“Las fronteras son una invitación a ser transgredidas”: entrevista a Mirta Kupferminc


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Mirta Kupferminc nació, vive y trabaja en Buenos Aires. Es hija de padres inmigrantes, sobrevivientes de Auschwitz. Sus temas son los derechos humanos, la identidad, la migración, y la memoria. Expone a nivel local e internacional desde 1977, ha realizado más de 100 exposiciones individuales y ha recibido múltiples premios y reconocimientos. Sus obras se pueden encontrar en colecciones y museos internacionales. Colabora en Judeografies, el nuevo número de la revista Mozaika, y es la autora de la obra que aparece en su portada.

Claudia Waldman, revista Mozaika: Mucha de su obra se centra en el tema de la memoria, y explica que la memoria de su familia tiene un peso muy importante en su autocomprensión y en su identidad artística. ¿Cómo describiría su relación con la memoria? 

Mirta Kupferminc: Uno entiende mucho tiempo después qué es lo que está haciendo ya desde mucho antes. Cuando me tengo que presentar, tengo que partir de mis padres. Esto ya habla de un posicionamiento en la vida hacia cosas que me pasaron en mi propia vida y mucho antes de que yo naciera. Yo nací como hija de inmigrantes refugiados en Argentina, sobrevivientes de Auschwitz. Mi mamá es húngara, mi papá es polaco. En mi casa se hablaba alemán, porque era la única lengua en común que tenían. A mis padres no les gustaba el alemán, pero no tenían ninguna otra lengua en común. Es decir, yo crecí como extranjera dentro de mi propia casa, porque no entendía ni el húngaro ni el polaco (lenguas de sus países de origen), ni el alemán, que lo hablaban mis padres para que yo no los entendiera. A mi hermana y a mí nos hablaban en un muy mal español (lo mejor que sabían) porque querían que fuéramos argentinas. Mis padres querían de verdad inmigrar. Querían disfrutar de esta nueva América, de la nueva tierra donde habían llegado.

Entonces, la lengua, el idioma, la extranjerización, el sentirme diferente, es algo que a mí me constituye desde siempre. Aquí creo que sí juega la personalidad, y a la vez la trasmisión del sobreviviente. Esto lo podría haber vivido como un peso horrible y una desubicación en el mundo. Sin embargo, yo siento que soy una ciudadana del mundo. Tal vez eso también explica porque trabajo desde hace muchos años en muchos lugares del mundo. No siento las fronteras como una limitación real, sino como una invitación a ser transgredidas.

CW: Me interesa mucho cómo desarrolló esta perspectiva. No sé si sus padres les hablaban a Uds. sobre sus experiencias, o si hubo alguna influencia que la llevara a pensar así. 

MK: Yo crecí añorando y deseando a abuelos que veía en otros chicos, en vecinos, en amigos. No teníamos tíos, no teníamos primos, no teníamos abuelos, no había ninguna familia. Los familiares que sobrevivieron vivían lejos, en Israel o en Hungría. Cuando yo era chica, los imaginaba como de lata, o diferentes, como si fueran marcianos, porque no había ningún contacto y mi fantasía volaba. El único círculo de amistades que nos rodeaba eran todos sobrevivientes inmigrantes que vinieron en el barco, muchos de ellos con mis padres, que hicieron amistad y hermandad con mis padres. Ellos, especialmente mi papá, tenían una actitud muy diferente a la del resto de los sobrevivientes que estaban cerca. Esto lo recuerdo: se reunían los fines de semana y jugaban a las cartas, al rummy. Cuando entrábamos los chicos, era muy común que alguno de [los adultos] dijera: “¡Sss, sss! ¡No hablen más, que están los chicos!” Y mi papá decía: “Al contrario, tienen que saber. Tienen que conocer la historia para que no vuelva a pasar”. Igual la sensación es que hubo muchas cosas no dichas. 

CW: Parte de mi familia también eran judíos argentinos; mi abuelo lo es. Me interesa mucho su experiencia porque creo que la actitud que esa parte de mi familia tenía hacia el Holocausto era muy diferente. 

