Agujerear la oscuridad: combatir el genocidio desde el aquí y el ahora


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Esta conversación entre el historiador Josep Maria Lluró y el poeta y traductor Arnau Pons, traducida del catalán por Josep Maria Lluró, fue publicada previamente en el número 281 (2007) de la revista Quimera, pp. 60-64. 

Josep Maria Lluró: Acabas de publicar una traducción al judeo-español del libro póstumo del escritor ídish Itsjok Katzenelson El canto del pueblo judío asesinado (título de la versión española, traducida por Eliahu Toker, quien se ha encargado también de la trascripción del original ídish) o El kante del puevlo djidyó atemado (en tu versión en judeo-español) (Herder, Barcelona 2006). Para iniciar nuestra conversación sería interesante que explicaras cómo llegas al conocimiento de Katzenelson y lo situaras en el contexto de la literatura del exterminio.

Arnau Pons: El profesor Ricard San Vicente me dio a conocer esa obra en una edición bilingüe ídish-alemán para que la tradujera al catalán. De esto hace ya unos diez años. Él estaba impresionado y había estado consultando con algún editor la posibilidad de publicarla. Mi ídish era prácticamente nulo –entonces yo daba prioridad al alemán y al hebreo–; mis lecturas de la poesía ídish del exterminio se limitaban a la antología de Rachel Ertel: Dans la langue de personne (1993), en la que se reproducen dos de los cantos. Tiempo después, conseguí la versión de Toker publicada en Argentina (1993), con dibujos de Ester Gurevich, que es la madre de un amigo mío. Katzenelson estaba más o menos presente en mi entorno. Es un poeta muy conocido en Israel y algo en Argentina, aunque con él ha ocurrido lo que con todos los autores de la literatura testimonial: fueron publicados y luego hubo un olvido; mucho más tarde, una cierta recuperación (que yo veo más bien como una cosificación). Dos lid fúnem oisguehárguetn ídishn folk se distingue por diversas razones: se trata de una composición muy estudiada, la idea es crear una obra mayúscula que dé testimonio de la destrucción del judaísmo europeo desde la denuncia, el autor se aplica a fondo en ese proyecto y elige una estructura compleja y elaborada, aunque hay que decir que, a medida que avanza, el texto se dilata y da muestras de un desgarro que afecta al ritmo y a la forma; además, es la última obra de Katzenelson, y proviene del mismo seno del acontecimiento: encontramos un informe del levantamiento del Ghetto de Varsovia y, a la vez, una auscultación de la responsabilidad de las elites judías (algo que leemos también en Hannah Arendt). Nada más llegar a Auschwitz, Katzenelson fue asesinado en las cámaras de gas: es una de esas víctimas que parecen no haber interesado a Giorgio Agamben, por ejemplo, más fascinado filosóficamente por la figura del «musulmán», a pesar de que dejó un documento artístico apabullante de lo que fue el exterminio nazi de los judíos de Europa. Katzenelson no ha generado comentarios, no parece estar en el canon. Además, durante mucho tiempo se topó con la barrera del ídish, puesto que hay pocos traductores de este idioma, que a menudo se percibe como una lengua marginal o menor. Debo decir que mis conocimientos han crecido mucho gracias a esta traducción, y ahora me siento mucho más seguro en judeo-español que antes. Para muchos poetas, este tipo de retos son un incentivo para el aprendizaje de un idioma (pienso en Carles Riba o en Gabriel Ferrater).

Salvar de sus últimas y casi extintas brasas el judeo-español puede verse como una repetición a escala literaria de la reinvención del hebreo a partir de la creación del estado de Israel. Pero desde la perspectiva ibérica –que necesariamente en este tema conviene presentar exactamente así, puesto que la expulsión de 1492 se efectuó sobre toda la población judía no convertida de las dos coronas y del reino de Navarra (y en 1498 se produjo el mismo fenómeno en Portugal)–, desde esta perspectiva, pues, debemos plantear hasta qué punto nuestro examen de la historia peninsular y de su tradición literaria se sostiene sobre algunos mitos –la convivencia de las tres culturas medievales–, cuyas buenas intenciones son innegables pero que se compadecen mal con las realidades históricas. Me estoy refiriendo a la destrucción colonizadora de Al-Ándalus por parte de los reinos cristianos y la posterior expulsión judía. Precisamente Sefarad y Al-Ándalus pueden ser vistos como los dos primeros ejemplos europeos de limpieza étnica, de abolición radical de un mundo y de su paisaje moral, literario y humano. En este sentido, ¿cómo debemos interpretar la actualización que haces del judeo-español?

El hebreo ya existía como lengua en uso antes de la creación del estado de Israel (prensa, revistas, traducciones, cursos, charlas), y había una literatura laica y religiosa que se tomó después como modelo. Eliézer Ben-Yehuda, el «responsable» del surgimiento del hebreo moderno (hablado y escrito), murió en 1922 en Jerusalén. Mi contacto con el judeo-español se produjo por diferentes vías. De entrada, siento una solidaridad hacia las lenguas minoritarias, o en peligro. Siempre me intrigó, además, la cuestión del judeo-catalán, que efectivamente existió. Quería saber qué pasó con los judíos catalanes en la diáspora, después de 1492. Todo esto me llevó al estudio y a la búsqueda de materiales, algo que siempre estuvo relacionado con mis propios textos. Encontré rastros evidentes de comunidades judeo-catalanas en Salónica (Michael Molho ya indicó allí la existencia de dos sinagogas catalanas y una mallorquina), y encontré rastros y giros del catalán en el judeo-español: pienso que es un modo de sentir la historia, y cada cual tendrá el suyo. También debo decir que conozco a Pilar Romeu, que es una experta en las ediciones en ladino (traducción calco del hebreo bíblico y litúrgico al castellano antiguo) y en judeo-español. Traducir a Katzenelson al judeo-español es un acto coherente. Lo concebí como un homenaje a los muertos de Salónica, de los que se habla poco. Hay una tendencia a no ver más que la tragedia asquenazí, sobre todo en la Península ibérica, cuando se aborda el exterminio. También es una manera de ayudar al resurgimiento del judeo-español. Actualmente hay muchos que están por la labor: mientras traducía a Katzenelson, apareció la gaceta mensual “El Amaneser” en Estambul (una de sus coeditoras, Güler Orgun, y uno de sus colaboradores, Yehudá Hatsvi, de Tel-Aviv, fueron, junto con Marie-Christine Varol del INALCO de París, los lectores de mi traducción, a medida que avanzaba).

Fragmento del manuscrito de «El canto del pueblo judío asesinado». Fuente: Ghetto Fighters’ House Archives.

Me interesaría que habláramos un poco de las dificultades lingüísticas y estéticas que has encontrado en este proyecto. Y también cómo has solventado el hecho de incorporar a tu trayectoria como poeta e intelectual catalán una lengua que no se puede calificar de trabajo  como puede ser el castellano o el francés.

Me planteé la cuestión de la métrica y de la rima, e hice muchos ensayos. Cuando no se ha vivido en carne propia lo que se está traduciendo y se parte de un caso extremo como éste, la rima puede convertirse en un elemento angustiante, y por eso opté por una traducción más pegada al texto, pero atenta también a su sonoridad. Intenté conservar las paronomasias y aliteraciones. Busqué un ritmo para decir todo esto. Antes de meterme a fondo en el trabajo, le pedí a Varda Fiszbein que hiciera para mí una traducción literal, muy directa. Esto me sirvió para ir más rápido. Pero debo decir que seguí palabra a palabra el ídish, con la ayuda de un diccionario cuando no entendía un término determinado. Lo realmente difícil era el judeo-español, ya que no existe un estándar, sino que hay diversos dialectos. Exagerando un poco, se puede decir que cada familia o cada casa tiene su judeo-español. Esto es lo que más me costó. No hay mucha tradición de traducción. El judeo-español está vivo en revistas y periódicos, en canciones, en poesías, pero aún así hay poca literatura. Cuando tienes interlocutores, como yo los tuve mientras trabajaba, siempre en judeo-español, entonces no piensas en si es una lengua poco o muy hablada, piensas en la finalidad y en el sentido de lo que estás haciendo.

Sorprende –pero sólo hasta cierto punto– que desde los ámbitos culturales al uso –tanto españoles como catalanes– el libro no haya sido objeto de ninguna reseña o comentario hasta el momento. Sucede algo parecido con lo que pasó con vuestra edición en castellano del libro Poesía contra poesía en que tú y Jean Bollack estuvisteis trabajando muchos meses para ofrecer al lector español una versión que situara el problema de la recepción de Paul Celan también dentro de la cultura española. Quizás el tema de Poesía lo podíamos dejar para más adelante. En cambio, en el caso de Katzenelson se me ocurre que aquí se produce con la literatura del exterminio un proceso que sólo tiene parangón en Estados Unidos: la conversión de esta literatura en un epígrafe universitario, un terreno por donde galopar alegremente sin tener que estar atento a evitar interpretaciones erróneas, o tergiversaciones, y sobre todo sin que exista una memoria del exterminio vigilante ante la banalización o la simplificación.

Si hubiera sido un poeta español (más o menos famoso) o un universitario quien traducía a Bollack, no hay duda de que la versión española habría sido muy diferente y de que los suplementos culturales de la derecha y de la izquierda se habrían llenado de comentarios al respecto. Poesía contra poesía es un libro que molesta. Puedo darme por satisfecho de haber llegado a mi objetivo. Y Bollack me lo agradece. Es un libro más catalán que español, aunque esté escrito en castellano e impreso en Madrid. Hablo de una sensibilidad y de una disposición al análisis crítico, como consecuencia de una experiencia de persecución y de negación de la identidad. De todos modos, incluso esta sensibilidad crítica se está perdiendo en Cataluña. Por otro lado, los críticos españoles y catalanes siguen los suplementos extranjeros. Con Bollack, yo me avancé unos cuantos años. Es un autor que tendrá sus lectores más tarde, de esto no tengo ninguna duda. Por lo que se refiere a la literatura de los campos, ésta sólo encuentra un tipo de recepción entre una cierta elite universitaria y cultural (poetas, sobre todo, y filósofos); ahora bien, estos mismos receptores no parecen muy capaces de extraer nada de estas lecturas; no deja de ser una exquisitez literaria. No se refleja en términos de acción. Un ejemplo es el silencio que nos ha rodeado, a Idith Zertal y a mí, después de que Agustí Colomines (director de Unescocat) se burlara de nosotros en el AVUI por haber reaccionado ante un aforismo ultrajante y antisemita de Abel Cutillas que dice: «El Holocausto fue, en cierto modo, un homenaje a los judíos: se los reconoció como pueblo elegido». Hasta ahora, prácticamente ninguno de los intelectuales que se dedican a estudiar o a hacer seminarios sobre el exterminio nos ha dado muestras de apoyo en esas mismas páginas. He vivido, pues, experiencias reveladoras; se mira para otro lado. Ésta es la cosificación de la que te hablé. Los testimonios sirven simplemente para hacer libros, y hay en ello un cierto gusto por el pathos, mezclado con una aspiración a la erudición basada en discusiones alambicadas y ajenas. Esto nos lleva a la filosofía y a las novelas, a los monográficos como este de ahora, o al cine. Para mí no hay diferencia alguna entre escribir un poema en catalán, traducir a Bollack al español o a Katzenelson al judeo-español, o responder a Agustí Colomines en el AVUI. En todos los casos, se trata de un combate, de una lucha por la dignificación del género humano, contra la barbarie.

Por mi parte, creo que obras como las de Juan Goytisolo que han reinterpretado la tradición literaria –en este caso española– desde la perspectiva de cincelar la lengua con las marcas de la cultura musulmana suprimida, ha sido al final amablemente recibida, se le ha enseñado las principales dependencias de la casa, para ser depositada discretamente en un anaquel poco central de la biblioteca nacional. Y probablemente este camino podría devolver a la literatura española una fuerza renovada. El caso catalán muestra signos de una mayor anemia, puesto que la muerte de los grandes autores de antes de la guerra civil y la apuesta por una literatura menor que acompañó la recuperación de las instituciones en la década de los 80 del siglo pasado –en que el mot d’ordre fue «esto no toca hablarlo ahora»– suprimieron del horizonte intelectual catalán los debates de ideas para centrarse en descalificaciones personales. Pero quizás lo que me parece más interesante señalar es la discontinuidad que se produce en los esfuerzos para tejer redes de recepción de las obras literarias que ahora nos ocupan. Se han publicado muchas, se han traducido al catalán algunas de las más importantes. Algunos sellos editoriales han creado colecciones específicas, pero al fin y al cabo, miras por ejemplo los libros de texto –que son un buen índice para saber qué ha sido recibido y qué no– y estamos con los mismos temas de hace años y con las mismas ideas preconcebidas o esquemáticas.

Creo que la situación es muy similar en todas partes. Para salir de una sensación de opresión he intentado establecer algunos contactos con intelectuales críticos de otros países, y gracias a este intercambio me he dado cuenta de que los esquemas y prejuicios se repiten, con ligeras variaciones. Quizás la situación en Cataluña es más preocupante hoy que en otros momentos. Seguramente el catalán ha ganado en prestigio social (es dudoso) o en medios, pero hemos perdido un cierto interés por el exterior y también por la crítica. Además, no hay entre nosotros intelectuales árabes y judíos como puede haberlos en Francia, que aportan una disidencia en razón de su identidad. Pienso en Abdelwahab Meddeb o en Henri Meschonnic. No hay una instancia exterior en nuestra propia lengua que nos sorprenda con otro punto de vista, o que nos señale algunos deslices. Y, si existe, está muy mediatizada, no es cuestionadora. Sólo se nos habla de la integración posible del extranjero. Ante el exterminio nazi se responde: «ya lo sabemos; ya lo conocemos». Una saturación da la mano a una no-recepción. Esto explica que no hayamos evolucionado, sino que incluso hayamos ido hacia atrás. Hoy leo obras que están en perfecta consonancia con los textos nazis de los años 30 y 40, y poquísimos se dan cuenta de ello (de hecho, nadie reacciona).

A pesar de todo, en los últimos años el volumen de obras traducidas ha sido importante. Tú tienes algo que ver porque has hecho un trabajo de difusión de algunos libros en el mundo editorial –Peter Szondi, Sarah Kofman, Idith Zertal–, la traducción y lectura de Celan (véase la bibliografía al final de la entrevista), y has introducido la obra de Bollack que, para algunos –muy pocos, es cierto–, ha supuesto un aliado eficaz contra la marea gadameriana, derridiana y heideggeriana que ha generalizado usos muy poco rigurosos de lectura, y a menudo prácticas de una gran violencia discursiva. Tengo la impresión de que la recepción de esta literatura se está convirtiendo en el campo de batalla de un debate si quieres pequeño pero que sustancia algunas cuestiones fundamentales no sólo de la teoría literaria, o de la poética de tal y cual autor, sino especialmente entre las prácticas de lecturas filosóficas, irracionales, conmemorativas o violentas, y aquellas que pretenden salvar la racionalidad del texto y el ejercicio de la autoría.

Se trata de defender al autor contra las apropiaciones o la negación de su existencia. Pero, más allá de eso, se trata de restituir la instancia crítica del arte y la subjetividad, y, con ello, la historia, lo particular, es decir, la vida de la letra. Todo esto conduce a un debate que ha sido prácticamente inexistente en España y en Cataluña (desconozco el caso de Euskadi y Portugal). Hasta ahora había antologías de «hermenéutica» para el público universitario, y sin ningún tipo de discusión (volvemos a la cosificación), así como una cierta introducción de la mística y de la cábala en la teoría literaria (Valente, Bloom, Derrida), lo cual no va reñido con el legado de Heidegger (Vega, Valente), ni, por supuesto, con la omnipresencia de Gadamer (véase Béliers de Derrida). Esto explica a su vez reacciones muy extrañas: por ejemplo, Suhrkamp vendió los derechos de la Introducción a la hermenéutica literaria de Szondi a un editor español sin avisar a los herederos legales; la obra salió además con un prefacio que no es científico: entre muchas otras cosas, no se cita a Bollack en todo el texto (sólo en una nota y como editor, a pesar de los textos de Bollack sobre Szondi) y la aproximación a la obra de Szondi está muy sesgada. Es un ejemplo claro de desesperación; esto es evidente. O, por el contrario, no se explica una violencia de estas características. Me temo que ésta es la única respuesta que se puede percibir del ámbito español. Un verdadero oficio de tinieblas.

Itsjok Katzenelson (1886-1944)


Arnau Pons (Felanitx, 1965) vive en Barcelona desde 1989. Compagina la escritura de creación y el ensayo con la traducción literaria. Para él, la poesía es una actividad reflexiva y crítica, no exenta de un cierto contenido político debido a su carácter disidente, insumiso y emancipador. Normalmente traduce al catalán del francés, el alemán, el portugués, el italiano, el hebreo y el yiddish. A nivel internacional, Arnau Pons destaca por su trabajo hermenéutico sobre la poesía de Paul Celan y de Ingeborg Bachmann. La traducción del ciclo Cristall d’alè (Atemkristall) de Paul Celan, con comentarios inéditos de Jean Bollack y suyos, fue galardonada por el Ministerio de Cultura con el Premio Nacional a la Mejor Traducción 2015. Además, es profesor de 17, Instituto de Estudios Críticos (México).

Josep Maria Lluró (Barcelona, 1963) es ensayista y profesor de historia de secundaria. Actualmente es director de la Escola Montagut de Vilafranca del Penedès. Colaborador en revistas y periódicos, sus temas de interés son: la pedagogia de la memoria de los grandes traumas del siglo XX, la historia cultural y el análisis històrico del cine. Ha coordinado el libro Història, memòria i testimoniatge. Un llegat per Europa (2011). Ha realizado su tesis doctoral sobre Pasolini, Pasolini en context. Trauma, memòria, identitat i història cultural a la Itàlia de postguerra (UPF, 2016)

Un pensamiento en “Agujerear la oscuridad: combatir el genocidio desde el aquí y el ahora

  1. Hugo Echagüe
    22 febrero, 2021 a las 23:05

    Es muy cierto lo que dice Arnau. Yo mismo realicé mi tesis de doctorado sobre la obra de Paul Celan, desde la lectura develadora de Jean Bollack. Aquí en Argentina es escaso el interés aunque he logrado algún entusiasmo de parte de alguno de mis alumnos. Increíblemente, a pesar de lo que sabemos de Heidegger y el nazismo, sigue prevaleciendo su punto de vista o el de Agamben, un autor de «éxito», bastante superficial y descomprometido. Muchos se comportan como si el Holocausto no hubiese ocurrido y un neofilonazismo parece resurgir. Muy preocupante todo.

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