El blues de Natán el Sabio


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Permítanme presentarles uno de los rincones más apasionantes de la milenaria historia judía, quizás más desconocida de lo que debería. Hablamos nada más y nada menos que de la Haskalá. Para ello, intentaré dar algunas pinceladas de cómo se creó en el siglo XVIII este puente entre dos mundos, que a la postre abriría un proceso que llevaría a los judíos europeos al inicio de la edad moderna de su historia. De este proceso igualmente surgirán las presentes corrientes ideológicas dentro del Judaismo, grandes dilemas y conflictos de identidad y  más cuestiones que harán tambalear al grueso de la población judía. Dicho esto y sin que sirva de excusa, vayamos al meollo de la cuestión.

En las enseñanzas de los rabinos era recurrente identificar sabiduría y Torá. El estudio era el medio y la mayor meta del esfuerzo intelectual del hombre. Esta idea era aceptada prácticamente por todos los judíos hasta mediados del siglo XVIII. Quizás podían existir ciertas diferencias de opinión acerca de donde, entre la amplia biblioteca judía, debía buscarse esta sabiduría con más intensidad. El foco podía hallarse bien en la misma Torá, quizás en el Talmud, o incluso en el Zohar. Que el secreto estaba contenido en una de estas obras nunca se negó.  La persona que lo hizo abiertamente, Baruch Spinoza, fue incapaz de continuar en la comunidad. Sus pinitos con la escuela cartesiana no sentaron nada bien al establishment. Le costó la excomulgación, y por si fuera poco le desterraron de su Amsterdam natal.

Casa de Moisés Mendelssohn en Berlín.

Casa de Moisés Mendelssohn en Berlín.

Más allá de los judíos árabeparlantes de la edad de oro, el grueso de la intelligentsia judía había hecho pocos esfuerzos para familiarizarse con la nueva cultura que surgía en Europa tras el Renacimiento. De alguna forma, los judíos poseían una literatura lo suficientemente vasta como para absorber todas sus energías. No solo eso, tampoco dispusieron de oportunidades de seguir otros estudios ya que la mayoría les estaban vetados, convirtiendo en algo muy excepcional para cualquier judío de la época tomarse demasiado en serio algún otro campo de conocimiento, a excepción de la medicina quizás. Estas diferencias culturales impidieron iniciar cualquier proceso de “europeización” de las comunidades judías. Las diferencias de religión les apartaban de sus vecinos no judíos, las diferencias culturales les convertían en verdaderos extraterrestres.

Una revolución frente a esta actitud frente al estudio no propiamente judío tuvo lugar en la segunda mitad del siglo XVIII entre los judíos alemanes. La judería alemana vivía a principios de siglo en ghettos o Judengassen, pero a diferencia de otras comunidades de otros países europeos, poseían una característica particular, atención al tanto. Existía la costumbre entre los príncipes alemanes de tener a su servicio o de conceder privilegios especiales a judíos que podían dar un servicio al estado, en este caso sobretodo en materia financiera. Estos judíos, conocidos como Hofjuden o Schutzjuden tenían permiso de vivir fuera del ghetto y mezclarse con la población no judía. Los príncipes de Hohenzollern de la casa de los Brandemburgo fueron particularmente liberales con esta política a principios del siglo XVIII, permitiendo la creación de comunidades de Hofjuden de considerable envergadura en Berlín o Koninsberg. Estas comunidades, especialmente la de Berlín, eran únicas entre las comunidades judías del mundo. Por un lado, sus miembros, entremezclados con la población alemana no judía educada , no podían dejar de  ver el valor de la moderna cultura europea como fuente de mejora intelectual. Por otro, seguían teniendo un pie en el ghetto, continuaban teniendo un firme compromiso con la religión de sus ancestros.

Fue en este marco revoltosos donde aparece en escena Moisés Mendelssohn (1729-1783), como veremos, pieza clave en este proceso. Natural de Dessau, hijo de un humilde escriba hebreo, sigue desde joven a David Frankel, rabino de Dessau, a quién acompañará en su camino a Berlín, para continuar de su mano sus estudios talmúdicos.  Allí Mendelssohn entra en contacto con un tipo de judíos desconocidos para él hasta el momento, judíos que estaban flirteando con otros campos de conocimiento más allá del Judaísmo. Él se sumará a ellos y sin descuidar sus estudios hebreos, se zambullirá de pleno en el estudio del griego, el latín, y por supuesto, el alemán. Esta combinación, cabe decir, no fue desconocida en su generación predecesora, especialmente en Italia, donde los judíos habían preservado la vieja tradición del pasado judeo-árabe, con más fidelidad que en ningún otro país. Un brillante ejemplo de ello fue Moisés Jaim Luzzato, o el veneciano, David Nieto. Pero Mendelssohn  en este sentido cruzó una línea. Fue el primer estudioso del Talmud en adentrarse de pleno en la cultura europea contemporánea, convirtiéndola en un fin en si mismo y dándole prioridad a esta sobre su propio bagaje judío. Su concepto de referencia, “el iluminismo” o el “aufklarung”, le permitía alinearse con los pensadores alemanes no judíos más progresistas, para dedicarse a la búsqueda de la verdad o el conocimiento donde quiera que se muestre, sin ninguna idea preconcebida a favor de las fuentes judías. Esta máxima le valió una cantidad ingente de invitaciones para fichar por la fe vecina, pero Mendelssohn no alteraría ni modificaría sus prácticas y tradiciones judías. Podemos decir que no se convirtió en un europeo, pero si es un judío europeizado.

