Desmenuzando la apocalíptica: El Libro de Ezequiel


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En el artículo anterior, vimos de forma muy general de qué está compuesta la apocalíptica, su etimología, intención y lenguaje. Ya quedó claro que este género literario no gira únicamente en torno a la manida idea del fin del mundo, si bien este acontecimiento aparece referenciado constantemente en las obras enmarcadas como “apocalípticas”. De dichas obras es justamente sobre lo que vamos a tratar en las siguientes entradas, puesto que aunque estamos ante un tipo de texto cuya mayor presencia tiene lugar en la literatura apócrifa intertestamentaria, existen varios textos del Tanak (la Biblia Hebrea), que siguen a “pies juntillas” las características fundamentales del género apocalíptico, que como bien recordamos son:

  • Una serie de revelaciones en sueños o estado extático, procedentes de fuente celestial, ya sean los ángeles o el propio Dios.
  • El objetivo de los mismos es revelar acontecimientos ocultos procedentes de la historia pasada, presente o futura, con especial hincapié en esta última.
  • El lenguaje empleado es oscuro y cargado de simbolismo, si bien su objetivo no es ocultar información al destinatario, sino todo lo contrario.

El conocedor del texto bíblico rápidamente pensará en algunos pasajes proféticos que reúnan algunas de las estas características, pero hay que saber distinguir entre profetismo y apocalíptica, dos géneros separados por una barrera no siempre muy clara. Y es que hay textos proféticos con un fuerte componente apocalíptico, pero no toda la apocalíptica es profecía. Esto es así debido a que la figura del sabio profeta no es la misma en todos los libros bíblicos. Todo ello depende de si se cumplen o no las condiciones de la apocalíptica. De este modo encontramos a profetas que son apocalípticos, como Ezequiel o Isaías, mientras que otros como Amós o Jeremías no lo son debido a que o bien no cumplen con las características del género apocalíptico, o a que el influjo de dicho género es tan nimio en las obras vinculadas a estos personajes que no es suficiente para ser consideradas apocalípticas.

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Pero antes de continuar desgranando la presencia de la apocalíptica en el Tanak es preciso plantearse la siguiente pregunta. ¿Cuál es la motivación básica de sus autores para elaborar este género literario? Para buscar una posible respuesta a este interrogante es necesario echar la vista atrás en el tiempo, concretamente al regreso de los hebreos tras exilio en Babilonia (Esdras 1: 2-4). Dicha vuelta, pese a elevar al rey persa Ciro como gran amigo de los judíos y ser considerado un acontecimiento muy querido por todos, supone también una desilusión nacional, puesto que la restauración al esplendor de antaño fue bastante problemática, desmotivadora y hasta cierto punto penosa. Por ello es normal que a partir de ese momento se extendieran a lo largo de los siglos una serie de ideas de índole escatológica o cósmica que giraran en torno al esplendor que traería un futuro Mesías, a la disconformidad de algunos autores pseudoepigráficos  a la religión legalista impulsada por los líderes sacerdotales, o al retorno literario de los escribas a los textos tradicionales, cargados de épica y producto de las epopeyas de los propios hebreos y de los pueblos colindantes. De este modo se forma el caldo de cultivo perfecto para que el Tanaḵ se impregne de apocalíptica.

Así pues, si hubiera que señalar como totalmente apocalípticos a varios libros bíblicos, esos serían sin lugar a dudas los libros de los citados Ezequiel e Isaías, sin olvidar a los profetas Daniel y Zacarías, Malaquías, Abdiel y Joel.

En el caso de Ezequiel, el vínculo entre el profeta y la apocalíptica está fuera de toda duda, puesto que desde el principio el texto ya nos ofrece ese mundo “casi fantástico”, en el que se entremezcla lo onírico con lo real, como esa visión del carro divino rodeado por unos ángeles de forma imposible:

Yo veía un viento huracanado que venía del norte, una gran nube con resplandores en torno, un fuego que despedía relámpagos y en su centro como   el fulgor del electro, en el centro del fuego. En el medio aparecía la figura de cuatro seres, cuyo aspecto era el siguiente: presentaban forma humana, pero cada uno tenía cuatro caras y cuatro alas. Sus piernas eran rectas y sus pies semejantes a las pezuñas de un toro, relucientes como bronce bruñido. Debajo de las alas, en los cuatro lados, salían manos humanas; los cuatro tenían el  mismo aspecto y las alas de iguales dimensiones. Sus alas estaban juntas unas con otras; al andar no se volvían de espaldas, sino que cada uno caminaba de frente. En cuanto a su semblante, presentaban cara humana, pero los cuatro tenían cara de león a la derecha, cara de toro a la izquierda y los cuatro tenían cara de águila. Así estaban sus alas desplegadas hacia lo alto: cada uno tenía dos alas que se tocaban mutuamente, y otras dos que le cubrían el cuerpo. Cada cual marchaba de frente. Iban donde el espíritu los impulsaba, sin volverse de espaldas en su marcha.

En medio de estos cuatro seres se veían como brazos incandescentes a modo de antorchas que se agitaban de acá para allá entre ellos. Resplandecía el fuego, y del fuego se desprendían fulgores. Los seres iban y venían lo mismo que el relámpago. (Ez 1: 4-14).

