórica del pasaje bíblico, sino que juega, lo reinterpreta y nos desafía a una nueva lectura. Cabe destacar en este sentido un hecho remarcable. Por lo que he podido leer, en ninguna crítica fuera de Israel la cuestión de la reinterpretación bíblica es tomada en consideración. La mayoría de ellas están centradas en la grandiosidad del personaje central, Ora, y la magistral forma en que realidad, fantasía e ilusión marcan la narración. Se apuntan el conflicto desde una perspectiva diferente, focalizando este, además de en su complejidad, en la tensión que produce no solamente en los actores involucrados directamente, sino en toda la sociedad. Igualmente se elogia la reflexión sobre la vida, de clara tendencia pesimista. Esta cuestión, de la múltiple lectura dependiendo en donde nos encontremos, parece ser una constante en mucha literatura israelí contemporánea. Diferentes grados de interpretación que nos ofrecen, conscientemente, sus escritores que parecen dirigirse con un mismo texto a diferentes públicos con mensajes claramente diferentes.

La novela y la realidad paralela.

En el momento en que David Grossman empieza a escribir “La vida entera”, su hijo mediano, Uri, estaba a punto de empezar el servicio militar obligatorio en el ejército israelí. Su hijo mayor, Jonathan, justo acaba de finalizarlo. De alguna forma, Grossman sentía que estaba acompañando a Uri mientras él estuviera en el ejército escribiendo esta novela. Como su personaje, Ora, se zambulle en un pensamiento semi-mágico, a partir del cual, la escritura proveería a Uri de una cierta protección. Para poder documentarse, el autor inició un viaje de quince días por la Galilea, que luego se convertiría en el escenario y el paisaje que recorrerán juntos Ora y Avram. Durante su viaje, su mujer Michal lo acompañó en algunos tramos. Descansó en pequeños pueblos para anotar durante la noche todo aquello que había visto y que luego será descrito en la novela: Los árboles, plantas y flores de la Galilea; los pastores; las aldeas árabes; los moshavim y los kibutzim… Durante su ruta, recibía mensajes de texto de su hijo Uri, que servía principalmente en los territorios ocupados. Entre su tareas, el control de los checkpoints y patrullar las fronteras. En julio de 2006, la novela estaba casi finalizada. La situación de tensión en la frontera norte con el Líbano se agravaba de forma insospechada. Milicianos del movimiento chiíta Hezbollah atacan disparando misiles sobre la frontera matando a tres soldados, además, en una operación paralela, secuestran dos soldados. Grossman, como la mayoría de sus conciudadanos, defiende el derecho de Israel a defenderse. Durante las semanas siguientes, en lo que se conocerá como la segunda Guerra del Líbano, el autor viajará al norte para leer cuentos a los niños confinados en los refugios anti-bombas. El 10 de agosto, después de un mes de destrucción, Grossman, Oz y Yehoshua llevan a cabo una conferencia de prensa en Tel Aviv. En ella, instan al gobierno de Olmert a aceptar un alto el fuego bajo el amparo de las Naciones Unidas, advirtiendo contra la ilusión de que Hizbollah podía sucumbir ante las incursiones, cada vez más profundas en el territorio libanés, del ejército israelí. “Hezbolllah desea que entremos más y más al territorio libanés”, declara Grossman. “El escenario desastroso puede ser prevenido en este momento todavía”. No menciona que su hijo, Uri, ha sido movilizado a una unidad blindada y que se encuentra en ese momento en medio de la batalla. El viernes siguiente, Uri llamó a casa alegre por haber escuchado la noticia de un posible cese de fuego, prometiendo a su hermana pequeña, Ruthi, que estaría en casa para la próxima cena de Shabbat. Olmert, por su parte, hace caso omiso a la demanda de alto al fuego. Por el momento, el combate seguiría el fin de semana. A las 2:40 de la mañana del domingo 13 de agosto, suena el timbre en casa de los Grossman. Por el interfono una voz dice: “Del departamento de estado”. Mientras Grossman camina hacia la puerta piensa para sus adentros, “esto es todo, nuestra vida se acabó”. Uri había muerto el sábado a la noche, junto al resto de su unidad, cuando su tanque recibió el impacto de un mísil de Hizbollah en el pueblo libanés de Hirbet K’seif. La guerra vivía sus últimas horas, el lunes el alto el fuego se hace efectivo. Uri iba a cumplir en dos semanas 21 años, en tres meses hubiera terminado el servicio militar. Durante la semana de duelo, la shivá, los Grossman reciben en su casa a familiares y amigos. Entre ellos, Oz y Yehoshua. Grossman confesó a Oz, “Tengo mucho miedo, no se si podré continuar, no creo que sea capaz de terminar la novela”. Oz le respondió “La novela te salvará a ti”. Mientras que Yehoshua dijo “No cambies el libro. Es algo orgánico. Sigue adelante y nuevos elementos entrarán, permite que lo hagan”. En menos de un año, la novela estaba finalizada.

Un pensamiento en “Grossman Revisited

  1. Pau Comes
    22 febrero, 2019 a las 21:06

    Leeré la novela.
    Me parece que mito, vida y novela se entrelazan. <
    Me interesan los tgres
    Te contaré.

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