El nacimiento del Jasidismo


Por

En esta ocasión nos decantamos por un tema con mucha identidad. Cuando sale a colación términos como Breslev o Jabad Lubavitch, la mayoría de veces puedes encontrarte con barrocas definiciones. Y eso lo lamento profundamente. Nada más lejos de realidad, el Jasidismo es una corriente clave para entender el Judaísmo. Y para entender el Judaísmo hay que zambullirse en el medio religioso, no hay de otra, quien lo intente, os está engañando. La religión en el Judaísmo es como la pimienta en una buena salsa, indispensable y le da consistencia. Tristemente, en nuestra querida ciudad condal, el desconocimiento sobre esta corriente que presentamos impera a sus anchas. Por más que exista desde hace años un centro de estudios de Jabad, muchos bienpensantes se abandonan a la vulgaridad acusando a sus seguidores de fanáticos, fundamentalistas o carcas. Por supuesto, depende dónde se sitúe uno dentro del abanico que presentan las diferentes corrientes del Judaísmo en su paradigma moderno (ortodoxia, no ortodoxia), los vituperios de unos contra otros se presentan de formas diferentes. Sea como sea, lo que suele imperar es la prosa de pre-graduado digna de un pensamiento ocioso y decadente.

Para intentar frenar esta poco virtuosa tendencia, profundizaremos un poco en la historia para arrojar algo de luz sobre esta temática. Para ello, nos dirigimos hacia finales del siglo XVII, donde ciertos acontecimientos habían hecho tambalear las mismas bases del pueblo judío. Vamos al lío.

El fracaso del movimiento Shabataísta[1] dió una gran importancia a los líderes espirituales en el exilio. Hasta el momento, la creencia en la pronta aparición del Mesías representó una poderosa fuerza (quizás la mayor de todas) que pudo mantener a las masas judías conectadas con la religión, restringiéndolas de un posible acercamiento al Cristianismo. La esperanza mesiánica, aunque se siguió manteniendo, sufrió las consecuencias de la debacle Shabataísta, por lo que cayó una mayor responsabilidad sobre el gremio rabínico. Ellos deberían seguir manteniendo alta la moral del Pueblo.

Desde mediados del siglo XIV, la mayor parte de las grandes comunidades judías habían adaptado la costumbre de asalariar a su líder espiritual. En Polonia, el término utilizado para definir este oficio de liderazgo era conocido popularmente como el del Rav de la comunidad. Naturalmente, este debía ser un talmid jajam[2], un hombre ampliamente versado en el Talmud y en las enseñanzas judías en general y como tal, sería tratado a partir de entonces como rabino. En castellano también es habitual utilizar el término “rabino” en este sentido, tal como se conocían a los autores del Talmud, a pesar de que ellos no eran profesionales asalariados de ninguna comunidad.

La función más importante de aquellos rabinos de la época era el estudio del Talmud, por su propia cuenta, e incitar y asesorar el estudio de la Torá en la comunidad de turno. En Polonia, donde se encontraba el mayor número de comunidades judías y donde éstas poseían un mayor grado de autonomía, la Torá para el rabino significaba principalmente el Talmud, y más específicamente, sus tratados legales.

A mediados del siglo XVIII, en el mismo período en el que Jacob Frank[3] repudiaba la autoridad del Talmud, el liderazgo espiritual de los rabinos fue impugnado por otro lado. Este nuevo desafío, tal como fue el de Shabatai o Frank, también fue inspirado por el Zohar, pero desde una perspectiva completamente insospechada.

Del Zohar podemos decir que surge la idea de que todo lo que ocurre en el mundo terrenal o “inferior” está prefigurado en el mundo celestial o “superior”. Esta idea, que ya había estado fundamentada en varios credos orientales, sirvió como base para que el Judaísmo le diera una nueva aproximación a través de los judíos cabalistas. Estos pensaban que el Tzadik[4], o el hombre perfectamente recto, podía representar una conexión entre el mundo superior y el inferior. Este Tzadik era capaz, por un lado, de establecer a través de su personalidad una conexión  o comunión para sus allegados con la divinidad. Por otro, a través de sus oraciones y acciones justas influenciar el curso de los acontecimientos en el mundo celestial. Shimon Bar Yochai, el reputado autor del Zohar, representaba el claro ejemplo de este tipo de Tzadik.

