Desmenuzando la apocalíptica: pasado, presente y futuro


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De todos los géneros literarios existentes, el apocalíptico es sin duda el que más me ha fascinado. Ya desde pequeño cuando ojeaba curiosamente la Biblia de rigor para las clases de religión, mis ojos siempre terminaban posándose en el último libro del Nuevo Testamento. Y lo que leía allí me horrorizaba y fascinaba a partes iguales. Mi yo infantil no solo veía a un Dios que eliminaba un mundo corrupto que se oponía a sus designios salvadores, sino que dragones, jinetes, ángeles, reyes y una humanidad confusa también hacían acto de presencia en sus páginas, como si de un perverso e inentendible cuento se tratase.

Las visiones de Ezequiel

Las visiones de Ezequiel

Años después, gracias al entendimiento que poco a poco se va consiguiendo con la edad, y a mis estudios de Filología Hebrea, me di cuenta de que la apocalíptica no es solo eso, aunque una parte de mi aún mira con cariño a esa visión tan fantástica e inocente. Y ahora que creo conocer el género con cierto detalle, nuevas incógnitas se plantean ante mí, como ¿cuál es el lugar de la apocalíptica judía hoy?, ¿para qué sirve adentrarse en su mundo? ¿podemos extraer algún mensaje fuera del ámbito religioso?

Dependiendo del enfoque a seguir se pueden obtener varios tipos de respuestas. Para aquellos académicos o simples curiosos que busquen entender tanto el profetismo hebreo como el cristianismo primitivo, detenerse sí o sí en la apocalíptica hebrea es una parada obligatoria. Por otra parte, los aficionados a la mitología tienen aquí un campo de trabajo realmente extenso tratando de desentrañar toda la información posible sobre dioses, seres sobrenaturales y simbología. También están los que simplemente disfrutan con lo oculto, lo misterioso y enigmático. Y otro de tantos grupos posibles estaría compuesto por los que se inspiran en los apocalipsis con el objetivo de producir nuevas manifestaciones culturales, que van desde la literatura hasta el cine, la música e incluso medios relativamente modernos como los cómics o los videojuegos. Ninguno de ellos cierra la puerta a un mundo que cuenta con adeptos desde hace más de dos mil años.

Pero para conocer la visión actual del género, es preciso volver atrás en el tiempo y conocer sus orígenes. Por eso mismo, esta primera entrada sobre la apocalíptica sirve no solo como toma de contacto, sino también para presentar el origen más puro del género.

Apocalipsis es la revelación hecha a los hombres directamente por Dios o por medio de los ángeles, de cosas ocultas, especialmente secretos divinos. Este vocablo procede del griego apokalyptein, que a su vez tiene sus orígenes en el verbo hebreo לגלות (legalot). Dichos vocablos pueden traducirse como “descubrir, revelar y desvelar”, tanto en el sentido real como metafórico.  Ahí es donde encontramos la primera paradoja de este viaje. Habitualmente se ha vinculado al término apocalipsis un aspecto oculto y extraño, pero justamente se trata de lo contrario. Por lo tanto, el objetivo de sus autores no era ocultar misterios en un libro sellado con siete sellos o custodiado por guardianes celestiales, sino el de desvelarlos, arrojando luz (siempre desde un punto de vista religioso), a los aspectos religiosos que más importaban a las personas de la Antigüedad.

Tomando como referencia este punto de partida, entonces no es de extrañar que la apocalíptica se convirtiera en un fecundo género literario entre los s. II a. C. y II d. C., (época de auge de la literatura intertestamentaria apócrifa), hasta llegar al citado último libro del Nuevo Testamento, obra apocalíptica más conocida, pero no por ello la única digna de estudio.

