Escriturienta: Parábola del habla viva


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Este cuento fue previamente publicado en el libro Rouge (Córdoba: Babel Editorial, 2012), pp. 133-136.

Esther, la curandera, conocía bien los secretos de las cosas judías: es que solo una bruja judía está en condiciones de eficiencia en asuntos rituales de vida y muerte. Ella sabía hacer recuperar el habla: La del tío Elías que había llegado de Damasco, soltero, con un olor insoportable a creolina, con la lengua inútil guardada en su cara de cera y el deletreo suspendido en los labios enormes como brotes remontando las comisuras. Elías había sabido hablar hasta que cumplió los dieciséis, cuando al quedar huérfano y pobre fue llevado al Templo para ocuparlo en labores del rito mortuorio.

La tía Dora lo había acompañado a la consulta; después de todo, él iba a ser su marido. Yo también había ido con ellos. Pero Esther nos hizo salir del cuarto. Como la sanación es sin testigos Elías tenía que entrar solo. En todo caso vuelvan luego, dijo, ya van a ver que lo saco hablando. Nosotras nos quedamos en el umbral, tratando de escuchar y de adivinar lo que pasaba del otro lado de la puerta, pero apenas si se oían murmullos y toses. Estábamos nerviosas, imaginando los esmeros de Elías en su lenguaje de señas. Se oía el ir y venir junto a una cascada de sonidos como el gotear del agua, choques de loza, raspaduras, mientras aguzábamos el oído contra la puerta, el ojo contra el hueco de la cerradura, el corazón desbocado y reventando de impaciencia.
 
Por fin salieron ¡Elías hablaba! Borbotones de palabras, chorros de balbuceos y de frases, se le desprendían de la boca y él parecía paladearlos, acompasándolos con movimientos de manos y vaivenes de sus cejas encabritadas. Profería palabras en cascada, como si las hubiera estado guardando desde su llegada al puerto: “Ahora, comprar, casamiento bla bla, hablo, hijos, arusa, novia, hijos me dará, hamdellah, mabruk, ahla u sahla, elbi”.

La felicidad del habla recién estrenada de Elías nos envolvió como una tibia manta, y Esther detectó en esos labios gruesos, hinchados como brotes, una promesa y una pregunta.

Un tiempo después, la tía Dora le contó de su noche de bodas, cuando esperaba, tiritando en la cama, húmeda, lampiña luego de la preparación nupcial: El tío Elías había comenzado a acariciarla, a peinarla, a acomodarle el rostro, los cabellos, los brazos junto al cuerpo. Y después había tomado una punta de la sábana de Holanda para frotársela suavemente por las partes. Y en un sollozo mitad en castellano y mitad en algo incomprensible, le había mostrado cómo se lavaban los cuerpos para sacarle las impurezas, el olor de la vida, el espasmo de la agonía, el manchón de la muerte.

La tía Dora se había prendado de todas las palabras de él; las coleccionaba y las abrigaba como a pequeños pájaros. Pájaros que después había empezado a lanzar al aire para rajar el silencio de sus horas viudas, atribuladas en el tormento de una soledad sin socorro, disimulada en la multitud de la descendencia. A veces tomaba esas palabras de su colección y las disponía en torno de un nombre, ajeno, lejano, desprometido, hurtado al hoyo que crecía desde adentro de su casa, de su cama, y de la madriguera de su pecho; un nombre macizo, rotundo, como las ristras de nombres que se le colgaban a ella en la huida de los consentimientos. Elías.

Imagen de Steve Halama (Unsplash)


Susana Romano Sued (Córdoba, Argentina, 1947) es poeta, narradora, ensayista, traductora y psicoanalista. Es doctora por la Universidad de Mannheim, profesora emérita de la Universidad Nacional de Córdoba e investigadora superior del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).

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