Diario de la Camarada Klara


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Este texto fue previamente publicadao por El Boletín Ediciones en un libro titulado Diario de la Camarada Klara. Una enfermera de las brigadas internacionales (2021). Mientras la autora, Judith Berlowitz, realizaba una investigación para el estudio de su rama familiar Philipsborn, dio con un documento de la Gestapo que mencionaba a una tal Klara Philipsborn, única mujer antifascista del estado alemán de Schleswig-Holstein que se ofreció como voluntaria en la Guerra Civil Española como enfermera y traductora en el Ejercito leal a la República. Al escasear la documentación oficial sobre esa familiar lejana y como había discrepancias en las anécdotas familiares sobre Klara, Judith decidió darle voz y relata en este libro su posible biografía. En este fragmento concreto, la escena transcurre en Ocaña, en un hospital llamado el Penal de Ocaña que había sido prisión, de ahí que todo el personal médico se alojaba en celdas. Las monjas son unas voluntarias reclutadas por el doctor Martínez Alonso.

Ocaña, domingo 14 de febrero de 1937

Debo de haberme quedado dormida sobre las páginas de mi diario anoche, o esta madrugada. Es difícil distinguir el día de la noche, puesto que las ambulancias han seguido desafiando las carreteras montañosas y los incesantes bombardeos para traernos pacientes que apenas podemos tratar, pero para los que de una manera o de otra hemos podido encontrar sitio, sea en los pasillos o en las celdas … Había dejado de darle cuerda a mi reloj, entonces puede haber sido cualquier hora cuando pasé de puntillas por delante del dormitorio de las monjas. Seguí en silencio por el corredor, hacia el ala sur del sótano, donde se hospedan algunos presos. Al acercarme al fondo del pasillo, me llamó la atención la voz inconfundible del doctor Martínez, áspera y furiosa, que me obligó a seguir hacia adelante. Entendí alguna palabra: “mandar otro cable … unidades quirúrgicas … bajas …” y por fin llegué a una celda cuya puerta estaba abriendo con llave un guardia, que permitía salir al doctor Martínez.

—Clara … ¡Señorita Philipsborn! ¿Qué hace usted aquí? —Dio un paso hacia atrás, boquiabierto.

—Es que no… no podía dormir – quería ver qué tal estaban las monjas. —Bueno, pero bien puede quedarse un rato. —Se dirigió al joven miliciano que había acompañado al guardia—: Joven, haga el favor de traernos el té.

El miliciano corrió a cumplir la orden y el guardia se fue con él. El doctor Martínez recuperó la compostura, se atusó el bigotillo y con un amplio gesto del brazo me invitó a pasar a su celda. Ahora me tocaba a mí quedarme boquiabierta. Me pidió que tomara asiento junto a una mesilla en la que había unos libros, una botella verde de ginebra medio llena y un cenicero. Él tomó asiento en el catre, que estaba acolchado con mantas de lana y una gruesa colcha que servía de colchón y hasta provisto de una almohada. Una de las paredes estaba ahuecada, formando una especie de casillero o ropero en el que colgaban camisas y pantalones ordenados y planchados. En un estante había unas botas y zapatos bien pulidos. Encendió una lamparita que había en una mesilla de noche y comenzó a hablar:

—Pues en efecto, usted tiene delante a un prisionero del penal de Ocaña. Lo único que me permite seguir respirando y fumando es el hecho de que haya seguido el oficio de Galeno, conforme a los deseos de mi padre.

—Pero, ¿por qué está usted… preso?

—Estaba destinado con los reyes, como su médico de cabecera, me permito decir. Y cuando Alfonso y Ena —(¿Ena? Pensé yo: ¿Tanta confianza con la reina Victoria Eugenia?)— tuvieron que abdicar y marcharse de España, yo trabajaba en el hospital de la Cruz Roja. Me necesitaban allí por mi inglés, “the Queen’s English”, como quien dice. Y cuando estalló la guerra cuidé a los rojos heridos —(¡Rojos! ¡Por eso nunca me habla de ‘camarada’!)—, pero también rescaté a algunos curas y monjas en Madrid y luego en Extremadura —(Ah, “rescaté, de ahí su idea de reclutar a las hermanas descalzas)— y por fin me alcanzaron y aquí me tiene. Les insistí en que como cirujano prestaría más servicio a la República vivo que muerto y me lo creyeron. De todas formas –¿quién sabe?–, de un día para otro este lujoso alojamiento mío puede ser invadido y yo puedo ser invitado a participar en el temido paseo, de sentido único, a la tapia del cementerio… Ah, el té.

