Marianne Cohn en cada uno de nosotros


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Estoy de pie frente a un edificio de apartamentos en el número 6 de la calle Modolell, en el barrio barcelonés de Sarriá. Busco alguna pista que me indique el camino, una pintada, un nombre, una inscripción antigua perdida en la corteza de un árbol, algo a lo que aferrarme en esta búsqueda confusa e irremediable. Hace al menos setenta años en el solar que ocupa esta finca se levantaba una villa ajardinada que durante un tiempo se convirtió en la Pensión-Torre Villa Erna.

Anuncio de la Pensión Villa-Erna aparecido en La Vanguardia, 1934.

Anuncio de la Pensión Villa-Erna aparecido en La Vanguardia, 1934.

El nuevo edificio, erguido con un marcado sello residencial, me insinúa que pierdo el tiempo, que sería una estupidez, o peor, una imprudencia, rememorar lo perdido, lo que ya no es. Parece como si me advirtiera que estando allí parado estuviera quebrantando un pacto de silencio firmado setenta años atrás. Entonces me invaden las dudas. ¿Quién soy yo para poner fin al pacto? ¿Por qué ahora? ¿Qué derecho me empara? Sintiéndome culpable, y un tanto abatido por la inutilidad de mis actos, vienen a mi cabeza las palabras del abuelo, las mismas que tras una larga noche de confidencias, me incitaban a cerrar las puertas que él un día dejara abiertas, diciéndome que si alguna vez me tropezaba con una vieja fotografía sería mejor que me deshiciera de ella cuanto antes, por mi bien y por el suyo.

Sólo un joven y tres perros ocupan la calle. Es verano y hace un calor terrible. Es posible que nunca nadie, a partir de hoy mismo, vuelva a pasear del mismo modo por este lugar. Puede que sea un idiota, puede incluso que esté perdiendo el tiempo, pero no estoy loco, eso pienso mientras sigo esperando una señal, unas palabras que no llegan, como si el espacio mismo fuera a explicarme de un momento a otro lo que ocurrió aquí, en plena zona alta de la ciudad de Barcelona. Pero nada de eso ocurre.

Bastaba con prestar un poco de atención para darse cuenta que el mundo carecía de sentido si uno no intentaba hallar respuestas. Y qué mejor lugar para encontralas que donde residen la mayor parte de las incógnitas que hoy persigo, el número 6 de la calle Modolell.

Hoy hace justo setenta y tres años y cuatro días, la noche del 7 de julio de 1944, una joven de Mannheim dejaba una nota escrita en una de las habitaciones del Hôtel Pax, en Annemasse, en territorio de la Francia Libre. El hotel, que desde hacía meses se había transformado en prisión de la Gestapo, tenía una vistas privilegias de los Alpes. La nota, que con el tiempo se convertiría en un manifiesto ético para toda una generación, iba firmada por una joven judía de apenas 21 años. La nota comenzaba así:

Traicionaré mañana, no hoy. Me arrancaré las uñas pero no traicionaré.  No conocéis los límites de mi coraje. Yo sí. Tenéis manos duras rebosantes de anillos y lleváis botas claveteadas. Traicionaré mañana, no hoy, mañana. Necesito la noche para repensar. Necesito al menos una noche, para repudiar, renunciar y traicionar. Para repudiar a mis amigos, para renunciar al pan y al vino,  para traicionar a la vida, para morir […]»   

Firmaba Marianne Cohn.

Marianne Cohn, 1940.

Marianne Cohn, 1940.

Marianne, que desde hace algunos meses se hacía llamar Marie Colin, formaba parte de una red de pasadores que había ayudado a cruzar la frontera a cientos de refugiados judíos. Aquella noche, como en las últimos días, había superado con éxito el interrogatorio de la Gestapo. Nada había salido de su boca, ni una palabra comprometedora, ni un nombre que pudiese comprometer a los suyos, tan sólo un hilo de voz firme que la mantenía sujeta al honor y a la justicia. Un mes antes, el 31 de mayo, Marianne había sido detenida a escasos metros del puesto fronterizo cuando intentaba llegar a él acompañada de veintiocho niños judíos. Los guardias alemanes sospecharon del grupo y los trasladaron inmediatamente a la prisión provisional de Annemasse. Jean Deffaugt, alcalde de la villa y miembro de la Resistencia, ofreció a Marianne la posibilidad de huir, ésta, sin embargo, rechazó el ofrecimiento argumentado que su destino estaba irremediablemente ligado al de los niños. Desde su detención hasta la noche del 7 de julio, Marianne soportó continuos interrogatorios de sus carceleros, escribió cartas a sus amigas de Grenoble, soñó con la libertad que le esperaba al otro lado de las montañas, y a ratos, cuando el viento traía consigo el aroma frutal del bosque, descubría en la celda el olor a mermelada que le transportaba a Villa Erna, aquella casa ajardinada de Barcelona donde pasó uno de los mejores años de su vida.

