El inusitado encuentro entre Altmann y Trautmann


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Sírvanse un café, por favor. Les invito nuevamente a sumergirse en profundizaciones turbadoras. Han sido días donde todo ha girado en torno al Congreso del Móvil y uno ya está cansado del empapelado este con el que la tecnología ha cubierto el mundo de la realidad, de hecho, se cae a jirones. Mejor que una buena app, una buena historia, y les aseguro que esta es de las buenas.

Corre el año 1938 en Alemania. Malos tiempos para el joven Alexander Altmann. Natural de Kassa e hijo del rabino principal de la ciudad de Trier, una de las más antiguas comunidades judías de Alemania, Alexander pronto se erigiría como un prometedor erudito. A los 32 años ya era doctor en Filosofía por la Universidad de Berlín y rabino, ordenado por el Seminario Rabínico Hildesheimer de la misma ciudad, donde acabaría fichando para impartir clases de Pensamiento Judío. En 1935 publicaría Des Rabbi Mosche Ben Maimon More Newuchim y abriría un instituto público de educación para adultos, llamado la Rambam Lehhaus. Pero poco duraron sus proyectos docentes en Berlín, el auge del Nazismo provocó una situación insostenible para la judería alemana. Las opciones se limitaban a escapar o morir.

El doctor Altmann, a diferencia de gran parte de su familia (sus padres acabaron en Auschwitz), fue uno de esos afortunados que consiguió huir, a Inglaterra concretamente. Allí pudo rehacer su vida, sirviendo como rabino en Manchester y siguiendo sus estudios académicos. En 1946 publicaría una traducción y comentario del libro “Doctrinas y creenias” de Saadya Gaon,  que tuvo gran acogida y que le hizo ganar gran fama en la comunidad judía inglesa. Pocos años después fundaría el Institute of Jewish Studies, y se convertiría en el editor del Journal of Jewish Studies y del Scripta Judaica. Altmann publicaba sus trabajos en alemán, inglés o hebreo, centrándose en las temáticas relacionadas con la Filosofía Judía. Su vida estaba enfocada al estudio y al servicio a la comunidad. Si bien el vendaval de la Segunda Guerra Mundial había pasado, Altmann era consciente de la dificultad a la que se enfrentaba el pensamiento judío en el  viejo continente. Poco más que cenizas quedaron, el paisaje resultante era desolador. La existencia judía fue barrida de Europa. De los 9,5 millones de judíos que había en 1933 en Europa, quedaron 3,5 millones al final de la guerra. La masacre se había llevado por delante una cultura e intelectualidad sin parangón.

El nuevo objetivo, promover una nueva generación de tutores, profesores y estudiosos entre aquellos que habían logrado escapar de las garras del nazismo. Era el tiempo de apostar por el nuevo renacer, no bajar las manos, no perder la fe, no todavía. Inglaterra estaba obligada a jugar un rol clave en este sentido. La visión de Altmann iba más allá de lo académico, se había convertido en un verdadero líder de la judería inglesa. Un visionario. Con todo esto en mente y con la ilusión propia de un verdadero jalutz, el rabino Altmann construía, piedra a piedra, no solamente una comunidad, sino también las bases de un gran proyecto educativo judío para la ciudad de Manchester.

Año 1949. Mientras el rabino Altmann seguía enfrascado en sus elucubraciones talmúdicas y sus planes docentes, dos jóvenes feligreses se acercaron inquietos a su oficina. Portaban noticias inquietantes. Su club de fútbol, y el de la mayoría de la comunidad judía de Manchester, el City, acababa de fichar a un nuevo portero, un tal Bert Trautmann. Un revuelo insospechado recaía sobre su figura. El rabino Altmann, que como os podréis imaginar, no era demasiado aficionado al balompié, pregunta:

– ¿Y bien? ¿Qué os preocupa? ¿No es buen cancerbero este Trautmann? ¡Y a mí que me venís a explicar!

– No rabbi… ese no es el tema.

– ¿Así pues?

– Trautmann es alemán. Un nazi. Fue sargento de la Luftwaffe en la guerra.

