Odisea de un israelí español (Cap. II)


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Mucho se ha hablado y escrito sobre la presunta asistencia prestada por el régimen de Franco a los judíos durante el Holocausto. Si bien hubo algunos centenares de judíos que lograron salvarse, se ha de confesar que la España franquista no tenía particular afecto por sus ciudadanos de esa fe.

Parece ser un mito el famoso relato del tren especial que Franco envió a Auschwich para salvar a los judíos de los Balcanes que tenían nacionalidad española; pero se sabe de judíos que se salvaron del exterminio porque al aprovechar un decreto de los años veinte, adquirieron la nacionalidad española. Principalmente en Grecia y Bulgaria, aunque también en algunos casos en Yugoslavia, Rumania y hasta Francia. Y los alemanes, en principio, renunciaron en algunos casos a exterminar a quienes eran españoles, no sólo los ciudadanos hispanos registrados sino incluso algunos de abolengo sefardí; es decir, descendientes de la judería ibérica. Entraban en juego consideraciones de prestigio frente a las naciones neutrales, como Suiza, Suecia e incluso España, en donde no regían leyes discriminatorias como las promulgadas oficialmente por el Tercer Reich.

La España de Franco era un país sumido en una dictadura brutal, en la que imperaba un régimen de terror. Este se hacía sentir particularmente en Cataluña, centro de “separatistas, comunistas, francomasones y demócratas”. Los judíos estaban catalogados como “elementos indeseables”. Según un informe del American Jewish Year Book – 5700 (1940-41), en ese país “se habían proscrito todas las instituciones de religión judía, prohibido los matrimonios y sepelios judíos, así como las circuncisiones. Ningún bebé podía ser inscrito en el Registro Civil a no ser que fuera antes bautizado” Agregaba que los niños judíos estaban obligados a frecuentar escuelas cristianas, y aprender el catecismo. La pequeña sinagoga de Barcelona fue clausurada, y el cementerio judío, destruido. Además, revela que un judío fallecido en un pueblo de la provincia homónima, “fue sepultado en el solar en donde se solía enterrar a los perros”.

En estas condiciones, no es de extrañar que anduviéramos un tanto recelosos, sin saber exactamente qué hacer y cómo obrar. Se tenía una idea general de lo que ocurría, y de la situación bien complicada en la que nos hallábamos. Desde luego, siempre mantuvimos un perfil bajo, que no denotara nuestra condición judía. Si mamá no era capaz de expresarse correctamente en castellano, era porque se trataba de una francesa. Papá, con su excelente castellano (además del catalán que había aprendido), no tenía problema: era como si fuera hijo de Barcelona. Yo tenía conciencia que debía portarme con cautela, sin que nadie supiera mi origen.

Yehuda Bauer, otro prestigioso historiador, se refiere en su obra “American Jewry and the Holocaust”, a “la hostil indiferencia del Gobierno español” con respecto a la suerte de los judíos de ciudadanía hispana. Afirma que de los varios miles de judíos que tenían nacionalidad española, se pudieron salvar –como máximo- tan sólo 800. Y agrega que fueron llevados a condición que estuvieran poco tiempo en la península, y de allí se fueran a otros países. En otras palabras, Franco deseaba que su país estuviera “judenrein”, o sea “purificado de judíos”, emulando de ese modo la conocida doctrina de Hitler. Pero con la variante que él no quería asumir la responsabilidad de aniquilarlos. Y cuando Alemania indicó a España que a partir del 31 de marzo del 43 cualquier judío sería tratado como los demás, Madrid insinuó que “no estaba interesado en ellos”, y estos ciudadanos hispanos, principalmente de Grecia y Bulgaria, también fueron exterminados.

Ese conocido estudioso también cita las deplorables circunstancias en que se encontraban los detenidos en el campo de concentración de Miranda de Ebro. “Se carecía de ropa de invierno y las barracas estaban prácticamente abiertas ante las inclemencias del tiempo. La JDC (Jewish Distribution Committee) envió más ayuda, pero los problemas seguían teniendo un serio cariz”.