En un oscuro villorrio de Bukowina, sobre el año 1700, nació un niño, Israel, hijo de Eliezer, que estaba destinado a dar a esta doctrina una renovada importancia para la sociedad judía. En sus años mozos Israel fue profesor de hebreo, pero no solo eso, ya durante sus años de juventud se había ganado el apelativo de baal-shem  (lit. maestro del nombre), que no era nada más ni nada menos que una persona capaz de efectuar curas y expulsiones de malvados espíritus por medio de un uso cabalístico del nombre de Dios o del nombre de determinados ángeles.

Shtetl en Bostonow

Shtetl en Bostonow

A cuenta de tal actividad, Israel comenzó a ser conocido como Israel Baal-Shem o Baal Shem Tov. A diferencia de Shabatai Tzvi, no dió demasiada importancia a todo lo relacionado con el ocultismo. Ciertamente, se decantó por el disciplinado estudio del Zohar frente al del Talmud, en el cual no había ganado demasiada reputación. Las enseñanzas del Zohar que más interés habían despertado en Israel Baal Shem eran aquellas relacionadas con la figura del Tzadik, y de forma gradual empezó a verse a él mismo realizándose en ese rol. Esta idea fue reforzada por una estancia en una recóndita esquina de los montes Cárpatos, donde mientras se ganaba la vida como calero podía dedicar tiempo suficiente a la oración y a la meditación.

A la edad de 40 años, Israel Baal Shem decidió que había llegado la hora de revelar al mundo su verdadero personaje. Escogió como marco para desarrollar su trabajo las comunidades judías de Podolia y Valaquia, en el sur de Polonia, no lejos de su tierra natal. Los judíos en esa zona eran, en su mayoría, menos ilustrados que sus vecinos del norte. La mayoría de ellos sabían suficiente hebreo para llevar a cabo las plegarias, pero no el necesario para el estudio del Talmud, por ejemplo. Muchos de estos judíos sintieron que sus necesidades espirituales no eran satisfechas debido a los eruditos del Talmud, cuyas discusiones sobre sutiles puntos de la ley eran incapaces de seguir. Podría decirse que eran ovejas descarriadas de Israel en busca de un pastor que les reconduzca nuevamente al rebaño.

Israel Baal Shem anduvo entre 1742 y 1762 (fecha de su muerte) entre los judíos del sur de Polonia, inculcando en ellos, a través de conversaciones informales, las ideas que había ido fraguando en su etapa solitaria en los Cárpatos. Él no se proclamó a sí mismo como Tzadik, dejó que fuera su propia conducta y enseñanza la que le valiera, a los ojos de sus correligionarios, para alcanzar tal categoría. Cabe decir que si había alguien que se mereciera en ese entonces este título, sin duda, era él.

A pesar de ser muy inferior a otros rabinos en estudio, era ampliamente superior a todos ellos en su carismática personalidad. Desprovisto completamente de cualquier arrogancia o envidia (pecados que asediaban a los rabinos polacos de la época) conectó con la gente inmediatamente tratándoles como amigos y hermanos. En su enseñanza el énfasis estaba puesto en la omnipresencia divina y en la oración, que en modo éxtasis, serviría como instrumento para comunicarse con Dios. En la esfera ética, Israel Baal Shem dió mucha importancia a las virtudes de la hermandad, la ayuda mutua, la paciencia y la alegría bajo toda condición, sin importar la adversidad de la situación.

Para los judíos poco sofisticados del sur de Polonia esto fue de lo más atractivo. Rápidamente ganó un gran número de adeptos, los cuales seguirían sus enseñanzas y lo reverenciarían como un Tzadik. No solo eso, comenzó a ganar seguidores también entre el público más ilustrado. Un ejemplo de ello fue el estudioso del Talmud, Ber de Mizriez (Meseritz), el cual se había ganado la fama de Maggid. Ber se convertiría de hecho en su lugarteniente, ayudándole a ganar nuevos adeptos, muchos de ellos, entre los jóvenes de las escuelas rabínicas.

De esta forma se erigió la figura del Baal Shem. Una persona capaz de traer un mensaje edificante y reconfortante a sus seguidores que habían perdido mucha fe debido al trato elitista de los líderes religiosos de ese entonces. Sería incorrecto acercarse a esta emblemática y revolucionaria figura como un Jesús o Mesías de turno. Nunca pretendió más que concienciar a sus seguidores sobre la presencia divina en la tierra. Aunque esto significara a la postre, sobre todo después de su muerte, una devoción insospechada entre sus discípulos. La leyenda comenzó a entremezclarse con la realidad. De hecho, será difícil establecer una diferencia clara entre realidad y ficción en muchas escenas de su vida como maestro.