MK: Claro. Esto es lo más común. Era más mi papá que mi mamá el que quería hablar. Sin embargo, yo estoy segura, y me consta además, que hay muchísimas cosas que eran tan dolorosas que no se hablaron. Por ejemplo, cuando mi papá murió, yo estaba recién casada: me casé muy jovencita. A mi primer hijo le puse de primer nombre Daniel. [Mi hijo] nació varios años después de que había muerto mi papá. Un día en mi casa, cuando mi bebé tenía quince días, mi mamá de pronto dice: [suelta un soplo]. Digo: “¿Qué te pasa?” Dice: “Me parece que el bebé de papá se llamaba Daniel”. Digo, “¿Qué bebé? ¿De qué papá?” 

Resulta que – imaginate de cuantas veces lo conté, todavía hoy se me pone piel de gallina – mi papá había tenido una primera esposa y un bebé de seis meses que se llamaba Daniel, y que los mataron en Auschwitz. Había nacido en el gueto de Lodz. Mi papá nunca, nunca me habló del tema. Me surgió un enojo terrible con mi papá. Le pregunté a mi hermana, que es tres años y medio mayor que yo, si ella lo sabía, y ella me dijo que lo sabía. Puede ser que ella lo supiera o que lo hubiera escuchado. Claramente, no era un tema del que se hablaba. Nunca se recordaba a ese bebé, a ese medio hermano, que nació, vivió, lo mataron, y ni siquiera gozaba de un recuerdo, de un nombre. Nadie lo nombraba. A mí esto me impactó tan fuertemente… 

Tenía treinta años. Seis meses después de enterarme de esto, hice un grabado que se llama Fantasmas en el Ghetto de Lodz (en memoria de Daniel Kupferminc). No sabes lo que me costaba escribir el nombre, porque era mi apellido con el nombre de mi hijo. Fue horrible la sensación, pero lo hacía como un ejercicio, el nombrar. El director del Museo Judío de Buenos Aires conocia esta obra y el museo argentino regaló ese grabado al Museo del Holocausto de Washington. 

Fantasmas en el Ghetto de Lodz (en memoria de Daniel Kupferminc)

Mi hermana, en un viaje a Israel, les contó qué pasó a las hermanas de mi papá que sobrevivieron y vivían en Israel. Resulta que las hermanas de mi papá sabían y estaban en contacto con la hermana de la primera esposa, mamá de Daniel. Ahí se empezó a hablar: nos enteramos de cómo [la] mataron, y de cómo mataron al bebé. De cómo fue toda la historia…es toda otra nota, y ahora no voy a entrar en eso. Pero quiero decir, que el arte fue un vehículo para mí, y es un vehículo para la sociedad, para empezar a abrir situaciones muy dolorosas que, si no es a través de la metáfora del arte, uno no puede entrar fácilmente… 

Hoy por hoy, siento una responsabilidad. Siento una responsabilidad porque los protagonistas directos se están muriendo – mi mamá va a cumplir 97 años – y ya hay muy pocos sobrevivientes. Creo que a mi generación se le dice “la segunda generación” de sobrevivientes, como si antes de mis padres no hubiera habido nada. Pero sí hubo. Hubo una historia, hubo gente que tenía un nombre y merece un recuerdo. Eso es lo que yo siento como artista: la responsabilidad de seguir hablando en nombre de todos ellos. 

Hace exactamente quince años, me invitaron a Polonia y a Alemania para hacer una exposición. Viajé con mi hijo, que tenía veinte años en ese momento. Entonces mi hijo me dijo: “Yo quiero ir a Auschwitz también”, y yo le dije: “Bueno, está bien, vamos”. Alquilé un departamentito para una noche en Cracovia. Cuando entré en la oficina para retirar las llaves del departamento, me atendió una jovencita de tu edad, hermosa, polaca. Me dijo: “Qué apellido, ¿de dónde es?” y yo le contesté: “De aquí”. Mi hijo empezó a enojarse conmigo, a ponerse nervioso. Me dijo [la chica]: “Qué raro, porque no suena polaco”. Le dije: “Ah, ¿no te suena? Qué raro, porque aquí había muchos Kupferminc. Pregúntale a tu abuelo, seguramente a él le va a sonar”. Ahí mi hijo se fue de la oficina hacia abajo. Cuando bajé, mi hijo dijo: “Sos insoportable, no te aguanto más”. [Con todo esto] quiero decir: es una misión para mí, una obligación, el contar. Y contarle a la generación siguiente. 

CW: ¿Qué relación tenía con el judaísmo de pequeña? ¿Ha cambiado a lo largo de los años?

