Decir Berlín, decir Buenos Aires: entrevista a Saúl Sosnowski


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Saúl Sosnowski (Buenos Aires, 1945) reside en Estados Unidos, donde trabaja como profesor de literatura y cultura latinoamericanas en la Universidad de Maryland. Además, es director de la revista Hispamérica, un referente ineludible dentro del panorama cultural latinoamericano desde su fundación en 1972. Después de haber publicado varios libros sobre autores como Borges o Cortázar, y tras haber escrito ensayos, entre otros temas, sobre la identidad, las dictaduras, el exilio y la memoria, este año Paradiso Ediciones publica su primera novela, Decir Berlín, decir Buenos Aires. Con un lenguaje particularmente exigente y atento a lo que dicen las palabras, Sosnowski escribe la historia de Alejandro Subbass. Se trata de un viaje interior a través de su vida, pero también de un viaje colectivo mediante la evocación de episodios cruciales de la historia del siglo XX. El monólogo se abre, en particular tras el encuentro del protagonista con Tamara Oren; nos encontramos entonces ante una novela de amor que, entre las múltiples lecturas que ofrece, es también una novela sobre la escritura y sobre el sentido que cada uno da a su vida.  

Valentina Litvan: En la novela abordas algunos temas sobre los que has escrito mucho desde el discurso académico y el registro ensayístico. ¿Qué te impulsó a escribir una novela y qué significa este cambio de registro? 

Saúl Sosnowski: Hace muchos años un escritor argentino me dijo “¿cuándo vas a dejar de hablar por boca de otros y escribir por tu propia boca?” Ya había escrito cosas que apunté y dejé abandonadas. De hecho, el personaje de la novela nació alguna vez, como yo, en Buenos Aires, hace mucho tiempo. Redacté un par de páginas y las dejé abandonadas. Hice lo mismo con poesía porque me había tomado muy en serio, quizá demasiado, todo lo que tenía que ver con lo académico. Pero llegó un momento en que decidí que no quería hacer más artículos, que realmente prefería escribir desde otro punto de vista. Y me lancé.

VL: En el título del libro aparecen dos ciudades, Berlín y Buenos Aires, que la edición asocia mediante la ilustración de la portada, en la que vemos las placas metálicas que conmemoran a las víctimas de los crímenes en las calles de las dos ciudades. ¿Qué representan Berlín y Buenos Aires en la novela y en tu vida?

SS: Cuando estuve en Berlín me impresionó muchísimo ver esos cuadraditos metálicos frente a las casas. En Buenos Aires también me impactó ver esos azulejos que se ponen frente a las casas de donde las fuerzas armadas y sus secuaces secuestraron a quienes consideraban sus enemigos. Es una manera de asociar el terror, las hordas salvajes que se ven animadas por ciertas figuras dictatoriales. 

Durante muchos años trabajé sobre las dictaduras en los países del Cono Sur y sobre la literatura producida en el exilio. Por otro lado, recuerdo muy claramente la primera vez que estuve en Berlín, justamente para participar en un encuentro sobre literatura judía-latinoamericana, y tuve la sensación de caminar sobre sangre. No lo olvidé. Son temas que me habitan desde hace muchísimo tiempo, no tuve que inventarlo. 

VL: En un momento determinado, el protagonista, Alejandro Subbass, toma la decisión de escribir: ahora sí, a jugarse o a seguir pateando adoquines, se dice, como si se tratara de un desafío personal. ¿Puedes explicarnos el sentido de esta urgencia y en qué medida se puede interpretar la escritura para Alejandro Subbass como un mandato?