Los seguidores del Baal Shem fueron conocidos como los jasidim (los piadosos), los cuales construyeron comunidades bañadas con un gran sentido de la hermandad, donde ricos y pobres, letrados e iletrados, vivían bajo los mismos parámetros en armonía. Mientras vivió Israel Baal Shem no existió ningún tipo de conflicto entre los jasidim y otras comunidades judías. Él mismo mantuvo una correcta relación con los rabinos, los cuales veían su movimiento como un fenómeno positivo. Al fin y al cabo, no había nada contrario a la ley judía, a la vez que reforzaba la noción del Am Ha-Aretz.

Después de su muerte, Ber de Meseritz se proclamó a él mismo como líder del movimiento y sucesor del Baal Shem como Tzadik. Si bien desconocemos si el maestro había nombrado en vida a su sucesor o no, cabe decir que su liderazgo fue ampliamente aceptado por los seguidores. El cambio no significó una caída del movimiento, todo lo contrario. Ber y sus discípulos, hombres habilidosos y bien formados, iniciaron una política proselitista que en vida del Baal Shem no se había dado. Fueron a buscar nuevos adeptos con más insistencia. El resultado, el movimiento Jasídico se convirtió en una verdadera fuerza en el sur de Polonia.

El liderazgo de Ber de Meseritz se distanciaba así del de su predecesor y maestro. Aunque fue genuinamente devoto y piadoso hacia su maestro, al mismo tiempo era mucho más ambicioso hacia la esfera de poder, lo que provocó un giro en la política del movimiento Jasídico. De esta forma se estableció una doctrina (hecho que nunca se le hubiera pasado por la cabeza al Baal Shem) donde Ber de Meseritz se erigiría no solo como Tzadik, sino como cabeza y fuente del resto de tzadikim para su generación y las próximas.

Aquellos sobre los cuales Baal Shem había indicado la responsabilidad de la transmisión se convirtieron con esta nueva doctrina en tzadikim a través de una especie de sucesión apostólica. Se encargarían de transmitir su oficio a sus descendientes y discípulos por derecho hereditario. Igualmente, Ber de Meseritz cambió la relación del Tzadik con la comunidad. No solo enfatizó en la importancia del Tzadik como intermediario con Dios, sino que proclamó que en virtud de esta función era el deber ineludible de sus correligionarios apoyarlo, honrarlo y amarlo.

Los cándidos judíos del sur de Polonia aceptaron este postulado, junto con otras piezas más encomiables de las enseñanzas de Ber. Contribuyeron generosamente a la manutención de varios tzadikim y les rindieron el mismo honor que habían mostrado ya con Israel Baal Shem. Por su parte, la primera generación de tzadikim siguieron los pasos de su maestro. Promovieron insistentemente el bienestar intelectual y moral de sus seguidores, especialmente a través de inculcarles las virtudes de la hermandad y la alegría, a la vez que se insistía en la práctica de la oración.

Sin embargo, en las generaciones posteriores, algunos de ellos cayeron en las seducciones del poder. Mientras mantenían su liderazgo a través de diferentes tipos de charlatanismo, se aprovecharon de su rol para enriquecerse personalmente. Si bien resultaron ser una minoría, hubo casos bastante controvertidos, donde encontramos tzadikim viviendo como príncipes a costa de sus partidarios.

El Tzadik era familiarmente conocido como el Rebbe, para distinguirlo de la figura clásica del rabino, conocido como Rav (maestro). Ambos roles denotaban liderazgo espiritual de la comunidad y su función principal era enseñar Torá, aunque desde un enfoque diferente. Para el rabino, la Torá significaba principalmente halajá y hagadá del Talmud y el Midrash. Estos fueron tomados también por el Tzadik para la instrucción, pero de una manera bastante superficial. Lo que el Tzadik entendía por Torá eran principalmente las enseñanzas del Baal Shem. Estas, que no habían quedado escritas, habían sido recopiladas por Ber de Meseritz, quién añadió algunos postulados propios, produciendo así una especie de doctrina jasídica, desarrollada posteriormente por otro líderes del movimiento, aunque siempre atribuido al Baal Shem. Este trabajo, junto a otros que contenían historias legendarias y maravillosas del primer maestro, se convirtieron en los libros de cabecera de los rebbes y el alimento básico de su aproximación a la Torá. El acercamiento de los rebbes a la Torá y el Talmud, de esta forma, se lograron adecuar al nivel intelectual de su audiencia.