De modo que todos estos hechos desvirtúan por completo el mito de que el régimen franquista hubiera ayudado a los judíos. Es cierto que algunos cónsules lo hicieron por cuenta propia, y luego tuvieron que rendir cuentas por su actitud humanitaria, que para Madrid “rayaba en un acto traidor”. Sencillamente, los judíos eran personas no gratas en la España de la posguerra civil.

Declaraciones

Y no se dice esto por decir, sin fundamento. En 1939, el Caudillo Francisco Franco inicia otra cruzada, esta vez contra el judaísmo. En su largo discurso pronunciado en el gran desfile del Día de la Victoria en Madrid, el 19 de mayo de 1939, Franco exclama: “No nos hagamos ilusiones: el espíritu judaico que sabe de tantos pactos con la revolución antiespañola, no se extirpa en un día y aletea en el fondo de muchas conciencias”. Más tarde, en su tradicional mensaje de fin de año ataca viciosamente a “esa raza”, y afirma: “Ahora comprenderéis los motivos que han llevado a distintas naciones a combatir y alejar de sus actividades a aquellas razas en la que la codicia y el interés es el estigma que las caracteriza”. Y agrega: “Nosotros, que por la gracia de Dios y la clara visión de los Reyes Católicos, hace siglos nos liberamos de tan pesada carga, no podemos permanecer ante esta nueva floración de espíritus codiciosos y egoístas tan apegados a los bienes terrenos, que con más gusto sacrificarían los hijos que sus turbios intereses”.

La disparatada e inaceptable diatriba del dictador que tenía sus manos manchados con la sangre de tantos españoles, tiene el descaro de acusar a los judíos de todos los crímenes imaginables y por imaginar. ¿Qué tenía que ver el judaísmo con los problemas hispanos? ¿Se olvidó, tal vez, que en 1936 la comunidad judía en la península era insignificante? Unos meses más tarde, al imponerse a sí mismo la Gran Cruz Laureada de San Fernando, el Caudillo volvió a referirse a los actos políticos de aquellos monarcas para conseguir la unidad de España: “¿y qué es la expulsión de los judíos más que un acto racista como los de hoy, por la raza adueñada de un pueblo y esclava de los bienes materiales?”

Poco después de estallar la guerra civil, el general Queipo de Llano, mando supremo del ejército rebelde de Andalucía, atacaría al judaísmo desde Radio Sevilla, diciendo: “Nuestra lucha no es una guerra civil, sino una guerra por la civilización occidental contra el mundo judío”. Y el jefe máximo del ejército del Norte y cerebro de la conspiración, general Emilio Mola, en su libro “Tempestad, intriga y crisis” enfoca “el odio hebreo hacia los españoles”.

El todopoderoso cuñado del dictador de España Serrano Suñer, ex Ministro de la Gobernación y Asuntos Extranjeros, había dicho el 12 de junio de 1939 que el judaísmo era “enemigo de la nueva España”, una declaración ampliamente difundida no sólo en España, sino que también encuentra eco en el New York Times. Y en 1941, el almirante Luis Carrera Blanco “sombra de Franco hasta la muerte de aquél”, designado a la subsecretaría de la Presidencia, escribe en su libro “España y el mar”: “España, paladín de la Fe de Cristo está otra vez en pie contra el verdadero enemigo: el judaísmo”. En la tercera edición, publicada en 1962, desaparecen como por encanto los párrafos antijudíos. Pero Carrero no ceja en sus ideas, y bajo el seudónimo de Juan de la Cosa y Orión, sigue declarando la guerra a los enemigos de España, entre los que ya no figuran tan sólo los judíos, sino también el sionismo y el Estado de Israel.

Serrano Súñer haciendo el saludo fascista en el Pati dels Tarongers, inmediata posguerra.