SS: En “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, un texto que está en El Aleph, Borges escribe: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Yo se lo cito a mis estudiantes todo el tiempo para provocarlos y para que piensen qué quieren hacer con sus vidas. A Alejandro Subbass le llegó ese momento, porque una cosa es hablar, dictar clases, y otra poner el cuerpo, aunque sea escribiendo. Este personaje no es un militante que va a salir a la calle, pero en cambio sí va a utilizar las únicas armas que conoce, las letras. Era alguien que lo había estado evadiendo durante mucho tiempo y de pronto ve esa pared en blanco y se dice por algo la dejé en blanco, es porque tengo que empezar a hacer algo. Y hacer algo es escribir, reconocer quién es sin dejar de lado lo que ha sido, lo que lo marcó y definió. 

VL: En un momento Alejandro Subbass recuerda un episodio significativo de su infancia, cuando en el autobús esconde su identidad judía a otro niño que lo cree católico. ¿Se podría decir que la escritura tiene algo que ver en este sentido con el proceso de teshuvá, como una manera de reconciliarse consigo mismo, de regresar a las bases primeras y fundamentales de uno mismo?

SS: Sin duda, porque eso le quedó grabado. Es decir, qué significa para ese niño, bajo la presión de esos ojos que lo están mirando, de los pasajeros que aguardan su respuesta, de ese mocoso que le pregunta algo que lo tenía totalmente desubicado. Por eso no lo olvida, y por eso tiene que recuperar ese momento, y justamente teshuvá es admitirlo y no repetirlo jamás. Es lo que ocurre con él, ya nunca más se repetirá. 

VL: ¿El antisemitismo es algo que viviste en tu propia infancia?

SS: Esa anécdota es verdadera, no la inventé. Después, durante mi primer año de secundaria, se debatía en Argentina “educación laica o libre”. Libre paradójicamente era el impacto de la Iglesia católica. Durante semanas no entramos al colegio. Había dos personajes que recuerdo hasta el día de hoy, uno se llamaba Moreno y el otro Vázquez. Moreno era de la guardia restauradora nacionalista, y Vázquez, un tipo de persona que inclusive físicamente era un Goebbels chico. Antes de entrar a clase ya amenazaban con la pelea inminente, con el ruso de mierda y cosas por el estilo. Además, volviendo al colegio primario, entonces se enseñaba religión y a los judíos nos sacaban para enseñarnos otra cosa que llamaban moral. Cuando después volvías a la clase, el pizarrón estaba lleno de imágenes que nos eran ajenas. Es decir que ya desde chico te enseñaban que serás argentino, pero diferente. Otra anécdota es del colegio hebreo, del Tel Aviv Shule. Los maestros nos alertaban en la época de Perón: Pueden venir inspectores y preguntarles de qué lado van a estar si hay guerra entre Argentina e Israel y deben saber qué responder. Así que la marca diferencial venía de todos lados.

VL: Al principio de la novela, el personaje recuerda “su salida”, de niño colecciona mapas,  luego está siempre viajando y se siente fronterizo… El viaje es un tema recurrente en la literatura latinoamericana. ¿Cómo te posicionas al respecto?

SS: Es prematuro para decirte cómo me ubico en la literatura latinoamericana. Pero el viaje es constante, la primera novela que me viene a la mente es Los pasos perdidos de Carpentier. El hecho de que viajando por América también viajamos hacia el pasado, según él, estamos inscriptos en la historia a partir del “descubrimiento” por un lado y en la prehistoria por otro lado. Un continente con capas temporales superpuestas. De paso, recordemos que el viaje también está en la historia judía, aunque no siempre por decisión propia ni porque uno opta por salir de su villa…

VL: Sí, y el viaje en la tradición judía no está solo en la historia, también desde la Biblia cuando Dios le dice a Abraham: Lej lejá

SS: El grabado que tengo colgado detrás de mí, en mi escritorio, se llama “En camino”. Es el primero que adquirí de Mirta Kupferminc porque siempre hemos estado en camino, a veces porque Dios nos dice: Lej lejá y otras veces porque en otros países nos dicen “tomate el raje”, para decirlo en criollo. Los judíos sefardíes, por ejemplo, se transformaron en portadores de la cultura que los expulsó. El viaje, el peregrinaje, la marcha forzada, han sido marcadores en nuestra historia. Tendrás ciudadanía, residencia, pero si sos judío, conviene tener listos los pasaportes; nunca se sabe.