Moisés Mendelssohn, poseía un buen conocimiento del hebreo,  idioma con el cual escribiría varias obras, sobretodo en materia religiosa. Sin embargo, la mayoría de su trabajo literario lo escribió en alemán para los alemanes. Posiblemente no se pueda colocar a Mendelssohn en la primera fila de los escritores alemanes, pero sin duda ejerció una gran influencia como crítico literario, convirtiéndose en uno de los padres de la Alemania moderna. A lo largo de su carrera ayudó extensamente a su amigo del alma,  Gotthold Ephraim Lessing, en la misión de convertir la prosa alemana en un vehículo elegante y preciso de la expresión literaria. Quizás a modo de agradecimiento, quizás a modo de reconocimiento, Lessing escribiría años más tarde su obra de teatro “Natán el Sabio”, basando su personaje principal en el propio Mendelssohn. La obra escrita en defensa de la tolerancia religiosa, fue prohibida en aquel entonces por la iglesia.

En Berlín, Mendelssohn se convirtió en un hombre estimado tanto por judíos como por no judíos.  En su intento de crear sinergias entre las dos poblaciones, vió como un obstáculo a superar el aislamiento de los judíos del ghetto, considerando su falta de contacto con el exterior perjudicial en un sentido intelectual, moral y material. Como primer paso para superar este aislamiento propuso cambiar el yidish por el alemán “elevado” de su entorno. Esta cuestión no acabó de hacer mucha gracia en el colectivo judío, que equiparaba el yidish al estudio y a la práctica de la religión. El alemán era símbolo de cristiandad y del pensamiento libre. Para superar este prejuicio, Mendelsshon publicaría entre 1778 y 1783 una traducción al alemán del Pentateuco, la cual tuvo muy buena acogida. Pronto sería utilizada tanto en círculos judíos como no judíos. Este trabajo junto a su éxito como autor dio un tremendo impulso a la comunidad judía alemana en la búsqueda de conocimiento no religioso. No todos supieron combinar esta búsqueda y la fiel observancia de la religión como Mendelssohn lo planteaba. Muchos se fueron alejando de las tradiciones, otros tantos comenzaron a cuestionar la combinación de la fe religiosa y los principios del iluminismo europeo.  Comenzaron los problemas para Moisés, de ninguna forma quería presentarse como un destructor de la religión judía. Por ello, la segunda parte de su trabajo titulado “Jerusalem”, tuvo como objetivo principal combatir esta tendencia, sosteniendo que la legislación mosaica no establece ninguna censura sobre el pensamiento, tal como el cristianismo (al menos en Alemania) trató de hacer. Defiende que la actividad más importante del hombre consiste en intentar explorar la verdad mediante el ejercicio de la razón basada en la observancia. Dado que la Biblia fue entregada al hombre para su beneficio, su intención no puede ser de ninguna manera la supresión de esta actividad, sino lo contrario, reforzarla. A pesar de que estas premisas tenían un claro tufillo griego, de hecho lo que estaba haciendo era introducir una innovación de gran alcance en el estudio judío (quizás su mayor legado), abriendo una nueva ventana de análisis, una nueva aproximación a los textos.  Sin duda, Mendelssohn hace malabarismos para casar dos formas de pensamiento que parecerían enfrentadas. Pero de alguna forma podríamos ver a Mendelssohn encerrado en una habitación, abre una puerta pero se niega a salir. No solo eso, pidió encarecidamente a los demás que no salieran e hicieran lo mismo. Metáfora pobre, lo sé…