Serrano Súñer haciendo el saludo fascista en el Pati dels Tarongers, inmediata posguerra.

Estas son tan sólo algunas “perlas” de la doctrina antijudía franquista. No por nada, el Ministro de Asuntos Extranjeros del incipiente Estado de Israel, Moshé Sharett, se opuso en los años 50 al ingreso de España en Naciones Unidas. Aunque muerto el dictador volvió la democracia bajo la inspiración del rey Juan Carlos, Madrid se negó –una y otra vez- a estabilizar sus relaciones con Israel, siendo prácticamente el único país europeo que obraba así. Es evidente que no “osaba” dar ese paso temiendo la reacción árabe, que podría volver a actualizar el problema de los dos enclaves españolas en Marruecos: Ceuta y Melilla. Ello a pesar de que la opinión pública española, y en especial las esferas más liberales, abogaban por reconocer finalmente a la restaurada Nación Hebrea.

«Les Terrasses Catalanes»

Ello no obstante, se ha señalar la actitud de algunos dirigentes españoles, que comprendían que la nueva democracia no podía ignorar al Estado de Israel. Al fin y al cabo, se trataba de un país que mantenía relaciones con todas las naciones occidentales del mundo, inclusive las europeas y de América Latina. Entre ellos figuraba un líder tan liberal como Jordi Pujol, entonces presidente de la Generalitat de Cataluña, que siempre demostró tener particular simpatía por Israel, y una personalidad tan conservadora como Manuel Fraga, el Presidente de la Junta de Galicia, que fue ministro de Estado en el período franquista, y luego de visitar Israel quedó tan impresionado, que señaló que España debía establecer relaciones diplomáticas con este país. Hablando del primero, quisiera relatar un caso interesante que me ocurrió. Amigos catalanes me enviaron en mayo de 1980 el texto de la entonces nueva constitución, que otorgaba a esa región el estatuto de autonomía, y una nota ilustrada sobre la creación de la nueva Generalitat. Desde luego, la noticia me agradó mucho, y me apresuré a contestarles formulando mi enhorabuena. Entre otras cosas, escribí lo que sigue: «Pensar que tengo en mis manos una foto del Gobierno de Catalunya. Me resulta difícil creerlo. Lamento que mi papá no esté en vida. Sabéis, era muy catalán. Vino de Turquía… y aprendió el catalán como si hubiera sido hijo de esa tierra. También aprendió a amarla, a sus habitantes y su idiosincrasia. Cuando yo era pequeño me decía con un dejo de orgullo, que en Cataluña se cultivan hasta las laderas de las montañas por medio de terrazas, que son índice elocuente de la laboriosidad de los payeses. Que las telas fabricadas en Sabadell y Terrassa hasta tal punto son de excelente calidad, que se las enviaba a Gibraltar, y allí se les ponía un pretendido sello inglés para venderlas como si fueran de fabricación británica. Sí, evidentemente, papá hubiera gozado viendo lo que yo veo ahora… Celebro pues que tengáis Gobierno propio, y espero sinceramente que su actitud con Israel no desmerezca el modo de pensar privado que me dices ha tenido el Presidente Pujol. Pensé enviarle una carta de felicitación, pero luego me dije que era demasiado pretencioso de mi parte».

Pero mis amigos, la familia Torres-Medalla de Llinás del Vallés, fotocopiaron lo que antecede, y se lo enviaron con una carta personal al Presidente Pujol. Era más bien un modo de proceder espontáneo, para indicarle que desde tan singular país también había quien aplaudía el acontecimiento. Sorprendentemente, unos días más tarde, a principios de julio de 1980, recibieron una nota personal del Presidente de la Generalitat en estos términos:

«He rebut la teva carta y la fotocòpia d’un paràgraf de la del teu amic israelià. Jo personalment simpatitzo amb Israel, país que vaig visitar amb una certa atenció i cura ara fa cinc o sis anys… I ès que el sionisme ha estat un gran, un formidable exemple de moviment nacionalista. Jo el conec força bé. L’he estudiat des de les primeres campanyes de Herzl i des de les primeres alia’s, que és com s’anomenen els grans moviments de trasllat de jueus, sobretot de l’Europa Oriental, al que aleshores es deia encara La Palestina. Et dic tot això per al teu amic sefaradita, i ara israelià, sapigueu que no solament simpatitzo amb l’Estat d’Israel i amb el moviment que l’ha produit, sino que en sóc un admirador. El nostre partit ha estat sempre favorable al reconeixement de l’Estat d’Israel…»

Su traducción es la siguiente:

«He recibido tu carta y la fotocopia de un párrafo de la de tu amigo israelí. Yo personalmente simpatizo con Israel, país que visité con una cierta atención y cuidado hará unos cinco o seis años… Y es que el sionismo ha sido un gran y formidable ejemplo de movimiento nacionalista. Lo conozco bastante bien. Lo he estudiado desde las primeras campañas de Herzl y las primeras aliyás, que es como se llaman los grandes movimientos de traslado de judíos sobre todo de Europa Oriental, a la que entonces se llamaba aún Palestina. Te digo esto para que tú y tu amigo sefardita, y ahora israelí, sepáis que no solamente simpatizo con el Estado de Israel y con el movimiento que lo ha creado sino que también soy su admirador. Nuestro partido ha sido siempre favorable al reconocimiento del Estado de Israel…»

Ni hablar que se apresuraron a enviarme una fotocopia de esa comunicación que, como es de suponer, me impresionó en sumo grado. Poco después, el 20 de noviembre, el diario israelí Maariv publicaba en lugar destacado una nota sobre el particular, en base a la información que le pasé a una periodista conocida. Entonces el nombre Pujol no le decía nada al lector israelí, pero unos años más tarde, en mayo de 1987, el Presidente de la Generalitat llegó a Israel acompañado por un nutrido séquito. Su visita oficial tuvo un amplio eco, y la prensa hebrea informó con amplitud sobre ella, revelando que se trataba del Presidente de Cataluña, un país autónomo dentro del Estado Español. Mencionaré tan sólo el reportaje que le hizo el ya citado diario, bajo la firma de Yair Lapid. Se intitulaba: «El revolucionario», y comenzaba así: «En el ascensor, Jordi Pujol (57) se vuelve y murmura algo incomprensible… Uno de sus guardaespaldas saca un pequeño peine y se lo ofrece, pero Pujol lo rechaza con un gesto brusco. Si hubiera sido español, lo hubiese tomado. Pero no lo es. Es catalán…» Esa primera aseveración es prueba irrefutable de la impresión que le causó el Presidente de la Generalitat a un joven cronista, que hoy figura entre los más reputados del país, y hasta tiene su propio programa televisivo. Y agregaba: «En 1976 Pujol, el veterano revolucionario catalán que conoció las cárceles del Generalísimo Franco, asistió a un debate particularmente agitado de las primeras Cortes Españolas libres desde la Guerra Civil. El tema inscrito en la agenda era la autonomía de Catalunya. Pujol no sólo movía los hilos, sino que fue quien tramó la urdimbre que formó la tela. En última instancia, la ponencia fue aprobada…» Yair concluía así su comentario: «Cuando se escriben estas líneas Pujol ya ha regresado a casa. En la puerta hay un letrero en el que se lee: ‘Dr. Jordi Pujol, médico’. En la casa, hay siete chicos que alborotan y hablan un catalán perfecto. Todos ellos han leído el artículo que escribió su padre en 1965, cuando el catalán estaba prohibido. En él Pujol compara la historia catalana a la de Israel, y se expresa así: ‘Solamente quien está dotado de misticismo, quien tiene la visión de mantener la relación con el pasado, tendrá la posibilidad de seguir adelante».

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