Y así era. Trautmann llegaba al Manchester City después de una fugaz carrera en el modesto St Helen’s, donde jugó un solo año. Y es que hasta 1948 había estado encerrado en el campo de prisioneros de guerra de Ashton, entre Liverpool y Manchester. La noticia de su fichaje creó una enorme ola de rechazo en la hinchada del City. El ambiente estaba caldeadito, y no solo entre los judíos futboleros. Los recuerdos de la guerra todavía estaban muy frescos, Manchester había sido muy duramente castigada por los bombardeos y a muchos les horrorizaba que el club fichara a un antiguo prisionero de guerra alemán, ex-miembro de la Luftwaffe, además.

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Repasemos el periplo a lo Barry Lyndon de Bert Trautmann. Natural de Bremen, hijo de un obrero y un ama de casa, pasó una infancia complicada. Sus padres, desempleados en tiempos de la posguerra, vivían de la beneficencia. Desde muy niño mostró una gran afición y talento para los deportes. Para que pudiera seguir compitiendo, sus padres lo inscribieron en 1933 en la Deutsches Jungvolk, una asociación juvenil precursora de las Juventudes Hitlerianas, bajo cuyos colores participó y ganó numerosas competiciones deportivas. Por supuesto, allí recibió también una metódica instrucción, el lavado de cerebro Nazi. Así creció envuelto en los pensamientos que giraban en torno a la superioridad biológica aria y la responsabilidad judía de la catástrofe económica alemana.

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Trautmann trabajaba como aprendiz de mecánico. En cuanto tuvo la edad necesaria, se alistó como la mayoría de sus amigos. Primero quiso ser operador de radio, pero durante su entrenamiento demostró escasas habilidades y no tardó en ser trasladado a un regimiento de infantería aerotransportada de la Luftwaffe y enviado a Zamos, en la frontera polaco-rusa. Rusia lo esperaba y eso no era ninguna broma. Milagrosamente, fue uno de esos 100 hombres que sobreviviría de los 6000 que integraban su regimiento. Los soviéticos y el durísimo clima les dieron una buena lección.

Capturado en 1942 en el frente ruso, Trautmann pronto consigue huir de sus captores. En 1944 fue trasladado a Francia y ascendido a sargento. La Alemania nazi, que ya tenía la guerra perdida desde hace tiempo, intentaba aguantar posiciones a la desesperada. En este marco, Trautmann fue asignado a una nueva unidad formada por restos de otros regimientos para intentar frenar el avance aliado. Fue de nuevo capturado, esta vez por la resistencia francesa, y de nuevo logró escapar. Fue uno de los pocos supervivientes del brutal bombardeo que arrasó Cleves el 8 de febrero del 45, en el marco de la “Operación Veritable”. Sin unidades cercanas a las que unirse, Trautmann decidió que la guerra había terminado para él y trató de volver a Bremen con su familia, sabiendo que cualquiera de los dos bandos podían matarle si lo encontraba, unos por ser un enemigo y los otros por desertor.

Fue, nuevamente, capturado por dos soldados norteamericanos cuando se escondía en un granero, y por tercera vez escapó saltando una valla… para caer en manos de seis soldados británicos camuflados que, con un humor típicamente inglés le saludaron: “Hello Fritz ¿Fancy a cup of tea?” Según él, ese fue el inicio de un extraño affair amoroso…  La guerra para él había acabado, por fin.

Trautmann fue internado en un campo de prisioneros cerca de Ostende (Bélgica) y luego trasladado a Essex (Inglaterra) para ser interrogado. Oficial condecorado, alistado voluntario, miembro desde niño de una de las agrupaciones satélite del Partido Nazi, Trautmann fue catalogado como prisionero de categoría C (nazi) y recluido en un campo de prisioneros en Marbury Hall (Northwich), donde no tardó en ver rebajada su categoría a B (no nazi) y trasladado a otro campo, en Ashton.