Sea como sea, el paso estaba dado, los planteamientos habían calado hondo. El movimiento de la Haskalá y sus seguidores, los maskilim, avanzan con paso firme.  El primer objetivo a lograr será la emancipación jurídica de la población judía. Aquí nos topamos con la gran hormigonera de la historia europea, donde a finales del XVIII se está gestando un giro en las políticas de las principales potencias. Bajo la influencia del pensamiento ilustrado, más como parte de las reformas generales que tenían en vista eliminar los restos del Feudalismo que por una simpatía sincera hacia la población judía, se empiezan a adoptar algunas medidas de integración.  Se suele establecer este inicio con la Patente de Tolerancia de José II, predecesora todavía de las constituciones americana y francesa. Los objetivos de esta política eran parte de la búsqueda de homogeneidad cultural y unidad política que el emperador reformista perseguía en su reino. En el país teutón, la emancipación fue parte de las reformas llevadas por el despotismo ilustrado. Aquí se juntaron el hambre con las ganas de comer. Existió una clara simbiosis entre los objetivos del legislador alemán y los de los judíos reformistas más “avanzados”. Ambos se proponían aproximar los dos mundos. Una reducción en la distancia entre unos y otros debía producirse bajo el signo de la cultural nacional laica y de la homogeneidad lingüística; la identificación con los ideales de las política del estado nacional y la integración económica mediante la superación de las limitaciones impuestas a los judíos.

Esta tendencia fue asentándose firmemente con el paso del tiempo. Si bien a veces titubeó, podemos decir que a lo largo del siglo XIX el mundo judío entró en la mayoría de países europeos en el engranaje de la modernización, reinventando sus actividades y estructuras económicas, definiendo un nuevo lugar en las sociedades de los estados nacionales emergentes, logrando aquello con lo que tantos habían soñado. Este proceso de modernización trajo consigo evidentemente dramáticas tensiones y decisiones de abandono. Las reformas en el Judaísmo crearon una permanente división en comunidades rivales en lo ideológico y en su forma de entender el Judaísmo. Sea como sea, la emancipación abrió las compuertas de un talento y unas capacidades que hasta el momento habían estado reprimidas. Los judíos se lanzaron en pos del saber de Occidente. Muchos alcanzaron lugares de preeminencia y no quedó campo de actividad donde no interviniesen: política, filosofía,  finanzas, industria, artes, ciencia…

Alegrías y fiestas, si. Hablar de la historia de Mendelssohn y sus maskilim hoy en día es imaginar otra Europa,  un sueño, porque todo se fue al traste justo en el lugar que había nacido.  Alemania desplazó los ideales ilustrados. Un violento sentimiento xenófobo culminó en un exacerbado nacionalismo basado en la glorificación del espíritu e historias medievales alemanas.  El nazismo dió un triste homenaje a la equidad ética de las religiones, símbolo de “Natán el Sabio”, la obra de Lessing, que volvería a ser prohibida por el Tercer Reich. Es difícil entender hoy en día la atracción que había ejercido hasta ese entonces Alemania entre los judíos alemanes. Quizás la más famosa descripción de ese sentimiento la encontremos en el diario del profesor de la Universidad de Dresden, Victor Klemperer, superviviente del Holocausto, ferviente demócrata y patriota alemán. Escribe: “Hasta 1933 y por lo menos cien años antes, los alemanes judíos, eran enteramente alemanes y nada más. Prueba: miles y miles de judíos, medio judíos, un cuarto judíos, o descendientes de judíos vivieron como alemanes sin el más mínimo roce o fricción en todos los ámbitos de la vida. Cierto es que siempre se mantuvo latente un cierto grado de antisemitismo, pero esto no confirma lo anterior. No es menos cierto que las fricciones entre protestantes y católicos, empleados y empleadores, prusianos del este o bávaros del sur o gente de las riberas del Rhin eran mucho mayores que las existentes entre judíos y no judíos. Los alemanes judíos formaban parte de la nación alemana como los judíos franceses lo eran de la francesa. Tenían su lugar en la vida alemana.”

No está mal… Estos son sin duda los acordes de un blues de doce compases. Dejadme imaginar por un momento a Klemperer, a Natán el sabio y a otros tantos sentados frente a J.B. Lenoir tocando “Alabama”. La nostalgia de la “otra Alemania” como la llamaban, los sueños rotos y la tristeza envuelven el recuerdo una época y un tiempo donde la esperanza de Mendelssohn no solo se llegó a tocar, sino que fue una realidad vivida intensamente.

Bibliografía utilizada:

  • Plaut, G., The rise of reform Judaism, New York, 1963
  • Mendelssohn, M., Jerusalem o Acerca de poder religioso y Judaísmo, Barcelona, 1991
  • Romero, E. y Macías, U., Los judíos de Europa, Madrid, 2005
  • Simon, M., Jewish religious conflicts, London, 1950
  • Sorenssen, L. A. Sobre la permanente reforma en el Judaismo, Barcelona, 2006
  • Karady, V. Los judíos en la modernidad europea, Madrid, 2000

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