El Águila de la Revolución


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Quien pasee por las orillas del Landwehrkanal en Berlín, al llegar al Lichtensteinbrücke, será sorprendido por una construcción que parece emerger del agua. En su parte superior hay una inscripción: Rosa Luxemburg. El monumento recuerda el lugar donde fue arrojado el cadáver de la dirigente espartaquista asesinada el 15 de enero de 1919.

Una revolucionaria de vigente actualidad

Rosa Luxemburg es una figura icónica, símbolo de lucha contra toda forma de dominación, ya sea económica, política o sexual. Sus reflexiones sobre la relación teoría-práctica, sus análisis de las transformaciones sociales y sus propuestas de estrategias de intervención en la realidad siguen siendo hoy una enseñanza fundamental para el desarrollo de un proyecto de izquierda emancipador. 

De Zamosc a Berlín, pasando por Zürich

No hay certeza acerca de la fecha exacta de su nacimiento (diciembre de 1870 o marzo de 1871). Era la hija menor de una ilustrada familia judía polaca de Zamosc (una ciudad de mediano tamaño ubicada al sureste de Polonia en el actual Voivodato de Lublin) que adhería al iluminismo y apoyaba el movimiento independentista polaco. Desde pequeña se destacó por sus dotes intelectuales. Durante sus estudios secundarios desplegó actividades en asociaciones de carácter socialistas que aspiraban a la independencia de Polonia del dominio ruso. De esa época son sus primeros contactos con la teoría marxista. Obligada por las persecuciones de la policía secreta zarista a causa de sus actividades políticas, al finalizar sus estudios debió emigrar a Suiza. Se formó en la Universidad de Zurich, y allí entró en contacto con dirigentes y pensadores socialistas alemanes, rusos, polacos y austriacos que habían huido de las persecuciones  políticas que sufrían en sus países de origen. Al finalizar sus estudios universitarios decidió trasladarse a Berlín. Se afilió al partido socialdemócrata alemán, considerado entonces el partido socialista más progresista de Europa. Pronto  destacó por sus dotes oratorias y sus escritos teóricos. Si bien era admirada por los líderes partidarios, al mismo tiempo sus posiciones independientes y en ocasiones contrarias a las líneas oficiales del partido, en particular en lo referente a la cuestión nacional, desencadenaron la hostilidad de esos mismos dirigentes que empezaron a considerarla una representante de posturas doctrinarias extremas. 

Dirigente insumisa y pensadora excepcional

Sin embargo, lo que provocaba el mayor rechazo era su oposición al revisionismo del pensamiento de Marx y Engels en que cayó el partido socialdemócrata alemán hacia fines del siglo XIX, su desconfianza del “evolucionismo parlamentario” y su inclaudicable oposición al belicismo y a la colaboración del partido con el gobierno imperial antes y durante la Primera Guerra Mundial. Esta última postura la llevó a la cárcel muchas veces durante la guerra y le valió ataques antisemitas por parte de los monárquicos y grupos políticos que apoyaban la contienda. Tampoco se privó de críticas constantes a los líderes bolcheviques y al devenir de la Revolución de 1917. Con todo, dirigentes históricos de la socialdemocracia alemana como Kautzki y Bebel, así como Lenin y Trotski, siguieron respetándola y considerándola una dirigente y una pensadora excepcional. “…A pesar de sus errores fue —y para nosotros sigue siendo— un águila”, dijo Lenin sobre Rosa Luxemburg en 1922.

“Vivo feliz en medio de la Tormenta”

Desde su salida de la prisión de Breslau el 8 de noviembre de 1918 hasta su asesinato el 15 de enero de 1919, Rosa Luxemburg participó activamente en los turbulentos y dramáticos acontecimientos que siguieron a la proclamación de la República alemana,  como la famosa revolución de noviembre de 1918, promovida por los partidos socialistas y los Consejos de trabajadores y soldados. Pero las diferencias de opinión acerca de la configuración de la Nueva República crearon profundas divisiones entre los sectores revolucionarios. El equilibrio de poder entre las distintas corrientes del campo socialista se sostuvo durante un tiempo, siempre acechado por las fuerzas reaccionarias del “antiguo régimen”: el ejército imperial, los grandes empresarios y los grandes latifundistas, quienes esperaban su oportunidad para restaurar la monarquía. Pero poco a poco los conflictos entre los socialdemócratas (SPD), los socialistas independientes (USPD), los espartaquistas y otros grupos revolucionarios fueron escalando. Llegaron a su punto culminante en los sangrientos combates de Navidad, donde se enfrentaron las fuerzas regulares del antiguo ejército imperial asentadas en Berlín con la División Popular de la Marina (Volks Marinen Division), que tenía su cuartel en el Castillo de la ciudad. La orden de desalojar al destacamento de la marina fue impartida por el dirigente socialdemócrata Friedrich Ebert, el hombre fuerte del gobierno provisorio – el Consejo de los Delegados del Pueblo-, que veía en los marineros rojos una amenaza a su posición y a la de su partido. La consecuencia fue la salida del gobierno de los representantes de los socialistas independientes (USPD).