VL: Tú naciste en Buenos Aires y te fuiste a vivir a Estados Unidos hace años. Pero de un modo u otro siempre vuelves. ¿Qué significa volver? ¿Se puede volver? 

SS: Gabriel Saad me escribió que el apellido Subbass quiere decir “su Buenos Aires”, lo cual no se me había ocurrido en absoluto, pero me encantó. Yo lo había pensado del lado de los sonidos. Es cierto que escribí afuera; algunas páginas también las escribí en Buenos Aires. Es un constante volver. En su Nocturno a mi barrio Aníbal Troilo dice: “Que yo me fui de mi barrio, ¿cuándo? …pero ¿cuándo? ¡Si siempre estoy llegando! Yo viví en Buenos Aires solamente diecinueve años, pero hasta el día de hoy sigo diciendo que es mi casa, porque lo es.

VL: Volviendo al nombre del protagonista, los nombres son precisamente muy importantes en la novela: el nombre es inscripción, hay un segundo nombre no revelado, está el nombre verdadero, e incluso cuando Alejandro se encuentra con Tamara Oren, no conoce nada de ella, solo el nombre, y parece ser suficiente. ¿Hay una clave de lectura de la novela a partir de los nombres? y ¿qué significa para ti el nombre?

SS: Hay un momento en el que Alejandro tiene al lado una cigarrera de plata con las iniciales A. S. Entonces él juega con un As o juega a tener cuatro ases en la mano, algo por el estilo. No son solo sus iniciales, son también las de otra persona. Me preguntan si es por Alejandro Magno, si es algún compañerito de la escuela… Nació con ese nombre, para mí el nombre Alejandro evoca poder, la capacidad de hacer algo. Y Subbass surgió así y después fue cuestión de hallarle y darle sentido. Subbass es el sonido más bajo que puede registrar el ser humano, lo contrario del rugido que está en el título de mi poemario Rugido que toda palabra encubre, como vos misma observaste en otra ocasión. Alejandro Subbass nunca grita, es un tipo que susurra, habla bajito, y cuando tiene que decir algo con vehemencia, tiene que escribirlo en la pared. 

VL: Es cierto que hay muchas correspondencias entre tu novela y tus poemas, e incluso reaparecen literalmente algunos versos. Pienso por ejemplo en El mayor puso la primera piedra o en Hoy es la partida, pero pronto volverás, dos citas que pones en bocas de otros y que escuchamos como ecos en los dos casos.

SS: Con la primera cita iba a empezar una novela; después de escribir unas páginas la dejé. Esa cita es literal, fue dicha en yiddish por mi abuela. Yo no la escuché porque mi abuela fue masacrada junto con dos de sus hijas en Polonia, pero mi mamá me lo contó. Hay mucho eco de yiddish, de lo que eran las partidas de Europa cuando aún no era imprescindible irse, a comienzos de la década del 30. 

VL: La memoria, el olvido, la transmisión son importantes en la novela. La madre del protagonista le muestra fotos de antepasados y le explica quiénes son, pero Alejandro se pregunta hasta cuándo podrán recordarlos. Parece que la responsabilidad de memoria le pesa mucho.

SS: El deber de recordar lo tenemos inoculados desde chicos. Los diez mandamientos aparecen dos veces en la Torá: zajor… , recuerda el sábado para santificarlo, y shamor, cuídalo. No se trata simplemente de recordar, te conmina a la acción. El recuerdo en sí no significa mucho, excepto quizá en términos personales. Lo importante es hacer algo a partir del recuerdo. Y creo que es lo que hace Alejandro cuando finalmente se pone a redactar su historia. Por lo menos hace eso, cuida el origen.

VL: En ese proceso entra Tamara Oren. ¿Qué representa ella y qué cambia en él a partir del encuentro?

