Diario de la Camarada Klara: la doctora Pariser


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Este texto fue previamente publicado por El Boletín Ediciones en un libro titulado Diario de la Camarada Klara. Una enfermera de las brigadas internacionales (2021). Mientras la autora, Judith Berlowitz, realizaba una investigación para el estudio de su rama familiar Philipsborn, dio con un documento de la Gestapo que mencionaba a una tal Klara Philipsborn, única mujer antifascista del estado alemán de Schleswig-Holstein que se ofreció como voluntaria en la Guerra Civil Española como enfermera y traductora en el Ejercito leal a la República. Al escasear la documentación oficial sobre esa familiar lejana y como había discrepancias en las anécdotas familiares sobre Klara, Judith decidió darle voz y relata en este libro su posible biografía. En este fragmento concreto, la escena transcurre antes de la guerra.

Madrid, viernes 6 de octubre de 1933

Tenemos una nueva residente en la Resi y quizá tenga una aliada. Es la doctora Käte Pariser, una genetista de Berlín. Va a trabajar en el Museo de Ciencias Naturales a las órdenes del profesor
Antonio de Zulueta, en el Paseo de la Castellana. Doña María la honró con orgullo en un té que
ofreció el miércoles, apenas se había instalado. Pude hablar con ella a solas brevemente y la
invité a merendar conmigo al café Gijón, esta tarde a las seis. Creía que sería bonito alejarnos un
tanto de la Resi, al menos geográficamente, dado que algunas de sus celebridades frecuentan el
local. Ella ya estaba allí cuando llegué y se puso de pie de manera algo formal y rígida al
acercarme a su mesa. Tuve que recordar que había llegado hacía poco a España y que
probablemente no esperaba que la besaran y abrazaran de inmediato, lo que se ha convertido en
un impulso mío. Le di la mano y luego me quité el impermeable y lo dejé en la silla donde ella
había colocado el suyo. Aunque nadie de la Resi había dicho que fuese judía, supuse por su
apellido que lo era y por alguna razón quería enterarme. Entonces apenas habíamos tomado
asiento a la mesita de mármol, para romper el hielo, me sonreí, hice un gesto que abarcaba el
elegante interior, la miré a los ojos y comencé:

—Por fortuna, aquí no se trata del Romanisches Café.

Respondió al inmediato, con una sonrisa:

—Y tampoco se trata del Rachmonisches Café, ¡Gott sei dank! –¡Gracias a Dios!–

Compartimos una risa apagada y se había satisfecho mi curiosidad. Ella es alta, de cuerpo sólido,
piel pálida, casi transparente, ojos azules y pómulos salientes, sin maquillaje aparente. Llevaba
severamente recogidos los cabellos castaño claro, quizá en un intento de domar los rizos, (como
los míos). Las entradas de su pelo formaban una punta en el centro, lo que llaman los ingleses el “pico de viuda”, y le prestaba a su cara una forma interesante. Tenía los labios carnosos, también
pálidos, sin colorete. Más o menos de mi edad o tal vez un poco mayor.

—¿Viene usted directamente desde Berlín?

—No, salí en abril y he estado viviendo en Zúrich. La vida de Berlín —bajó la voz—, o mejor dicho de Alemania, se ha puesto imposible.

—Sí. —Asentí con la cabeza—. Algunos de mis familiares ya se han marchado para
Dinamarca y para Palestina. Se quedan algunos en Alemania y estoy deseando que emigren. Mi
padre y mi yerno aún pueden trabajar, fabricando ropa y mis dos sobrinos están estudiando.

—Mi padre también está en la industria textil. Mi hermano Robert vive en Nueva York,
pero viaja mucho porque es importador.

Llegó el mozo para tomar el pedido. Las dos pedimos café con leche y yo escogí un pastel de mil
hojas de la tentadora bandeja que se nos presentó. Käte escogió algo con manzanas y canela, que
creo que probaré la próxima vez que vaya por allí. Habló en un español titubeante, con mucho
acento. El hecho de que me hubiera fijado en eso me hace pensar que yo quizá esté perdiendo mi
acento alemán.

—¿Cómo llegó usted a conocer al profesor Zulueta?

—Lo conocí en un congreso de genética en Berlín, en 1927. Yo había estudiado con
Richard Goldschmidt y fue él quien nos presentó. Resultó que teníamos mucho en común en
cuanto a los temas de investigación, aunque él se dedica principalmente a estudiar el coleóptero
phytodecta variabilis. Es un verdadero pionero de la genética española. Y ¿cuál es su trabajo
aquí, Fräulein Philipsborn?

—Llámeme Klara —insistí. Utilizaba el tratamiento formal de Sie en alemán y me di
cuenta de lo mucho que me ha cambiado el vivir en España. Aquí la gente, más que nada los de izquierdas, pasan con mucha más facilidad a tratarte de tú—. Llegué aquí en 1930 para trabajar
en el laboratorio de química de la Facultad de Medicina. Vine con una recomendación del doctor
Einstein, que creo que ayudó mucho.