En esos campos de concentración fue donde Trautmann fue consciente de las brutales consecuencias del régimen nazi y lo que había significado el Holocausto. Sin embargo,  él ya sospechaba que la cosa se podría haber ido de madres cuando había estado peleando en Ucrania.  Junto a otro soldado, fue testigo involuntario de una terrible masacre de judíos en un bosque a cargo de unos oficiales de la SS. Estos, después de obligarles a cavar unas trincheras, les dispararon a quemarropa, ancianos, jóvenes, niños… Trautmann y su colega escaparon de la terrible escena y nunca más hablaron del tema. Trautmann contaba con 18 años. Poco a poco, fue ordenando las piezas de un complejo puzzle. Su sentimiento hacía Alemania fue cambiando, en Inglaterra tuvo la oportunidad de re-educarse, humanizarse y sobre todo, de tomar consciencia de lo que el régimen nazi había representado y de la gran mentira de la cual él fue partícipe.

También en los campos de concentración fue donde empezó su carrera futbolística. Primero de centrocampista, del tipo leñero, según afirman sus compañeros. Solo después de un partido que acabó en pelea grupal, y con el portero de su equipo KO, Trautmann acabo bajo los palos. No se le dio nada mal. Cuando el campo de Ashton cerró en 1948 y después de rechazar la repatriación a Alemania, Trautmann fichó por el modesto St Helen’s, un club regulero que jugaba en una liga local. Allí se erigió como un porterazo: valiente, seguro, con una flexibilidad felina (al parecer ganada en su etapa como paracaidista) y duro como una roca, siempre se negó a utilizar guantes, a diferencia de los otros porteros, y es que el frío inglés comparado con el invierno ruso era una broma para él. En pocos meses ya llamó la atención de muchos ojeadores, y al cabo de un año estaba firmando por el Manchester City. Las cosas parecía que comenzaban a irle bien al joven Trautmann.

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Llegamos de nuevo al año 1949.

Mientras el club recibía miles de cartas pidiendo que no ficharan al joven alemán, con los aficionados rompiendo sus abonos, carteles de “Sieg Heil” colgados del estadio y con más de 20.000 personas en las calles manifestándose en contra de su fichaje, se dio un encuentro inesperado. El rabino Altmann fue en busca del portero Trautmann. El mismo rabino que había perdido gran parte de su familia en el Holocausto, padres incluidos, se dirigía al encuentro del ex sargento de la Luftwaffe.

Poco se sabe de cómo se desarrolló la reunión entre estos dos alemanes que habían llegado a Manchester por circunstancias muy diferentes. La verdad es que hubiera pagado unos buenos euros por ser testigo de esa conversación. El rabino Altmann acabaría saliendo en defensa de Trautmann declarando que no se podía castigar a un individuo por todos los pecados de su país. “Bert es un chico decente. No podemos castigar a un alemán en concreto, cada uno debe ser juzgado por sus propios méritos”. Merecía una oportunidad. Trautmann, por su parte, acabaría visitando uno de los centros comunitarios judíos de Manchester para dar explicaciones y explicar su historia. Un mes más tarde, todo estaba olvidado. Trautmann se hizo con la titularidad indiscutible del City, para desarrollar una magnífica carrera. El capitán del equipo por aquel entonces, Eric Westwood (veterano del desembarco de Normandía) recuerda como ganaron la final de la FA Cup contra el Birgmingham en el 56. Cuando faltaban quince minutos para acabar el partido, Trautmann  sufrió un rodillazo que le fracturó una vértebra y dislocó otras cuatro. En ese entonces, no habían cambios, por lo que aguantó bajo palos y siguió parando, mareado, sin poder mover la cabeza y con la visión borrosa. Hechos como este, sumado a otras grandes actuaciones le convirtieron un héroe entre la afición del City, convirtiéndose en el alemán más querido de la época.

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En el año 2007 recibió la Orden del Imperio Británico por mejorar las relaciones entre Reino Unido y Alemania. En la ceremonia de entrega, la reina Elizabeth, le preguntó “Ah! Herr Trautmann, I remember you. Have you still got that pain in the neck?”. Y es que durante toda su vida le recordarían aquel episodio. Por su parte, él nunca olvidaría el encuentro con el rabino Altmann:

«Siempre recordaré sus amables y generosas palabras. Él fue quién me permitió dejar atrás el infierno que acarreaba, él me permitió dejar de ser un prisionero para convertirme en un ser humano”.

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