SS: A diferencia de Alejandro, Tamara no habla, Tamara hace. Tamara, o Tamar, sabe quién es y de dónde viene, sabe que es una suma de origen europeo, uruguayo/latinoamericano e israelí, y es una militante de derechos humanos. No tiene que pensarlo demasiado, sabe cómo manejar a las bestias. Mientras él piensa y escribe ella se enfrenta a los que pusieron a la gente contra la pared. Es una buena combinación la de ellos dos; además se van complementando de diferentes modos y Tamara llega a unir sus propias raíces con las de Alejandro. Por eso la novela termina con un final abierto, no sabemos qué va a pasar con ninguno de los dos a partir de ahí; sabemos que comenzaron a enhebrar sus propias raíces como lo habían hecho (y siguen haciendo) con sus cuerpos.

VL: Tamara es mediadora de conflictos y para resolver distintos tipos de conflicto utiliza un mismo procedimiento. Alejandro se pregunta si hay distintos idiomas para expresar el odio y la violencia: ¿todos los genocidios, el genocidio? ¿Qué puedes decir tú sobre eso?

SS: Dos cosas: en uno de los Salmos encontramos “Hajaim vehamavet beiad halashon”: la vida y la muerte están en la lengua, frase que podés interpretar de múltiples maneras. En cuanto a la palabra genocidio, me hartan aquellos que usan la palabra como si nada y que viven de su uso; estoy pensando en quienes hablaban de genocidio en la Argentina. No estoy minimizando en absoluto las atrocidades de la última dictadura militar. Pero midamos las palabras, seamos conscientes de cómo las usamos. La palabra Shoá no se puede utilizar para cualquier cosa, porque lamentablemente la Shoá fue un caso único, singular. Hubo otros genocidios, sin duda: el de Camboya, el de Rwanda, el que padecieron las comunidades indígenas en Guatemala… Los asesinatos y desapariciones en Argentina no tienen perdón, es atroz, pero no constituyen un genocidio. Me parece ofensivo hablar de la Shoá y de la dictadura argentina en una misma oración. 

VL: ¿Qué puede hacer la literatura en este sentido? Frente al intelectual revolucionario de los sesenta y setenta, ¿cuál es el poder de la literatura hoy?

SS: La literatura, como el arte, anticipa. Aunque uno no sepa muchas veces lo que se viene. Un ejemplo muy concreto es “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, el cuento que Borges escribió en 1941 donde anticipaba qué pasaría si triunfaban los nazis en instancias en que ese triunfo era posible. 

VL: En tu novela reaparece varias veces la palabra supervivencia. Alejandro Subbass se autodefine como sobreviviente. ¿En qué medida la supervivencia no es inherente a la condición humana?

SS: Alejandro y Tamar son sobrevivientes de Europa y de América Latina. Por eso los dos sienten el mandato de hacer algo, no solamente por la idea del “nunca más”, sino porque también ellos deben justificar su paso por la tierra. En el seminario sobre Borges con mis estudiantes leímos “Mateo, XXV, 30” en que el hablante reflexiona sobre todo lo que le fue otorgado y termina diciendo: “Has gastado los años y te han gastado / Y todavía no has escrito el poema”. No se puede pasar por aquí y no dejar huella. Eso es lo que tratan de hacer los dos.


Valentina Litvan (Barcelona, 1976) es profesora titular de lengua y literatura hispánicas en la Universidad de Lorena (Metz) desde 2010. En sus trabajos más recientes analiza la expresión de la judeidad en la literatura latinoamericana contemporánea. Ha publicado artículos, entre otros, sobre Clarice Lispector, Juan Gelman o Tamara Kamenszain, y algunos volúmenes colectivos, como Littérature et sacré: la tradition en question (2017), La rebelión de los hijos. Literatura y judaísmo (2018), junto a Edgardo Dobry y Geneviève Fabry, y Traces et ratures de la mémoire juive dans le récit contemporain (2020).

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