Conversaciones con el padre de Anna Frank


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El 4 de agosto de 1944, Anna Frank y su familia fueron arrestados y deportados al campo de concentración de Westerbork (Holanda), desde donde pocas semanas después fueron trasladados a Auschwitz. Posteriormente, Anna fue destinada junto a su hermana Margot al campo de concentración de Bergen-Belsen, donde ambas perecieron en marzo de 1945, poco antes de la liberación. El único sobreviviente de la familia fue Otto Frank, su padre, un judío alemán asimilado nacido en Frankfurt del Meno en 1889.

El libro que hoy les presento, “Lo que tenemos por hacer nunca terminará”, recoge dos interesantísimas conversaciones que mantuvieron Arnoldo Foà en 1967 y Arthur Ungar en 1977 con Otto Frank. Contiene además una entrevista con Miep Gies, una empleada vienesa de Frank que, junto a su marido y a otros holandeses también empleados en Opekta, hizo posible la subsistencia de la familia durante su reclusión. Fue ella quien encontró el diario de Anna tras el arresto, quien lo escondió y lo conservó para entregárselo personalmente a su retorno. Sólo cuando tuvo la certeza de que había fallecido, Miep Gies entregó el diario a su padre.

2014-07-10 portada

Ambas entrevistas con Otto Frank, pero especialmente la que tuvo lugar con Arthur Ungar en su propia casa en Basilea (la cual ocupa la práctica total extensión del libro), tienen un carácter marcadamente distendido y familiar. En esta ultima conversación, por ejemplo, interviene frecuentemente su segunda esposa, Elfriede Frank, también superviviente del Holocausto, quien en repetidas ocasiones lo amonesta cariñosamente por su falta de memoria (Otto Frank tenía entonces casi 90 años), bromea con él y atiende a su interlocutor como si de un viejo amigo de la familia se tratara. Es tal la amenidad de la lectura que parece que estuviésemos escuchando una entrevista radiofónica, en la que incluso se puede apreciar el tintineo de las tazas al servir el té o el ajetreo de la señora Frank en la cocina.

En esta extensa conversación, Otto Frank responde a las numerosas preguntas de Arthur Ungar de tal manera que poco a poco se va tejiendo la crónica de su familia, una familia judía alemana que en 1933, tras el ascenso de Hitler al poder, decidió emigrar a Ámsterdam. Nos cuenta cómo a raíz de la invasión nazi de Holanda tuvieron que refugiarse en la parte trasera de la casa con todas las complicaciones que ello conllevaba teniendo en cuenta que contaban con reanudar tarde o temprano su vida cotidiana, con retomar los negocios y reemprender las clases en el colegio. Fue en ese reducido espacio donde Anna escribió buena parte de su diario.

Pero a parte de todos estos detalles que ya muchos conocemos, Otto Frank, el padre de esa niña de quien él afirma que sólo llegó a conocer realmente tras leer su diario, nos informa de cómo vivió ella la reclusión, de cuánto la molestaba ser sorprendida mientras escribía, de cómo era su relación con la familia, y de tantos otros temas que aquí me resulta imposible siquiera mencionar.

Hablando de sí mismo, nos cuenta cómo, tras leer el diario, asumió lo que para él era una especie de “misión”, de cómo entendió el diario de Anna como un testamento cuya finalidad debía ser trabajar por la paz y la comprensión mutua de los pueblos. Por esa misma razón creó también la Fundación Anna Frank, cuyo propósito es trabajar contra el antisemitismo y contra el racismo de cualquier índole. Según afirma, eso es lo que Anna hubiera querido.

Finalmente, quisiera apuntar que a mi me ha conmovido especialmente la inquietud que Otto Frank manifiesta de forma reiterada por el hecho de que algún día pueda llegar a perderse la memoria del Holocausto. No la existencia del Holocausto, pero sí, como él dice, la memoria de cuán malo fue.

Este librito, que en definitiva es una lección de vida, ha sido publicado en junio de 2014 por la editorial Confluencias.

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