Este pasaje es tan solo uno de los muchos ejemplos de lenguaje apocalíptico que pueblan los versículos de la obra. Pero las apariciones de ángeles, visiones sobre hechos ocultos y las consabidas menciones al final de los tiempos tienen su culmen en los capítulos 38 y 39, que giran en torno a la lucha de Israel contra el mítico Gog, rey de Magog:

Por eso, hijo de hombre, profetiza y di a Gog: Esto dice el Señor Dios: Sí, aquel día, cuando mi pueblo Israel viva tranquilo, tú lo sabrás y vendrás de tu región de los confines del norte, junto con otros pueblos numerosos, todos montados a caballo, una turba innumerable, un ejército poderoso. Subirás contra mi pueblo Israel como un nublado que cubre el país. Será al fin de los tiempos cuando yo te haga venir de mi tierra a fin de que las gentes me conozcan, al manifestar yo mi santidad en ti, oh Gog, ante sus ojos. (Ez 38: 14-16)

Temblarán ante mí los peces del mar, los pájaros del cielo, los animales del campo, todos los reptiles que serpean sobre el suelo y todos los hombres de la superficie de la tierra. Se hundirán los montes, caerán las rocas, todos los muros se desplomarán. Convocaré contra él terrores de todas las clases, dice el Señor Dios. Sus gentes volverán las espadas unos contra otros. Haré con él justicia mandándole peste y sangre; haré caer una lluvia torrencial, con granizo, fuego y azufre sobre él, sobre sus huestes y sobre los numerosos pueblos que lo acompañan. (Ez 38: 20-23)

Sobre los montes de Israel caerás juntamente con tus huestes y los pueblos que te acompañan, porque te he destinado como pasto a toda clase de aves de rapiña y a las fieras salvajes. Caerás en pleno campo; porque he hablado yo, dice el Señor Dios. Y mandaré fuego sobre Magog y sobre los que viven seguros en las islas, y sabrán que yo soy el Señor. Manifestaré mi santo nombre en medio de mi pueblo Israel, no permitiré que vuelva a ser profanado mi santo nombre y sabrán las naciones que yo soy el Señor, el Santo de Israel (Ez 39: 4-7)

En ellos se observan una serie de tradiciones de índole escatológica que aparecen en otros profetas apocalípticos, donde la idea principal subyacente en el texto es el juicio definitivo de Dios y la salvación de los justos. Pero para que dicha salvación llegue, antes ha de tener lugar la aniquilación de los enemigos de Israel. Dichos enemigos ostentan en ocasiones nombres históricos, como Moab o Edón, pero en otros textos, los nombres son ficticios y mitológicos, siendo Leviatán o este Gog algunos de ellos. En el caso del último, los investigadores han tratado de asociarlo inútilmente con personajes históricos opuestos al Israel de la Antigüedad, como Alejandro Magno o Antíoco Eupátor, aunque sin alcanzar nunca un consenso. Estos relatos presentan la historia desde una perspectiva cósmica, en la que, tal y como vimos en el anterior artículo, Dios recuerda a un profeta escogido que solo Él rige el destino del universo, pese a que existe la inútil posibilidad de rebelarse por parte de los hombres.

Sin embargo, toda esta fuerza de los textos no queda contenida únicamente en el propio relato. Y es que el legado de la apocalíptica en Ezequiel (ya sea el contenido referido a los ángeles, al carro de Dios o al fin de los tiempos), se extiende a lo largo de los siglos por el Apocalipsis de Juan en el Nuevo Testamento, en los manuscritos del Mar Muerto y especialmente en la literatura mística de Merkabah, formada por obras que se inspiran en diversos textos apocalípticos para transformarse en rudimentarios manuales de mística, precursores a su vez de los escritos cabalísticos medievales. Dicha influencia se observa en pasajes como estos:

Cuando se hayan cumplido los mil años, Satanás será liberado de su prisión y saldrá a seducir a las naciones que están en los cuatro ángulos de la tierra, a Gog  y Magog, con el fin de reunirlos para la batalla, en número tan grande como la arena del mar. Subieron a la superficie de la tierra, y rodearon el campamento de los santos, la ciudad armada; pero cayó el fuego del cielo y los devoró. (Ap 20: 7-9).

 Cuando el Santo, bendito sea, deseó elevarse a lo alto, envió primero a Anafiel Yahvé, el príncipe, y éste me tomó de entre ellos ante sus propios ojos y me transportó con gran gloria sobre un carro de fuego con caballos de fuego, servidores de gloria, haciéndome subir así con la Šekinah a los cielos. (3Hen 6: 1).

En definitiva, el Libro de Ezequiel es tan solo una de las distintas obras apocalípticas que aparecen en la Biblia Hebrea, pero posiblemente esta sea una de las que más trascendencia ha tenido para el género a nivel general, puesto que su legado rebasa al propio Tanaḵ, inspirando a manifestaciones posteriores a lo largo de los siglos, hebreas, cristianas, literarias o incluso pictóricas, pues la fuerza arrebatadora de sus pasajes evoca unas sensaciones que aún sacuden a muchos de nosotros, sin importar los siglos que hayan pasado desde su composición.

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