Estas enseñanzas, esencialmente populares, con su importante grado de atractivo emocional, encajaron como anillo al dedo en las necesidades de las masas judías del sur de Polonia, hasta el momento incapaces de apreciar la dialéctica meticulosa del Talmud o la íntima metafísica del Zohar. Como resultado, el Jasidismo se convirtió en la forma de Judaísmo dominante en toda la región, a la vez que sus seguidores comenzaron a estigmatizar a aquellos que rechazaron la figura y la enseñanza del Baal Shem, tildándolos de mitnagdim (opositores). El proselitismo jasídico siguió, de hecho se amplió, llegando al norte de Polonia y Lituania, donde ganaría también gran cantidad de adeptos.

En estas regiones, sin embargo, la oposición al movimiento jasídico fue más fuerte. El nivel intelectual de la judería, especialmente la lituana, era muy alto, por lo que los nuevos adeptos deberían ser seducidos por el intelecto y no tanto por sus emociones.  Por ello, los tzadikim enviados a estas zonas tenían un perfil diferente. Eran hombres de gran conocimiento talmúdico y más próximos a los rabinos “opositores” que a sus allegados del sur de Polonia. Diferían no tanto en la aceptación de las enseñanzas del Baal Shem, como en presentar prioritariamente al Zohar por encima del Talmud, aunque también éste sería tratado y estudiado con gran estima.

Ilustres entre ellos fueron dos grandes personajes, Mendel de Vitebsk y Shneur Zalman de Ladi, los cuales fueron ampliamente respetados tanto por los jasidim como por los mitnagdim. Zalman de Ladi escribió un ensayo filosófico en hebreo acerca de la naturaleza del alma. Sus seguidores fueron conocidos como los JaBaD, un nombre formado por las iniciales Jojmá (sabiduría), Biná (entendimiento) y Daat (conocimiento), las cuales tomaron como consignas de su imaginario.

La propagación del Jasidismo fue vista con profunda aprehensión por los rabinos lituanos, los cuales vieron en el nuevo movimiento un peligro para el estudio del Talmud. En las primeras apariciones en Lituania hicieron vigorosos esfuerzos para suprimirlo, de hecho. Entre otras iniciativas, pidieron ayuda a un hombre afamado, renombrado y reputado en toda Polonia, Elijah ben Shlomo Zalman Kremer (1729-1797), conocido también como el Gaón de Vilna. Se trataba del mayor erudito talmúdico de su tiempo, maestro del Zohar y de la mayoría de ramas de la Literatura judía.  Fue notable por el alcance de su aprendizaje y también por la fuerza de su lógica a la hora de la instrucción metódica. Él hizo, por generaciones, más que cualquier otro erudito a la hora de traer orden, sistema y lógica en el estudio de la Literatura judía. Eso le convertía en la antítesis natural de los nuevos rebbes, para los cuales el orden, en este sentido, era lo más parecido a un anatema. De esta forma y por primera vez, el Gaón de Vilna fue llamado de su retiro para combatir la amenaza que la aproximación emocional jasídica representaba para sus estudios favoritos.

La intervención de Elijah de Vilna facilitó que los rabinos de Lituania emitieran en 1772 una prohibición en contra del Jasidismo, publicada a lo largo y ancho del territorio. La prohibición arremetía contra el hecho de que los jasidim, con su voluntad de establecer su propio método de oración, habían creado algunas alteraciones en el ritual de oraciones establecido. Aunque la razón real, y la mayor preocupación de hecho, se hallaba en la hostilidad manifiesta de los tzadikim frente a los estudiosos del Talmud y su deprecio a la hora de hablar del Talmud en comparación con las enseñanzas del Baal Shem.

En el pasado, la prohibición o la excomunión habían sido poderosas herramientas en manos de los eruditos en defensa de su autoridad y dignidad. En este tiempo, si bien este recurso había perdido la fatalidad que conllevaba en tiempos anteriores, la firma del Gaón produjo un fuerte efecto en la opinión pública. Su mayor logro fue frenar el avance de esta oleada jasídica en los nuevos territorios donde se estaba abriendo paso.