Estos hechos, sumados a la consiguiente destitución del Jefe de la Policía de Berlín, integrante de la USPD, impulsada por Ebert, fueron interpretados por los socialistas independientes y los delegados de los trabajadores y soldados como un avance de la contrarrevolución. Se llamó a una huelga general para el 5 de enero y se exigió la renuncia del gobierno. En los días siguientes, grupos de trabajadores y de soldados ocuparon sitios estratégicos de la ciudad. Los dirigentes espartaquistas constituidos en el recientemente creado Partido Comunista decidieron apoyar el levantamiento popular a pesar de la evidente carencia de dirección y de la desorganización del movimiento. No obstante, Rosa Luxemburg disintió con los dirigentes comunistas porque consideraba que las condiciones objetivas no eran favorables para las fuerzas revolucionarias. Pero finalmente decidió apoyar el levantamiento. Ebert, validando el pacto que tiempo antes había celebrado con las fuerzas del “antiguo régimen”, llamó en su auxilio al ejército regular y también a las Freikorps, los cuerpos paramilitares de ultraderecha. Mejor armadas y organizadas, las fuerzas gubernamentales lograron desalojar de sus posiciones a los rebeldes y en unos pocos días los vencieron, luego de encarnizados combates en los que murieron cientos de trabajadores y soldados en ejecuciones sumarias y linchamientos.                                           

Así, en el término de poco más de dos meses, el júbilo por la finalización de la Gran Guerra y la proclamación de la república devino en las masacres que sellaron el destino de la revolución de noviembre, que aspiraba a un nuevo orden social y político que contemplara las aspiraciones de justicia de las masas. 

“El orden reina en Berlín”.

Alarmados por la campaña de calumnias e incitación a la violencia que la dirigencia socialdemócrata y sectores de la ultra reacción habían desatado semanas antes en contra de Luxemburg y Karl Liebknecht, sus amigos y camaradas los instaron a salir de la ciudad. Desoyendo estos consejos, Rosa y Karl se refugiaron en el barrio de Wilhelmsdorf en la casa de un amigo, el Dr. Markussohn, donde el 15 de enero fueron aprehendidos por una milicia local y entregados inmediatamente a la División de Fusileros de la Guardia de Caballería, uno de los Freikorps destacados en Berlín al mando del oficial Waldemar Pabst. En el Hotel Edén, la sede donde el grupo paramilitar se había asentado, fueron sometidos a maltratos durante horas, hasta que llegó la orden de que fueran ejecutados. A Liebknecht se le aplicó la ley de fuga y su cuerpo fue depositado en una fosa común. A Luxemburg la mataron de un tiro en la sien, y su cuerpo fue arrojado al Landwehrkanal, en el lugar donde se erigió el monumento en su memoria. Un día antes de su asesinato había publicado un artículo titulado “El orden reina en Berlín”, donde parece presentir su destino: 1

“… Por eso, de esta derrota florecerá la victoria futura. ¡El orden impera en Berlín! ¡Ay, estúpidos esbirros! El orden de ustedes está edificado sobre arena. La revolución volverá a erguirse hacia las altura, crepitando y se anunciará para vuestro horror a los sones del trombón: ¡Fui, soy y seré!”

Monumento a Rosa Luxemburg, Landwehrkanal, Berlín (Manfred Brückels, 2005, Wikimedia Commons)

Complicidades 

Actualmente no es posible determinar a ciencia cierta hasta qué punto el gobierno socialdemócrata estuvo implicado en el asesinato de los dirigentes comunistas. Pero de lo que no cabe duda es que Ebert y su ministro de Defensa Gustav Noske, el “perro sangriento” de la contrarrevolución, 2 impidieron que los ejecutores directos fueran condenados y que el crimen fuera esclarecido. Muchos de los perpetradores integraron luego las fuerzas de choque del nacionalsocialismo.

Franz Mehring, compañero y amigo de Rosa, escribió entonces: “Ha caído la cabeza más lúcida del marxismo después de Marx y Engels”.  

El periodista e historiador Sebastian Haffner afirma que “…los asesinatos del 15 de enero de 1919 fueron un preludio. El preludio que llevó de los miles de asesinatos de la era Ebert-Noske a los millones de muertos de la era de Hitler”.

El historiador Isaac Deutscher considera los asesinato de Luxemburg y de Liebknecht el último crimen de los Hohenzollern y el primero del nazismo.


Mario Bomheker (1948) es director de cine y escritor. Ha dirigido películas documentales y de ficción y escrito numerosos ensayos y artículos periodísticos sobre cine, arte y política.

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  1.  “Ordnung herrscht in Berlin”, Die Rote Fahne (Berlín), no. 14, 14 de enero de 1919.
  2.  Así se autodenominó Noske cuando el presidente Ebert lo designó para conducir la represión en Berlin.

Un pensamiento en “El Águila de la Revolución

  1. Hugo Echagüe
    6 marzo, 2021 a las 20:50

    Excelente artículo sobre una excepcional intelectual y militante, víctima del poder asesino que iba a desembocar en el nazismo.

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