De L’Empordà a Haifa, Dalí y el mundo


Por

Resulta complicado definir a personalidades significativas de la historia, aun más si
hablamos de artistas dedicados a técnicas abstractas, surrealistas o intangibles. Salvador
Dalí es muestra de ello. Para muchos era la máxima manifestación del arte, considerado
como el más brillante y transgresor creador de todos los tiempos, significa del mismo
modo una figura incorrecta, avariciosa y cobarde. No cabe duda que el nacimiento del
personaje de Dalí nunca ha dejado indiferente absolutamente a nadie, a ningún estrato
social, a todos, de alguna manera u otra, su expresión no nos ha pasado inadvertida.
Comprenderlo significa llevar a cabo un acto de tolerancia y amplitud visual. Situarse e
interpretar su carácter y sus acciones, es partir de la premisa que su forma de
razonamiento era exclusivo e inalienable y liberado de normas o ideologías sociales. En
esencia, su universo particular, en el que estuvo sumergido toda su vida, marcaba una
diferencia sustancial del resto de sus coetáneos.

En cuanto a su formación intelectual se podría decir que Dalí era alguien profundamente
culto, sus conocimientos sobre arte eran casi enciclopédicos, siendo alumno de la Real
Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, llegó a marcharse de un examen
por considerar saber más sobre el tema que todos los profesores juntos; desde la
adolescencia participaba de acaloradas discusiones políticas con su padre; y Gala, su
esposa, le abrió las puertas a altos niveles históricos, filosóficos y literarios, que
probablemente, nunca habría alcanzado por su cuenta.

Considerando su bagaje cultural y su discernimiento sobre una amplio abanico de temática
político-social, siempre ha resultado peculiar pensar en la relación que mantuvo con el
mundo y cómo expresaba la visión que tenía del mismo. Cuando se pronunciaba sobre
una materia solía haber detrás alguno de estos objetivos: escandalizar y extrapolar su
imaginario al mundo real, aunque a menudo llevaba a cabo ambas acciones a la vez. Y es
que para él, no era tan importante integrarse con sus contemporáneos como posicionarse
entre los más grandes del arte. Es decir, nunca buscó ser un héroe, ni lo pretendió, esto
no estaba en su lista de prioridades. De hecho no lo fue ni por casualidad.

Las circunstancias históricas que vivió, como la II Guerra Mundial o la Guerra Civil
española evidenciaron conductas ajenas a una directa implicación política, algo que sí se
esperaba de los intelectuales de la época como fue el caso de Lorca, que afrontó sus
ideales hasta el último momento.

Cuando antes se menciona que su razonamiento y expresión eran puntos de vista
puramente exclusivos, esto se refiere a que a Dalí, sólo le importaban los símbolos que
impactaban en su mente, sin preocuparle de qué fuente podían beber, porque sus ideales,
patrones o estereotipos no estaban sujetos a ninguna ética o moral presente en la
sociedad, simplemente se regía por la estética que le impresionaba, y en consecuencia,
ciertas imágenes llegaban a obsesionarle de tal modo que, según su propio argot,
alcanzaba a sublimarlas. Como puede ser ejemplo, el caso del Angelus de Millet.

En esa ocasión, la visión del Angelus, se retuvo en su mente de forma que realizó un
exhaustivo análisis de los elementos dispuestos en el cuadro, todos ellos relacionados con
el inconsciente y las teorías de Freud.

Más allá de lo mencionado, en la obra vio “algo” que escapaba al ojo humano, y eso era la gestualidad de los personajes (dos campesinos, un hombre y una mujer) de corte afligido
delante de un cesto de patatas.

Del lenguaje no verbal de la pareja sacó la conclusión de que éstos debían estar haciendo
algo más que mirando hacia al suelo; Dalí pidió analizar con rayos X el cuadro, y
efectivamente, detrás de capas de pintura, se afirmó que Millet pintó inicialmente un bebé
dentro de un pequeño féretro, y por lo tanto los campesinos estaban enterrando a un
niño, a su hijo. Con esta anécdota se evidencia que Dalí traducía los símbolos, los signos,
el lenguaje no verbal y los sentimientos en su arte, más allá de lo socialmente establecido.

Todo esto es propio de un genio, no cabe la menor duda de su infinito talento y lo especial
que podía llegar a ser. Pero por otro lado, ejercer siempre este modus operandi, resultaba
frívolo, o al menos lo fue durante las circunstancias históricas que vivió y que sin duda
marcaron su vida y la de millones de personas. Tal vez no lo pudo evitar, él era así.

Durante la II Guerra Mundial, paradójicamente fue cuando más elaboró su personaje
entorno a su peculiar imaginario, consolidando la figura de Dalí. Sus alegaciones
resultaron superficiales y desafortunadas, pero en su universo eran totalmente lógicas con
el surrealismo. Hitler, para él, fue la representación de un símbolo que le obsesionaba por
motivos meramente estéticos (como la puesta en escena de sus fanáticos y estruendosos
discursos, sus aberrantes actos, el despliegue de sus fuerzas armadas, el radicalismo e
inflexibilidad de su ideología…etc) y freudianos (por visualizar al dictador como una mujer
y por relacionarlo, a su vez, con el recuerdo tiránico y dictatorial de su propio padre). Las
declaraciones que hizo acerca del líder nazi fueron también motivadas para escandalizar al
resto de artistas que conformaban el movimiento surrealista. Y efectivamente André
Bretón decidió expulsarlo del grupo por “glorificar la figura de Hitler”.

No entendieron que su discurso no era político, como sería lógico para muchos, ellos
tampoco no comprendieron como mientras un dictador sumía Europa en el caos, él sólo
podía hablar desde su mundo propio, para provocar polémica, y seguramente así también
hacer que su nombre estuviera en boca de todos.