Los escritos apocalípticos tienden a presentar una serie de rasgos comunes:

  • La revelación procede de Dios, de los ángeles o de visiones celestiales.
  • Dicha revelación se produce a través de sueños o éxtasis. De esta manera, los videntes son transportados en cuerpo y alma a los cielos o incluso invadidos por una luz divina/espíritu santo. Están en contacto con la tierra, pero a su vez se encuentran en una dimensión distinta.
  • Su objetivo consiste en informar acerca de acontecimientos de la historia del mundo: pasada, presente y futura. Los más habituales son los siguientes:
  1. Acontecimientos pasados: La formación del mundo, los espíritus, el hombre, la caída de los ángeles, los primeros patriarcas, el diluvio y los grandes hechos de la historia ocurridos hasta el momento.
  2. Acontecimientos presentes: Elementos sobrenaturales (cielos, categorías y funciones de los ángeles, secretos astronómicos y cosmológicos, juicio de las almas, prisión de los ángeles caídos, morada de los justos y pecadores…)
  3. Acontecimientos futuros: Intervención de Dios a favor de Israel, acontecimientos mesiánicos, lucha final contra los enemigos de Israel, el regreso de las tribus, la victoria de los justos, la conversión de los gentiles y el juicio de los individuos junto con el destino del mundo y las almas.

Como puede observarse, la apocalíptica es un género poseedor de un fuerte carácter esotérico. A la pregunta de por qué revelaciones tan importantes habrían (supuestamente) permanecido ocultas tras tantos años, sus autores/compiladores afirmaban que estas debían de ser custodiadas solo por unos pocos, hasta el fin de los tiempos, momento en el que se darían a conocer al resto de la población, tal y como indican los siguientes pasajes del Libro Cuarto de Esdras:

Tú, pues, solamente has sido digno de saber este secreto del Altísimo. Escribe, pues, en un libro todas estas cosas que has visto y colócalas en un lugar oculto, y las enseñarás a los sabios de tu pueblo, aquellos que sabes que su corazón puede recibir y guardar otros secretos. (4Esd 12: 36-38.)

El Altísimo dio inteligencia a los cinco hombres, y escribieron las cosas que se decían sucesivamente en signos que no conocían. Y permanecieron sentados cuarenta días. Durante el día escribían; durante la noche comían alimento. Yo por mi parte durante el día hablaba, y por la noche no callaba. Fueron escritos en aquellos durante días noventa y cuatro libros.

Y sucedió que, cuando se cumplieron los cuarenta días, me habló el Altísimo diciendo: – Los (libros) primeros que escribiste, hazlos públicos y que puedan leerlos los dignos y los indignos: Pero los setenta libros últimos los guardarás para entregarlos a los sabios de tu pueblo. Pues en ellos hay una vena de inteligencia, y una fuente de sabiduría y un río de ciencia. Y así lo hice. (4Esd 14: 42-48).

Unido a esto se encuentra el fuerte determinismo que impregna los textos, el cual se vale de la pseudonimia de los antiguos personajes bíblicos para acreditar aún más fácilmente las profecías (algunas de ellas ya cumplidas). De esta manera se desarrolla un doble plano histórico apocalíptico:

  • Por una parte existiría una historia terrenal, en la que los acontecimientos se desarrollan sin seguir el orden, la justicia y la sabiduría divina.
  • En contraposición a la historia terrena, se desarrolla una historia celestial encargada de explicar todo el universo: Existe un plan previsto y fijado por Dios, el cual sostiene los hilos de la historia (pasado, presente y futuro), y en el que los imperios dominan el mundo temporalmente hasta el triunfo definitivo de Israel.

Paradójicamente y pese al determinismo de los textos, los autores apocalípticos no dudan en afirmar que los hombres son totalmente libres de sus actos, estando la clave de su salvación o condenación en sí mismos. Pese a esto, jamás podrán modificar el plan de Dios, el cual lo controla todo, dando lugar a un pseudodeterminismo que ha traído de cabeza a los investigadores a lo largo de los siglos.

Este primer artículo nos ha servido como introducción al complejo a la par que fascinante mundo de la apocalíptica hebrea. Se ha tratado de responder a algunas de las preguntas más frecuentes que se hace cualquiera que se acerca por primera vez a un texto de este tipo, a la vez que se han planteado nuevas incógnitas que esperan ser abarcadas en futuras entradas, como los orígenes de la imaginería habitual, su presencia en el Antiguo Testamento o la importancia de las obras apócrifas hebreas, que dieron lugar a algunos de los apocalipsis más bellos de toda la literatura judía.

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