Como Marianne, Sophie Cohn-Vossen, otra exiliada judía, llegó a Villa Erna en el verano de 1934 huyendo de una Alemania controlada por los nazis. Sophie, sesenta años más tarde, desde su casa de Montcada i Reixac, recordaría su paso por la villa:

 “Al llegar a Barcelona Eugenio Behr nos dio la dirección donde fuimos a vivir hasta encontrar un piso. Se trataba de la pensión Villa Erna en la calle Modolell. Los hermanos R. eran los encargados. La villa tenía un jardín, era muy bonita y barata. Recuerdo que sólo había judíos. Todos venían poco a poco, venían huyendo, como nosotros. Había una família, los M, padre, madre y una hija, los cuales al inicio de la guerra marcharon a Portugal con la guerra […] Había otra familia, él se llamaba Kurt, era de Hamburgo, y ella era de padre alemán y madre mexicana. Todos eran intelectuales. Había también una familia holandesa, gente de mucho dinero, y otra que hacía mermelada para ganarse la vida, tenían dos hijas, la mayor ayudó a evacuar niños a Suiza[…]”

Alfred Cohn y sus hijas, entre ellas Marianne (primera por la derecha), en Mannheim.

Alfred Cohn y sus hijas, entre ellas Marianne (primera por la derecha), en Mannheim.

Marianne tenía 12 años cuando llegó a Barcelona, vino acompañada por sus padres, Alfred y Greta, y su hermana Lisa. Alfred Cohn, amigo personal de Walter Benjamin con el que mantuvo una fluida correspondencia, llegó a la ciudad condal con la intención de comenzar una nueva vida. Fue aquí mismo donde confeccionó los famosos cuadernos de notas de Benjamin. Cohn los fabricaba y luego se los enviaba como regalo. Benjamin los rellenaba y se los devolvía de vuelta. En un fragmento de una carta destinada al propio Alfred apreciamos la emoción que sentía Benjamin al comenzar un cuaderno nuevo:

“Quizás no sepas lo hermoso que es ver siempre tan amistosamente admitidos los pensamientos cambiantes y de diversa índole de tantos años en tan delicados y limpios alojamientos.”    

A parte de esa curiosa combinación de trabajo manual e intelectual, Alfred Cohn y su hija mayor Marianne, participaron en una organización que se dedicó entre otras cosas a ayudar a los refugiados judíos presentes en Barcelona, la conocida Asociación Cultural Judía. A través de esta organización, Marianne fue gestando su compromiso político y comenzó a tomar consciencia de la lucha que estaba por llegar.     

La primavera de 1944 dos niños judíos de procedencias opuestas, Marcel Katz y Edith Cord, se hicieron amigos en unas circunstancias profundamente adversas. Semanas antes de aquel encuentro la madre de Edith – su padre y su hermano habían sido detenidos y deportados en 1940 – había tomado una de las decisiones más importantes de su vida. Al terminarse los víveres y ante la imposibilidad de acceder a algún sustento, decidieron abandonar su escondite, situado en los bajos de un taller abandonado, y buscaron ayuda en la Resistencia.

Marcel, un chico intrépido y viril, que había crecido en una pequeña ciudad de provincias, hacía mucho tiempo que se había acostumbrado a vivir sin padres ni tutores. Solía colarse en las viviendas ajenas en busca de refugio y amor, pero, tras ser adoptado por las familias, y sin previo aviso, se lanzaba de nuevo a los caminos en busca de unos padres que nunca encontraba.

Edith y Marcel se conocieron en la buhardilla de una casa a las afueras de Grenoble. Desde el primer instante Marcel vio en Edith a la chica a quién proteger, la amiga en quién confiar. Fue también en esta ciudad, campo base y antesala de la liberación, donde los dos amigos, entonces ya inseparables, conocieron días después a una joven enérgica que les hablaba como si fueran adultos. Aquella chica entusiasta era Marianne Cohn.

Desde el comienzo los niños entendieron que aquel lugar y aquella gente que los rodeaba eran del todo excepcionales. Pronto también aprendieron que ya nada, nunca más, sería imposible.

Durante los últimos años de su corta vida habían aprendido a dar media vuelta, a no mirar de frente, a no encararse, a decir mentiras una vez y otra, sólo por la necesidad, a veces ajena, de sobrevivir. Durante los días que pasaron en Grenoble aprendieron, de la mano de los Resistentes, a valerse por sí mismos. Una de aquellas noches, amparados por la calor del fuego, Marcel y Edith se prometieron el uno al otro que nunca dejarían que nadie los maltratara, como tampoco permitirían ningún abuso ni injusticia a cualquier otro, fuera quién fuera. La mayoría de estas palabras a menudo aprendidas tenían sentido cuando salían de la boca de Marianne, era ella quien los alentaba a que defendieran sus ideas hasta el final, pasara lo que pasara.

Grupo de niños y portadores posando antes de partir hacia la frontera suiza, Annemasse, 1942.

Grupo de niños y portadores posando antes de partir hacia la frontera suiza, Annemasse, 1942.

Hacía ya días que Marcel y Edith estaban preparados para atravesar los puertos de montaña que los separaban de Suiza. Una madrugada, cuando la ciudad todavía dormía, el cabecilla de los Pasadores, un tipo alto con aspecto de coloso, dio la orden de iniciar la marcha. La desazón de la espera fue inmediatamente sustituida por carrerillas y empujones. Marcel y Edith, cogidos de la mano, emprendieron el camino de la libertad sin saber muy bien donde les llevaría. Marianne, feliz y emocionada como cada día que iniciaba una marcha, no sabía que aquel sería su penúltimo viaje.

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