MK: Ha cambiado mucho. Mi papá creció en Polonia en una comunidad más rural, más simple. Hablaba yiddish y tenía una educación judía más popular (como la mayoría de los judios de Polonia). Mi mamá era más aristocrática (como muchos húngaros que conozco). Pertenecía a una de las seis familias judías de un pueblo llamado Sárosd. Aspiraba a una educación refinada. No sabía yiddish (ya que muchos húngaros no hablaban yiddish, eran muy nacionalistas y se sentían muy húngaros). A mí me mandaron mis padres a un colegio inglés [en Buenos Aires]. Jamás fui a un colegio judío. Fui a un colegio inglés y evangélico, porque era el mejor colegio del barrio en donde vivíamos y porque para mis padres, especialmente para mi mamá, era muy importante que habláramos inglés. Las celebraciones [judías] se hacían en casa de una tía de mi papá, la tía Esther, hermana de mi abuela paterna, que había llegado a Buenos Aires muchos años antes de la Shoá. A mi hermana y a mí nos encantaba ir a su casa porque era el único aroma a familia que había. 

Siempre fui muy conversadora. Recuerdo cuando yo tenía nueve años y estaba viajando en el ascensor con una vecina de 16 años que era madrijá (líder de una institución judía). Le pregunté: “¿Adónde vas?” y me dijo: “Voy a Ramah, en donde se reúnen chicos y hay actividades interesantes y recreativas. Si querés, un día te llevo”. Ella les pidió permiso a mis padres y empezó a llevarme los sábados por la mañana. Ahí empezó otro aspecto y otro contacto con una educación [judía]…

Sí nos sentíamos judíos (ibamos a un club de judios inmigrantes de la Europa central), pero como dije, mi hermana y yo estudiabamos en el instituto Evangelica Americano, en Villa del Parque. Mi papá nos decía: “Cuando todos rezan el padrenuestro, Uds. escuchan con mucho respeto, pero calladitas se quedan y no rezan, porque nosotros somos judíos.” Yo soy muy, muy, muy muy judía ,pero no religiosa, sino cultural. Soy una judía spinoziana: yo creo en la humanidad y creo en el misterio. Creo en lo que no entiendo, no en otra cosa. No soy dogmática en ningún aspecto de mi vida.

CW: Aparte de la memoria y su sentido de la responsabilidad, ¿hay algún otro hilo conector entre los proyectos o las ideas que más le motivan o emocionan? 

MK: Sí. Tengo una identidad muy posicionada en representar la unión de mi identidad judeoargentina, o argentinojudía, la lengua española y las raíces. De ahí todo mi trabajo e investigación, junto a Saúl Sosnowski, sobre Borges y la Cábala, además de muchos otros temas. 

Mi universalidad en el arte se relaciona con una frase de Tolstói, que dijo: “Describe a tu aldea y serás universal”. En mí, esto fue así, con una resonancia de identidad tan bien plantada que vivo con una sensación de certeza en el universo. Yo sé qué es lo que estoy haciendo. 

Una vez, un rabino muy brillante, Baruj Plavnick (que lamentablemente acaba de fallecer, víctima del Covid-19), a quien yo solía consultar y pedirle que me enseñara cosas que quería entender, me dijo: “Mirta, ¿por qué trabajás tanto los sábados? El sábado es el día que Dios se reserva para pensar, para rezar, , es el día de descanso”. Yo le dije: “Es que el sábado no tengo alumnos, no recibo llamadas en el taller, nadie me molesta y estoy tranquila”.

Entonces, un sábado, cuando yo estaba en el taller trabajando con un libro sobre Borges y la Cábala, era tal la emoción que sentía en lo que estaba trabajando, escribiendo tres letras hebreas que había estudiado…casi una emoción mística, que me fui a la computadora, que está prohibido en sábado, le escribí un mail al rabino y le dije: “Hoy es sábado, hoy es Shabat, estoy haciendo esto, esto y esto; dibujando esto, esto y esto y escribiendo. Nada de eso se puede hacer.” Pero continué escribiendo en el mail: “Es tan grande la emoción que yo siento que si esto que estoy haciendo no es rezar, vas a tener muchos problemas en poder hacerme entender qué es rezar.” A eso voy. Yo tengo muy clara la sensación de cuál es mi rol en este lugar, y los dogmas no me interesan. 