—Ah, qué bien. ¿Sabía usted —se inclinó hacia mí y bajó la voz de nuevo, aunque no
creo que nadie que estuviera cerca entendiera el alemán—, que él ha renunciado a su ciudadanía
alemana? Puede que se traslade a Inglaterra o a América.

—Ah, no, no lo sabía. Le habían ofrecido en Madrid una cátedra hace diez años. Quizá
habría estado a salvo aquí.

—¿Se siente a salvo aquí usted, Fräu… Klara?

Vacilé un poco, puesto que ella no sabe nada de mis creencias políticas:

—Pues sí, aunque muchas personas no saben… que soy judía. —Esta vez fui yo la que
había bajado la voz.

En ese momento nos sirvieron el café y los pasteles, lo que me salvó de tener que confesar que
he estado ocultando mi esencia judía desde que estoy en España. Me pregunté si ella haría lo
mismo, pero claro, no la conocía lo suficiente como para mencionarlo. Eché un azucarillo a la
taza, marcada con las iniciales “CG” del café, revolví el líquido y tomamos el primer sorbito a la
vez, saboreando el rico regalo del brebaje caliente y oscuro. Al levantar la mirada vi a un anciano
con pulcra barba blanca y bastón que entraba con una mujer joven, morena y de pelo negro, nariz
prominente, que tomaba del brazo al hombre, casi como si lo estuviera sosteniendo. El señor
andaba encorvado y muy despacio, pero miraba a su alrededor con mucho interés. Se acercó un
mozo a los dos y con un tono muy respetuoso, preguntó:

—¿Desea usted su mesa de siempre, don Santiago?

—¡Dios mío! —casi grité, cogiendo del brazo a la doctora Pariser e indicando con la
cabeza hacia el hombre— ¡Es el doctor Ramón y Cajal!

—¿El histólogo? ¿El histólogo Nobel? —Se volvió para mirarlo.

—Tiene que ser. Nunca lo había visto en persona, pero sé que se mantiene activo, aún
después de la muerte de su mujer.

—Bueno, por cierto, que esto bien vale mi viaje a España —comentó Käthe, dejando su
tenedor en el platillo y mirando más fijamente a la pareja.

—¿Cómo está usted hoy, señorita Kety? —preguntó el mozo al acomodarlos en una mesa
cercana.

—¡Kety! —exclamé, casi susurrando—. O sea, Enriqueta Lewy, la asistenta de Cajal. Y
ella habla alemán.

Me recliné un tanto y probé un primer bocado del pastel, saboreándolo tanto como la primera vez
que degusté esa delicia, recién llegada, en el mercado de San Miguel. Lo que no le dije a Käte es
que tanto Kety como su hermana, Irene Lewy de Falcón, son miembros del Partido Comunista.
Y quería hablarle acerca de lo que venía a hacer a España:

—Así que usted va a hacer un trabajo con tritones —comencé—. ¿Qué clase de
investigación será?

Tomó un sorbito del café y explicó:

—Los he estado hibridando. Voy a utilizar dos tipos de tritones que existen en dos
regiones de España. Estoy estudiando la intersexualidad y lo que he encontrado hasta la fecha es
que, si se cruzan dos especies, hay más posibilidad de prole hembra y si salen machos, estos son
más débiles que las hembras y muchas veces se mueren con poca edad. —Ella se animó más
mientras hablaba de sus investigaciones y hasta le apareció algo de color en sus mejillas.

—Doña María mencionó que usted había estudiado en Berlín-Dahlem. ¿Cómo se
comparan los sótanos del museo de la Castellana con aquel ambiente enrarecido y tan bien
equipado?

—Pues estoy segura de que los sótanos del museo ofrecerán el ambiente perfecto para
estas investigaciones —respondió con calma y certidumbre y añadió con una sonrisa
picarona: He visto el lugar y hasta le dije al doctor Zulueta que mi laboratorio sería ein klein
Dahlem –un pequeño Dahlem– .

Me imaginé a esta mujer algo remilgada sacando semen de unos babosos tritones machos y
metiéndolo en las babosas vaginas de unas inocentes tritones hembras y luego esperando hasta
cosechar su babosa prole. Como no pude imaginarme la manera en que sus investigaciones
pudiesen producir una sociedad sin clases, no logré ver los beneficios, pero le deseé éxito y le
prometí ayudarla a acostumbrarse a la vida de Madrid. Volví a la Resi con ella, me dio las
gracias, nos abrazamos algo tímidamente y se retiró a su habitación. Por alguna razón me siento
más española que nunca y me pregunto si yo también debería renunciar a mi ciudadanía alemana.


Judith Berlowitz ha sido profesora de español y de culturas mundiales en varias universidades californianas, además de traductora, etnomusicóloga y guía turística. Al jubilarse de su puesto de enseñanza en el Mills College (Oakland, California) se dedicó plenamente a la genealogía, tanto en el campo de la investigación como en el de la reconciliación generacional. Judith canta en el Coro de Bach de San Francisco, es activista de Mujeres de Negro de la Bahía de San Francisco y trabaja como archivera voluntaria en la página genealógica Geni.com. 

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