Una agria polémica estalló entre los tzadikim y los rabinos, que se alargó hasta la muerte del Gaón de Vilna. En 1797 podría decirse que ya se había configurado el mapa religioso de la zona. Por un lado, el movimiento jasídico ya no esperaría seguir avanzando en Lituania y en la Rusia blanca. Por otro, los rabinos sabían que serían incapaces de recuperar los territorios del sur de Polonia, bastión jasídico por excelencia.

Poco después, el Jasidismo en Galitzia tuvo que enfrentarse a un nuevo y más formidable enemigo, la Haskalá. El movimiento “iluminista” judío que provenía desde Alemania. Los jóvenes maskilim, muchos de los cuales provenían de casas jasídicas, vieron en el Jasidismo el peor de los enemigos para su ilustración, convirtiéndolo en objeto de ironías y ridiculez. La nueva corriente de pensamiento, con sus pinitos racionalistas, detestaba lo que entendían como “el oscurantismo y la superstición” de la doctrina iniciada por el Baal Shem. El Jasidismo, no obstante, aguantó la peligrosa embestida de la Haskalá, vista por ellos como una invitación a la asimilación por la vía directa y sin peajes, preservando intactas dos grandes virtudes que defendía su doctrina: el sentimiento de hermandad en pro de la comunidad judía y el sentimiento de alegría, incluso en la adversidad, basado en la fe viva. Gracias a ello, el Jasidismo logró mantenerse fuerte en un territorio y como doctrina. De hecho, en el siglo XIX y principios del siglo XX, el Jasidismo llegó a ser la más popular e importante rama de la ortodoxia judía, con varios millones de seguidores y decenas de grupos diferentes.


[1] Shabatai Tzvi (Esmirna, 1626 – Ulcinj, 1676), fue un rabino que afirmó ser el Mesías. Inspiró uno de los movimientos mesiánicos más importantes de la historia judía. Estudió la Cábala y el Talmud, y en 1648, después de haber sido ordenado jajam (título rabínico sefardí, que equivale a «sabio»), aseguraba ser el Mesías.

Fue expulsado de Esmirna hacia 1651, y vagó muchos años por Grecia, Tracia, Palestina y Egipto. En 1665 buscando una cura por su alma atormentada se presentó al carismático Nathan de Gaza que lo convenció de que en realidad era el Mesías. A partir de entonces se manifestó cómo tal y pronto ganó un ferviente apoyo en Palestina y entre los judíos de la diáspora. Encarcelado por las autoridades turcas en 1666, se convirtió al Islam para escapar de la ejecución. Murió exiliado en Ulcinj, actual Montenegro.

[2] Lit. Estudiante sabio

[3] Jacob Frank (1726 Koralovka – 1791, Offenbach am Main) era un líder religioso judío del siglo XVIII que decía ser la reencarnación del autoproclamado mesías Shabatai Tzvi y también del patriarca bíblico Jacob. Las autoridades judías en Polonia excomulgaron a Frank y sus seguidores debido a sus doctrinas heréticas que incluían la deificación de sí mismo como parte de una trinidad y otros conceptos polémicos como la «purificación a través de la transgresión».

[4] Tzadik [tsadik] (en hebreo: צדיק «justo») es un título dado a personalidades, en la tradición judía, consideradas justas, tales como figuras bíblicas y maestros espirituales posteriores. La raíz de la palabra Tzadik es tzedek (צדק), que significa «justicia».

Para saber más:

DAN, JOSEPH: The Hasidic story: its history and development. Jerusalem 1975

WILENSKY, MORDECAI: Hasidism and mitnaggedim: a study of the controversy between them in the years 1772-1815. Jerusalem 1970

HESCHEL, ABRAHAM JOSHUA: The Circle of the Baal Shem Tov : studies in Hasidism. Chicago 1985.

SIMON, Maurice: Jewish religious conflicts. Londres 1950

2 pensamientos en “El nacimiento del Jasidismo

  1. oscar jaimes (cristiano)
    30 noviembre, 2016 a las 5:25

    Es muy interesante conocer los origenes de una religion a cual un hombre con sentimientos puros de redescubrir el amor y apreciarlo en lo mas simple con toda su fuerza corazon y alma para tener una verdadera renovacion personal con el creador del nuevo cielo y la nueva tierra para estar listo para encontrarnos con Dios Todopoderoso. Amen.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *