A brazo partido


Por

«to be racist, is an illness
it’s like madness, we must cure this»

Macka B, Discrimination, Ariwa 1995

Birth of Jewish Resistance, Lazar Krestin, 1905.

Birth of Jewish Resistance, Lazar Krestin, 1905.

Otro brote antisemita. En esta ocasión ocurre en el distinguido campo de la literatura institucional: tomó forma con textos y dibujos de desprecio e insulto hacia las víctimas judías y gitanas del genocidio nazi, y sus autores expusieron así su ambición por destacar en el propio sector. Semejante falta de humanidad revela cierta carencia respeto a la capacidad de prever las consecuencias de los propios actos, palabras y pensamientos. Pero resulta que, desde hace ya 7 años, el escritor Arnau Pons, quien se topó con esta pandilla en el ejercicio de su oficio, les sigue el rastro y no les suelta. ¿Por qué se hizo tan larga esa polémica que en otro contexto más razonable se hubiese concluido de golpe? ¿Es tan difícil para esos universitarios establecer si es respetable o no insultar –o dejar insultar– a los martirios del genocidio bajo el pretexto de hacer “arte” o “literatura”?

En Escriure després (2012), Pons y otros autores escribieron contra esta «nova confraria d’éssers posthumans per als quals l’odi, el menyspreu, la mofa, l’insult i l’ofensa són els fruits saborosos que es poden pellucar en el banquet que ens ha d’oferir en català una bona literatura»[1]. Tomemos el relevo a nuestra manera, para limpiar la mesa con los puños de la dialéctica. Pues cuando este tipo de asalariados del intelecto juega la carta del desprecio a los valores morales universales, podemos apostar que sufren, como mínimo, de dos afecciones:

La primera, su necesidad de ser reconocidos como “posmodernos”: en este sector, es algo así como un sinónimo de “guay” en los años 80. La postura posmoderna fue promovida por universitarios franceses para poder disfrutar de la comodidad de su posición social, sin tener que gastar más energía en aparentar rebeldía contra las injusticias del orden establecido. Absentismo moral, relativismo absoluto y confusión de categorías son la norma de este post-ismo en el que todo vale, y por lo tanto, no queda ni valor, ni necesidad de elevarlo.

Segunda afección: cuando se desprecia el dolor humano por esteticismo, el antisemitismo suele estar cerca. No es que los judíos seamos todos gente bella, buena, entrañable y simpática, pero los antisemitas sí son siempre personajes nauseabundos, y cada vez que, de lejos o de cerca, se empieza a tergiversar la dignidad humana, se juntan como buitres. Insultar a los muertos –y por lo tanto a sus descendientes, pero no de frente, por si acaso– es uno de sus modales favoritos. Si además pueden hacerlo bajo la pose del audaz y brillante provocador, quizás combinada con la máscara del erudito desapasionado, o la sobreactuada jocosidad del comique troupier, entonces están en su gloria, tal banda de carroñeros acercándose al festín. Para lanzar su ofensiva, eso sí, esperan el momento adecuado y cuando su ambiente ya esté predispuesto para recibir tales insinuaciones con un rictus de complicidad. En Europa, hace ya más de una década que volvieron a sonar las campanas de la vuelta a la tradicional y cómoda postura anti-judía, con sus desbordamientos de tinta primero y de sangre después. Al fin y al cabo, Toulouse no está muy lejos de Cataluña.

Vayamos al grano: la falta de sensibilidad y de humanidad que demuestra esa panda de intelectualoides analfabetos del corazón, no es más que el reflejo en la superficie del problema de fondo de quienes suelen llevar este tipo de posdiscursos: la falta de vida –no solamente de experiencia de vida auténtica, vivida con corazón y no como representación de fantasías mentales–, sino más bien la falta de vida como esencia, como sustancia: falta de amor. Estas actitudes suelen encontrar su raíz en el miedo a la vida, que a su vez desemboca en el desprecio y la negación de la vida[2], que al fin y al cabo sigue siendo la fuente oculta de todo antisemitismo. Repito, no es que el colectivo judío sea en sí la encarnación del bien o del amor a la vida. Sino que sus enemigos son, y lo son siempre, enemigos de la vida.


[1] Véase su texto en Mozaika: “Deferència i repetició”.

[2] Para interesados en el tema, véase “El miedo a la libertad” de Erich Frömm (1947).

Un pensamiento en “A brazo partido

  1. Jai
    28 abril, 2014 a las 15:19

    El lector interesado puede consultar los últimos coletazos de este triste episodio en el número 45 de la revista L’Espill (PUV, 2014).

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