Fuera de Campo / Contracampo


Por

William Kentridge. Lo que no está dibujado
Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB)
9 de octubre de 2020 – 21 de febrero de 2021

Seis. Kentridge
“Recuerda que eres un artista, no un intelectual […] evita una exhibición de ignorancia de seis horas”, se advierte William Kentridge a sí mismo al principio de Seis lecciones de dibujo (2017/2018, p.17), el libro de las conferencias que impartió en la Universidad de Harvard en 2012. Para mí, el comienzo de este artículo es igual: no soy escritora, soy una pintora que escribe un artículo sobre la exposición “Lo que no está dibujado”, del propio Kentridge, en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona.

En mi sexta visita a la exposición, entro por el final y lo primero que veo son las últimas películas. Me sorprendo descubriendo detalles en las animaciones que no creo haber visto antes: las asociaciones de ideas son nuevas, la cronología (de la historia de Sudáfrica, resumida al principio de la exposición para situar las piezas de Kentridge), y la línea del tiempo (en cada película, en el conjunto) se desvanecen, no hay eventos que situar, sino capas de amnesias y recuerdos que rehacen lo ya visto como si fuera la primera vez. El lenguaje de Kentridge y sus referentes visuales (históricos) conforman un libro abierto para el público, una suerte de Rayuela (Julio Cortázar, 1963/1989) que puede leerse de infinitas maneras.

William Kentridge nació en una familia judía, blanca y privilegiada de Johannesburgo. Se convirtió en artista a través de una serie de fracasos con los que consiguió conectar y combinar sus intereses e inquietudes en su expresión técnica y narrativa actual como actor, pintor, cineasta y animador autodidacta. Su vertiente comprometidamente política proviene de unos padres activistas: su padre fue el abogado de Nelson Mandela y Desmond Tutu, su madre defendía a los negros gratuitamente durante el apartheid (Zabalbeascoa, 2018), y su vida se desarrolló en medio del racismo, las desigualdades, y sus contradicciones y paradojas.

Cinco. Exposición
Da la sensación de que la obra de William Kentridge pretende sanar las heridas de un territorio arrasado que carga con el peso de una injusticia social irreparable: el saqueo, dentro y fuera. Una tierra en la que los recursos no están justamente repartidos y por tanto no alcanzan nunca para todos, una tierra saturada de recuerdos en presente. Una herida abierta, una tierra abierta en la que se busca el último mendrugo de oro en medio de la incertidumbre y la ambigüedad.

La exposición Lo que no está dibujado consta de 11 animaciones, Drawings for projection, realizadas entre 1989 y 2020 (de hecho, en el montaje se estrena por primera vez fuera de Sudáfrica su última pieza, City Deep, de 2020); siete grandes dibujos que hacen referencia al proceso de elaboración de las animaciones; y nueve tapices de gran formato, hechos en el taller de tejedoras de Johannesburgo de Margaret Stevens a partir de dibujos pequeños que se transforman en piezas enormes y significativamente movibles. La segmentación en los tapices, píxeles ancestrales, tejidos contemporáneos, los convierte, entre las películas, en proyecciones congeladas que se pueden (des)plegar, de modo que el material (y su elaboración comunitaria) funde técnica y narrativa sobre cartografías imposibles.

Cuatro. Proceso
Dibujar y borrar. Redibujar. Técnica/proceso. Stop motion de dibujos hechos con carboncillo, lápiz de color y pastel. Kentridge nos permite ver las sombras que dejan los dibujos cuando los borra, el papel levantado, los restos de la goma de borrar, el fantasma, el rastro colectivo, donde el acto de borrar (técnica) equivale a transformar (proceso) y reflejar (re-construir) la memoria en su dinámica de revisión permanente (narrativa). El proceso revela así sus heridas, los rastros fantasmagóricos de la imagen en movimiento, y enfatiza la condición artesanal de un cine (que se antoja) primitivo porque nos permite contemplar la textura de sus materiales primarios, el carboncillo, el lápiz, el pastel.