Entró el miliciano y dejó en la mesa una pequeña bandeja de madera con una tetera, dos tazas de porcelana, dos cucharitas y unos pocos azucarillos (¡racionados!). Estaba a punto de marcharse cuando el doctor Martínez levantó una mano, deteniéndolo:

—No se te olvide mandar el cable ese, con carácter de urgente, al jefe de Sanidad, González Recatero. Y ¡que le llegue! Sencillamente no podemos seguir operando sin suministros y sin más cirujanos.

Comunicó la orden como si estuviese sentado detrás de un escritorio en un despacho militar bien amueblado, con mapas, máquinas de escribir, ficheros, un retrato enmarcado en la pared de Largo Caballero y quizá otro de Stalin. Despachaba el mensaje para salvar vidas en una lucha a muerte contra el fascismo. Y sí, también contra la monarquía, el papado y el capital. ¿De qué lado estaba? Nos serví el té, eché un azucarillo en mi taza y lo removí mientras intentaba formular la pregunta:

—Entonces… su lealtad política…

Me ahorró la necesidad de completar el pensamiento:

— Lealtad política ninguna. Como español y como cirujano, estoy del lado de los que necesiten mi ayuda.

—¿Y los británicos? ¿Los belgas? ¿Los irlandeses, cuya vida habrá salvado esta noche? Echó dos azucarillos a su taza de té y extendió una mano para alcanzar una latita de leche condensada que estaba en un estante. La latita me trajo a la memoria a Rosario Sánchez Mora y su bomba de dinamita autodestructiva, pero volví mi atención hacia su respuesta:

—Escuche, camarada —comenzó con algo de sarcasmo—, para mí una baja representa un ser humano que necesita mi atención.

Otra persona aquí, en este hospital, que piensa de esta manera, que vive de esta manera. María Josefa, posiblemente las monjas y ahora el doctor Martínez. ¿Es esto lo que significa ser humano? ¿Ser médico? ¿Ser español? Claro, eso no explica las atrocidades, el odio que derrama tanta sangre todos los días. Estas pocas personas constituyen un antídoto al veneno difundido por la bête humaine que mora dentro de todos nosotros. Ahora recuerdo lo que nos enseñaban los rabinos acerca de las condiciones humanas rivales de yetzer ha-tov y yetzer ha-ra. Nacemos con inclinaciones buenas y malas y podemos escoger el bien (yetzer ha-tov) o sucumbir al mal (yetzer ha-ra). Pero… ¿Qué es lo que determina nuestra opción? Habla la gente piadosa de Dios y de Satanás, el adversario, pero ninguno de ellos encaja con mi entendimiento.

Pero volviendo a los sucesos de esta mañana: En el estante, al lado de la latita de leche, noté que había una botella de quinina:

—Ah, ¡quinina! ¿La toma para la malaria?

—Sí, o mejor dicho debo tomarla, pero la verdad es que odio esa pócima repugnante. Prefiero beber agua con limón o de esta buena ginebra inglesa —contestó, señalando la botella verde.

—Quizá debiera combinar la quinina con la ginebra.

—¿Cómo? Y ¿contaminar el néctar celestial Gordon’s?

—A lo mejor, si le echa algo de gaseosa la pueda tolerar.

—Bueno, la probaré y si no me mata, tiene que prometerme que echará un trago conmigo. —Me apretó el brazo y se puso de pie—. Y ahora debo hacer mis abluciones matutinas. Nos vemos en el quirófano.

Subí las escaleras para comenzar el trabajo del día. Desde luego no comentaré con nadie el raro descubrimiento que he hecho y estoy segura de que al doctor Martínez no le gustaría que el personal del hospital sepa que está preso aquí. Pero me imagino que mucha gente sí lo sabe, puesto que esta fichado como un posible “enemigo” con riesgo de fuga. Y de la posibilidad de ser candidato al paseo y el paredón, mejor no hablar.


Judith Berlowitz ha sido profesora de español y de culturas mundiales en varias universidades californianas, además de traductora, etnomusicóloga y guía turística. Al jubilarse de su puesto de enseñanza en el Mills College (Oakland, California) se dedicó plenamente a la genealogía, tanto en el campo de la investigación como en el de la reconciliación generacional. Judith canta en el Coro de Bach de San Francisco, es activista de Mujeres de Negro de la Bahía de San Francisco y trabaja como archivera voluntaria en la página genealógica Geni.com. 

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