Borges y la Cábala: senderos del Verbo

CW: Le quería preguntar por el monumento en homenaje a las víctimas de la AMIA. ¿Cómo fue el proceso de concebir y realizar este proyecto? ¿Qué quería transmitir?

MK: Sobre este monumento vinieron a verme poco después del atentado. Yo dije que obviamente no cobraría ni un peso. Con algunos temas no tomo dinero. [Les] dije: “Pero yo nunca hice nada para estar en la intemperie. Yo no soy la persona indicada. No sé cómo hacer algo que se sostenga en la intemperie. Puedo tener muchas ideas, pero…” y quienes me lo encargaron me dijeron: “Algo ya se te va a ocurrir”. Tenían razón. 

Llamé a un amigo arquitecto, Andrés Segal, y decidimos trabajar juntos. [Para el monumento] usamos una madera de argentina, quebracho. Es una madera muy argentina, durísima. [Quisimos] usar madera porque sale de la tierra, porque es un elemento vivo. La característica que tiene esta madera es que, si bien es muy resistente, envejece y se le ve el paso del tiempo. Es muy orgánica. Empezó el monumento siendo rojo y hoy es casi negro,. 

[El monumento] son pilares de pie, y cada uno tiene el nombre de una de las víctimas. Había dos víctimas que todavía no se habían encontrado, y hay dos pilares vacíos, que después en uno se grabó el nombre cuando se supo. Son todos diferentes, todos distintos. Los nombres están puestos sin orden ninguno, totalmente aleatorio, porque no hubo ningún orden a quien le tocó. En la parte inferior de la base, los pilares están unidos porque tuvieron un destino común. Están atornillados a un círculo de mármol ancho, que está levemente separado del piso porque aún los muertos no pueden descansar. Tiene un triángulo marcado en las 9:53, que es la hora que estalló la bomba. Alrededor, dice: “Justicia, justicia perseguirás”, que es, además, el lema fundante de Memoria Activa, que fue la organización que me lo pidió. Tiene una forma que, si vos imaginariamente continuás las líneas, abraza el Palacio de Tribunales. Ese es el diseño original. Ahora lo movieron un poquitito, pero el concepto era ese. Parándote adentro del Palacio de Tribunales, sale como un vector de búsqueda, como una flecha. Eso fue lo inicial, y se pudo inaugurar solo dos años después del ataque, en 1996. Fue vandalizado varias veces y siempre lo restaure armando equipos de estudiantes de escuelas secundarias, para que me ayudaran y entendieran el significado simbólico de la obra y el sentido que tiene para la sociedad.

Monumento en memoria a las víctimas del ataque terrorista a la AMIA. Plaza Lavalle, Buenos Aires.

CW: Entre las otras obras suyas que he podido ver, he visto que hay dos elementos muy recurrentes, entre otros. Estos son el cuerpo humano – las manos, las huellas dactilares, la piel – y también la palabra escrita como arte, sea en letra latina o hebrea. ¿Es una decisión consciente recurrir a estas formas, y por qué?

MK: Yo creo que nada es inicialmente consciente: “Voy-a-hacer-tal-cosa”. Diría que la mayoría de las veces quiero hacer tal cosa, y la mayoría de las veces no me sale lo que quiero. Yo le creo a mi obra más que a mí y la sigo, le “hago caso”. Yo converso con lo que sale, porque habitualmente la obra se equivoca menos que yo, porque yo querría ser alta, rubia y de ojos azules, y tampoco me salió nunca. Entonces, yo sigo y me reservo, voy leyendo, voy siguiendo y voy entendiendo quién soy. 

Pero está muy bien lo que vos notás. Por ejemplo, las manos. Para mí, las manos son un mapa de vida. Uno de mis proyectos se llama La palma de mi mano. Son palmas de manos de escritores atravesadas por sus textos, por la palabra justamente. Y la palabra hecha arte, que no es solo letras hebreas y letras latinas, sino que en las obras de Universo Distante, por ejemplo, esa red que parece un alambre de púa es el primer artículo de la Declaración de Derechos Humanos traducida en muchas de las lenguas de los pueblos migrantes contemporáneos. Eso lo escribo, lo convierto en un calado, lo imprimo y el concepto es: “muchas otras lenguas”…

Clamor en el desierto es [otra] instalación que hice ahora durante la pandemia en el Jewish History Museum de Arizona. Elegí el título de Clamor en el desierto porque es igual en inglés, Clamor in the Desert. Son las mismas palabras. Habla [principalmente] de los inmigrantes mexicanos, porque el museo [se encuentra en] el lugar de la frontera donde está el muro. Por eso también está hecho con alambre y rejas metálicas, con muchos de los mismos materiales con que se construyen los cercos, y entre los textos que aparecen en la instalación [se encuentra] también la primera frase de la Declaración de Derechos Humanos, en 150 idiomas diferentes.

