La Trampa


Por

…Entonces una serpiente que no podía ser hechizada
Hizo su nido en las raíces del árbol huluppu.
El ave Anzu puso a sus pequeños en las ramas del árbol.
Y la obscura doncella Lilith hizo su hogar en el tronco.

           – “El árbol Huluppu”, Gilgamesh XII

 … ash is no translation of fire

George Steiner

 

Las hojas del libro desenvainaban una luz falsa a raíz de la fricción incesante. Casi podría decirse que prenderían fuego. Era, sin duda, lumbre lo que buscaba provocar, pero no un fuego físico del objeto, sino uno interior, uno que lo incendiara hasta acabar con esa ansiedad apremiante, heredada de aquellas historias inventadas para tapar culpas, asesinatos y agujeros en el cuerpo del tiempo.

Había recaído sobre una página dolorosa: un hombre exagerado colgaba, atado de un mástil en forma equistencial; a su lado, se dolían otros dos hombres similares, menos culpables; la inocencia les comía la lengua. Porqué me has abandonado, decía, dirigiéndose a un cielo que brillaba con luz infinitamente apática. A su lado, sobre el terruño, hombres blasfemaban contra su nombre. A otro costado, mujeres de blanco y púrpura tomaban nota sobre lienzo de los silencios que dejaba caer el torturado sobre la tierra húmeda del mes de la recolección.

El color de sus vestimentas mitigó en él el dolor de la fricción incesante que ya comenzaba a herir su piel, a marcarlo con intención circuncisa. Reconoció entonces un goce creciente: la lectura despertaba la conciencia de su propia relación con la historia, su cuerpo en el libro; el libro envolviendo el territorio erecto de su presencia.

Tuvo que detenerse un instante; el calor sofocaba. Liberó una de sus manos y abrió con agilidad la ventana de su buhardilla. Un aire de nuevo otoño se inmiscuyó en la habitación y recorrió las estanterías repetidas de tapas monótonas. Se acercaba algo nuevo, el tiempo se replegaba. Retomó la labor con esperanza de alcanzar la revelación. Resultaba difícil leer en esas circunstancias. De todos modos, no era ése el objetivo. Había que prender fuego, había que deshacerse del dolor, del frío, de la memoria y del insomnio.

Gritaba el hombre su nombre; aullaba el propio y el de otros. Le daba nombre al cielo, a la materia invisible, a un futuro que nunca visitaría. El escribidor romano apuntaba frenético, palabra por palabra; empero traducía a un alfabeto sin dimensiones. No importaba si faltaba una sílaba, una interjección; se perdería de todos modos la significancia. Corregiría, eventualmente, las blasfemias, llenaría con tinta las elipsis, tacharía los doblesentidos, borraría todas, todas las preguntas. Se haría orden. El texto no pasaría a ser sino la huella de una impostura prescripta por ley y por violencia.

Corría el riesgo de sangrar, manchar el libro. El cuerpo no está hecho sino para la caricia y la libertad. No gusta de fuerzas y cortes. Sangra con dolor. El miembro de su pena se erigía ahora con tal decisión suicida que las páginas del libro comenzaron a despegarse, a crujir violentamente, a rasgarse recortando palabras y relatos. Saltaba Magdalena, se quebraba Juan, se desgarraba Lucas. La primera parte del libro todavía estaba intacta. Imágenes desopilantes poblaban ahora su imaginación. Un tal Judas abría grande su boca, escupía José sobre el cuerpo de su madre, arrebataba el apóstol la sangre trasera del otro. Su miembro deliraba hasta la codicia. Deseaba más imágenes, más vino en la sangre, más historias crepitantes. El cuerpo y el libro se ataban ahora hasta destrozarse, el uno al otro, el uno dentro del otro. Ya se desollaba, no habría reconstitución. ¿Qué miembro sobrevive al fuego? ¿Qué tatuajes perduran en el desorden de la carne?

La lectura era ya un imposible. Había asimilado, sin embargo, los golpes, las figuras y las muertes. La lectura se inscribía en su materia mientras se deshojaban las páginas de la impostura. Miraba ahora hacia arriba, pero no rezaba; su respiración agitada, su voz ronca y enceguecida, su culpa satánica encendida prometían ya un horizonte. Era ahora la contratapa la que sujetaba su miembro contra el muro que imponía el lamento de otra historia mucho más antigua. Acababa allí su memoria, se olvidaba del inicio de su pena, pero ardía y sulfuraba su miembro viril y destructor. Saltó de sí una materia blanca, una fibra plástica que taparía con ciernes las últimas palabras expulsadas para siempre de su pequeño paraíso infernal.

Su grito coincidió con la caída del libro, abierto en una página inicial que desconocía, maltraducía: En un principio… Supo que su flagelo representaba el fin de la historia. Afuera, una nueva luz violácea se anunciaba.

Detrás de cada atardecer nace un lucero que encandila. Muy pronto acudiría la plaga.

 


Cynthia Gabbay es poeta, escritora e investigadora en Letras. Nacida en Buenos Aires en 1978, residió también en Santiago de Chile, Jerusalén y Madrid. Actualmente vive en Berlín. Ganadora del premio de poesía uruguayo María Eugenia Vaz Ferreira 2006 con su obra Ardientes palabras esdrújulas solísimas, ha publicado poesía, relato y ensayo en varios idiomas, en alguno de ellos, bajo seudónimo. Políglota, su atención se pronuncia en la devoción por el lenguaje, las lenguas, los acentos y los ritmos. Su poética explora los límites políticos de la palabra erótica, experimenta con el espacio escritural y la tinta, acude al silencio por ser refugio y hogar de la poesía.

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