Dejando de banda, su falta de obligación moral en aquel entonces por expresar de forma
lógica cualquier sentimiento humano y solidario hacia el episodio bélico, él era único e
incorrecto, y ante todo controvertido, y a pesar del desconcierto histórico, tiró recto para
forjar siendo el personaje de Dalí. Aunque todo ello no significaba que no se vinculara con
los acontecimientos, sólo los retrataba con su pincel y ante todo, a su manera.

En la obra El Enigma de Hitler, muestra la sensibilidad que concierne a lo terrible de la
guerra y desdibuja un panorama lleno de devastación, muerte y hambruna, cuyo culpable
directo señala a Hitler con la inclusión de una foto del mismo tamaño carnet en el cuadro.
Si en algún momento tuvo alguna afinidad real con los ideales de Hitler, sus expresiones
podían haberse visto reducidas en su contra porque el dictador declaró con rotundidad
que los artistas contemporáneos debían ser exterminados.

Y cuando Dalí ya había pasado a la posteridad como el personaje histórico que más dudas
suscitó entorno a una supuesta sintonia con la extrema derecha (nazismo), su acatación
del régimen franquista y su agrado por los símbolos católicos, se mostró a principios de
marzo de 2013 una exposición en Haifa, que finalizó el pasado 6 de abril del mismo año y
donde las obras expuestas demuestran empatía con el dolor del pueblo judío en diversos momentos de su historia, eso para sorpresa de todos los que daban crédito a las voces
más críticas y a los juicios de valor preestablecidos.

Plasmó en unas aproximadamente 500 obras de arte, no exclusivamente pictóricas, duros
episodios del judaísmo por ejemplo, la Shoá.

En torno a estas temáticas, representó el dolor de pérdidas humanas, de éxodos, de
pasajes históricos y de guerras.

Su regreso a casa, durante el Franquismo, no fue motivado por una afinidad ideológica en
absoluto. Él tuvo que regresar a su imaginario, a su Empordà, al lugar donde empezó
todo, el escenario de su mundo que tantas veces pintó en sus cuadros y al presentarse la
ocasión, en el momento oportuno, volvió. Y cuando estuvo en medio del la dictadura
española, lo único que hizo fue adaptarse al medio y “disfrutar” del panorama. Así que
sacó a relucir otra vez su fascinación por pintores barrocos como Velázquez, y su
admiración por cómo dominaban la técnica de las luces y de las sombras. Llegando él a
sublimar dicha técnica, hasta tal punto de ser considerado como el último hombre del
barroco. Declaró su admiración por la obra religiosa puramente católica (la única religión
confesable en el Franquismo). Se impresionó por la fastuosidad del poder exhibido en sus
imágenes, las cruces, sus riquezas, por las dimensiones de arquitectónicas y de sus
signos… de ello, ¿se puede concluir que era ultra católico? No, él sólo hablaba de arte.
Se pronunciaba sólo por lo que le atraía, cuando conectaba con sus propios cánones
artísticos, entonces eso era transformado en su propia expresión.

A ojos del mundo, ejerció una actitud, poco fraternal con el resto de los humanos, pero él
no se consideraba como tal, estaba por encima de todo: del bien y del mal.

La exposición en Haifa fue un regalo y un descubrimiento e incluso un alivio sentir que con
la producción de una obra relacionada con el judaísmo, él no era antisemita, ni odiaba a
ningún colectivo, ni era partidario de guerras ni devastaciones, ni de extremos, ni
radicalismos. Fue una grata sorpresa afirmar que Dalí sólo era Dalí.

“Yo empecé haciendo cosas extravagantes y me lo acabé creyendo. Quizá tenía genio;
pero no lo sabía;… Que soy un genio, es decir una mezcla de estructuras muy
complicadas con cierto don angélico, lo vi claro en la estación de Perpignan. Allí también vi
la tercera dimensión, por su superposición de lentes parabólicas, como en un ojo de
mosca. El descubrimiento de esta tercera dimensión para la pintura es mas importante que mis obras de arte.”

“Yo no tenía ninguna «razón surrealista» para no tratar a Lenin como un tema onírico y
delirante. Muy al contrario. Lenin y Hitler me excitaban al máximo. Hitler más que Lenin,
por supuesto. Su espalda regordeta, sobretodo cuando le veía aparecer en su uniforme
con cinturón y su tahalí de cuero que apretaban sus carnes, suscitaba en mí un delicioso
estremecimiento gustativo de origen bucal que me conducía a un éxtasis wagneriano.
Soñaba a menudo con Hitler como si se tratara de una mujer. Su carne, que imaginaba
blanquísima, me seducía. Pinté una nodriza hitleriana haciendo calceta sentada en un
charco de agua. Se me obligó a borrar la cruz gamada de su brazalete. Esto, sin embargo,
no me impidió proclamar que Hitler encarnaba para mí la imagen perfecta del gran
masoquista que desencadenaba una guerra mundial por el solo placer de perderla y de
enterrarse bajo las ruinas de un imperio: acto gratuito por excelencia que hubiera debido
suscitar la admiración surrealista, ¡por una vez que teníamos un héroe moderno! Pinté El enigma de Hitler que, fuera de toda intención política, resumía todos los simbolismos de
mi éxtasis. Breton se sintió ultrajado. No quiso admitir que el amo de los nazis no era para
mí más que un objeto de delirio inconsciente, una fuerza de autodestrucción y de cataclismo prodigioso»


Angelus (de Millet)

El Enigma de Hitler

The Servant of the Disciples at Emmaus, 1960 (expuesto en Haifa)

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