Para cada animación se necesita una gran cantidad de dibujos sobre los que Kentridge interviene, modificándolos constantemente. Todos ellos, en conjunto, conforman una obra en proceso, y este proceso es la obra en sí: cada dibujo podría ser independiente, pero al estar íntimamente unido a los que lo preceden y suceden, nos adentra en una narración en (re)edición perpetua. Las imágenes se hacen polisémicas (aún más, si cabe) cuando se repiten en contextos diferentes, al tiempo que constituyen un puente hacia la autoconciencia (del proceso sin fin). Son enlaces entre las partes innumerables de una historia sin certezas: incertidumbre en la que se (re)dibujan las conexiones entre las partes de un paisaje inestable, como Johannesburgo, “una ciudad que es una animación en sí misma, que se borra y se rehace a ella misma”, en palabras del propio Kentridge (citado en Parellada, 2020).

Cabe identificar una carga expresionista en la descripción del depredador capitalista y, sin embargo, Kentridge construye una mirada híbrida y transversal en la que él mismo es la base del retrato del hombre blanco sudafricano. Nos cuenta su historia (alter egos) en sus contextos: “Como no soy novelista, no tengo la capacidad de imaginarme a mí mismo en el pensar y sentir de otra gente. La perspectiva de las animaciones es básicamente la mía”, dice el propio Kentridge (citado en Parellada, 2020).

Tres. Taller
Las películas nos permiten entrar en el espacio de su taller, en el proceso que tiene lugar en su cabeza. Observar, pensar y crear entre paseos y encuentros, donde todo está hecho a mano (con las manos), una obra que es espejo de su/nuestro pensamiento. Da vueltas, camina alrededor, mientras el dibujo (lo) mira y facilita momentos de reconocimiento mutuo, compartiendo la complicidad de un crítico avergonzado mediante diálogos ilimitados entre el autor y los espectadores (Kentridge, 2017/2018).

Obra/proceso. El artista se cuestiona y este cuestionamiento nace en el taller, el lugar desde donde comparte su proceso de creación a lo largo del tiempo. En la exposición vemos (tan solo) un fragmento de su trabajo que, sin embargo, es suficiente para contemplar y entender a Kentridge. El sujeto artista y crítico de la obra son parte del trabajo en sí mismo: sus personajes, Soho Eckstein y Felix Teitelbaum (él mismo, Kentridge) son la proyección de una pregunta en la que no se juzga, porque admite que, como ser humano, también es capaz de cometer atrocidades. Reflejo en otros, a pesar de no quererlo: yo (autor, espectador) también soy parte de un esquema en el que soy capaz de perpetrar injusticias (cartografías, paisajes de la explotación y de la crueldad), soy ambas partes, fantasma de la culpa (no juzgada, porque no se interpreta, sino cuya representación surge del/en el propio acto de la creación; Kentridge, 2020).

Dos. Duda
William Kentridge comparte el derecho a aceptar nuestras desavenencias e indiferencias, la provisionalidad y la incertidumbre. La certeza y el autoritarismo, dice Kentridge en el vídeo de la entrevista al final de la exposición, son armas peligrosas que se defienden con la violencia que siempre va asociada a la amnesia (histórica).

El proceso creativo es un camino de dudas por resolver y replantear, y por eso Kentridge no trabaja sobre planes o estrategias preestablecidas, sino que se abandona directamente al encuentro con la transformación para construir un proceso de intenso cuestionamiento. Formular preguntas, porque no es posible tener certezas, de manera que la ambigüedad (de nuevo, la provisionalidad y la incertidumbre) es una herramienta primordial. Contradicciones, gestos incompletos y finales inciertos. Proceso continuo de desmantelamiento y (re)invención.

Cada obra es fantasma (duda) de la anterior (y de sí misma, en el proceso), cada dibujo en movimiento (dibujado y borrado y redibujado) es fantasma (duda) de sí mismo. Invitaciones a viajar por las cartografías imposibles (las técnicas y las narrativas).