Clamor en el desierto

Mi trabajo artístico suele tener por detrás una gran investigación: por eso estoy también en el Memory Studies Association. (Si bien es más para académicos o teóricos que tratan temas de memoria, a mí me nutre ese aprendizaje.) Hablo y doy conferencias, porque la palabra también me atraviesa, siempre a través de mi obra. 

CW: Antes ha dicho que se considera una artista universal. ¿También busca conectar con un público universal, o hay algún público en concreto que siempre busque? 

MK: Yo decidí, ya hace muchos años y por todos los motivos que hablamos antes, [que] yo cuento mi verdad. Soy muy honesta conmigo. Yo no miento; principalmente, no me miento a mí misma. No tengo una obra para un público judío y otra obra para otro público. Mi obra es mi obra. Los que se acercan, se acercan, y los que no, no. 

Hace muchos años, gané el primer premio de un concurso muy importante en Argentina, el Salón Nacional de Grabado. Mi hijo mayor era bar mitsvá ese año. Hice la obra representando a mi hijo mayor con su torso desnudo, solo cubierto con su talit (manto ritual) y los tefilín (objeto litúrgico) en la frente y en el brazo. Era una obra enorme, un grabado, digamos que como obra gráfica era de un virtuosismo importante. Años después, uno de los jurados – no había nadie judío en el jurado – me encontró en la calle y me dijo: “Mirta, qué fuerte que era esa obra que hiciste. ¿Qué tenía ese joven? ¿Un tornillo en la cabeza?” Es decir, ellos premiaron la obra gráfica y no la entendieron. Y a mí no me molesta para nada. 

Sobre tu brazo, sobre tu frente

CW: ¿Hay algún proyecto que aún no haya realizado y que le gustaría mucho poder hacer?

MK: Muchísimos, muchísimos. ¡Todos! Yo soy una mujer grande, pero tengo una pasión y un deseo de vida demasiado grande. Estoy muy feliz de tener, por ejemplo, algunas cosas planeadas para el 2022,…Siempre tengo algún proyecto. [Aún así] hay muchas cosas que me gustaría hacer. 

CW: Ha tenido una carrera muy larga y ha podido realizar exposiciones individuales en muchos países. ¿Cómo definiría el éxito? 

MK: El éxito, a ver… Yo me siento muy exitosa, porque me va bien, porque también me buscan para proyectos, me invitan. Eso me llena de emoción, me honra muchísimo. Siento que el éxito es poder crear lo que me representa y sentir que eso mismo también representa a otros. Poder participar y que mi obra circule y tenga el reconocimiento de mis pares me llena de emoción.

No uno el éxito a las ventas, al menos en Argentina, que es un país con un mercado muy chiquitito. No es que no venda; yo vivo de mi trabajo y tengo un taller enorme, pero también doy clases a muchos artistas profesionales. Eso también, para mí, es una sensación de éxito, parte de mi trabajo que me permite sostener todo esto. A mí me honra que me tengan como referente artistas a quienes yo respeto mucho. 

Me siento muy exitosa, pero no quiere decir que no vea todo lo que me gustaría tener y no tengo. Te voy a decir algo más, siguiendo a Borges. Él tiene un hermoso poema que se llama “Límites”. Ayer cumplí 66 años. Yo también ya tengo un límite y veo ese límite. Yo ya con plena consciencia sé que hay algunos lugares adonde seguramente no voy a llegar… 

El arte y el mundo del arte son como un iceberg. Hay maravillosos grandes artistas que siempre permanecen abajo, y hay puntitas que se van viendo. Yo no siento que estoy en la puntita, pero ya no estoy adentro del agua tampoco. Ya puedo respirar y me siento muy satisfecha con el recorrido. 

La entrevista ha sido editada por motivos de espacio y claridad.


 

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