Uno. Distancia
La distancia es necesaria para ver (observar, contemplar, apreciar) la desigualdad, la no pertenencia, la exclusión. Separación, con nosotros, y no la vemos. Para poder ver un dibujo con todo detalle, su textura, su elaboración, es necesario acercarse a mirar. Para poder ver la totalidad (semántica, sintáctica) de las animaciones en stop motion de William Kentridge, es necesario alejarse, generar una distancia física, temporal, material, dinámica, como los dibujos, que se mueven. Los motivos (lugares, personajes, objetos, personajes-objetos, sombras, líneas…) de las películas saltan (de, entre, con) cada propuesta, se conectan a través de los guiones que finalmente construimos todos, individualmente y en conjunto, en el acto sin fin que transcurre entre el taller y la exposición.

William Kentridge no quiere mudarse de Sudáfrica, no quiere distancia (física) con su fuente de trabajo (su vida), porque es el alimento para retratar (pensar, narrar) una Desgracia (Coetzee, 1999/2003) que no es solo local, sino global, por muy particular que en un contexto concreto pueda parecer el racismo y su carga de crueldad y violencia.

Prólogo. Lo que no está dibujado
Al final del recorrido de la muestra, nos encontramos (en otra sala, en otro piso) con More Sweetly Play the Dance (2015), una procesión en la que se funden dibujos (paisajes, instrumentos, objetos-personajes), animaciones y personas de carne y hueso, con la música que los/nos acompaña (amplificada por megáfonos en silencio) a través de ocho paneles dispuestos en un largo pasillo que alberga la pieza como si se tratara de una celebración medieval. Así, sin refugio posible, compartimos, en el fuera de campo, y como contracampo, el deambular desamparado, el tránsito de un lugar a otro, inciertos, en un bucle interminable.

Desde el espacio intermedio entre la luz del dibujo de fondo y las siluetas en movimiento, entre la luz del reflejo de la proyección en la sala y nuestras propias sombras, desde Goya (Peregrinación a la fuente de San Isidro o El Santo Oficio, 1819-1823; como ocurre también con Duelo a garrotazos, 1819-1823 en Drawings for projection) y desde Platón (Kentridge 2017/2018; Costa, 2020), a través de la historia, y fundiendo el teatro, la danza y el cine con sus dibujos, Kentridge nos propone una procesión que tiene lugar en un paisaje a la vez devastado y lleno a la vez de heridas ambulantes, un espacio-tiempo-movimiento múltiple de sutil y ambiguo cuestionamiento.

Fotografía por Sandra Guiloff

Referencias

– Coetzee, J.M. (1999/2003). Desgracia. Barcelona: Mondadori.
– Cortázar, Julio (1963/1989). Rayuela. Madrid: Cátedra.
– Costa, Jordi (2020). De cuevas y sibilas. Cinco caminos para acercarse a William Kentridge. Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, https://www.cccb.org/es/exposiciones/guia/william-kentridge/232743
– Kentridge, William (2017/2018). Seis lecciones de dibujo. Buenos Aires: El Hilo de Ariadna.
– Kentridge, William (2020). Perseus and Sibyl. Vídeo.
– Parellada, Gemma (2020). William Kentridge: «“Soy un campesino que no quiere abandonar su pueblo”». Babelia, El País, 3 de octubre de 2020, https://elpais.com/cultura/2020/10/02/babelia/1601659395_686769.html
– Zabalbeascoa, Anatxu (2018). «William Kentridge: “Hay que tomarse en serio el absurdo”». El País Semanal, 1 de enero de 2018, https://elpais.com/elpais/2017/12/26/eps/1514287197_612651.html


Sandra Guiloff (Santiago de Chile, 1968) es licenciada en Bellas Artes (mención pintura, Universidad Católica de Chile, 1992) y tiene un Máster en Bellas Artes (mención pintura, American University, Washington, DC, 2002). Como pintora, ha realizado más de treinta exposiciones (individuales y colectivas) en Chile, España y Estados Unidos. Al mismo tiempo, como docente, ha impartido clases de arte en diversos formatos desde el año 1989. Actualmente, y desde 2011, es profesora de arte en el Colegio Hatikva de Barcelona.

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